El arranque de la carrera electoral se asemeja a uno de esos míticos duelos entre modistas de la era dorada de la alta costura. Se admiraban y odiaban tanto que estaban dispuestos a sabotear como fuera la colección del adversario. La relación entre Chanel y Schiaparelli, musa de los surrealistas, fue tan tóxica que Coco empujó una noche hacia su oponente a su pareja de baile y Elsa no salió ardiendo de milagro entre las llamas provocadas por los candelabros. Aquí parece que la moda, lo accesorio, está tomando más protagonismo que los discursos, que también son superfluos, puro Bershka, baratos y estacionales.. Vayamos a la presentación de Rufián en Barcelona. Nadie recuerda lo que dijo, pero sí que llevaba unos pantalones extremos, «super baggy», anchos hasta casi la puntera de los zapatos, que dibujaron la estampa de un farsante, pues no hay mayor delito estético que vestirse de lo que uno no es, en este caso un joven con ansias de prosperar en la pasarela de la calle. Rufián no es uno de los Javis. Si tuviese un amigo, o una amiga de verdad, le habría dicho con cariño, Gabriel, esos pantalones son de extrema derecha y lo hubiera mandado a casa aunque fuera con un gazpacho de orfidales. Pero a él le gustó que fueran extremos y pavonearse como si fuera Candela Peña en lo de Broncano. Candela llamó «Pedra» y marica al presidente (lo suele hacer con cualquier machote) y aguantó los pantalones pitillo del presidente, que es el otro extremo de Rufián, unos jeans segunda piel al estilo de Mario Vaquerizo.. Esta salida del armario no ha calado todavía en el frente derecho, que a lo más que se atreve es a desabrocharse un botón más de la camisa pues ya sabemos que la nueva «poitrine» es masculina. Rufián se equivocó y osó hacer el ridículo. No todos los días se deja la portada de la prensa política por el «Vogue». Anna Wintour lo hubiera mirado de arriba abajo y susurrado: «That’s all».
Dibujaron la estampa de un farsante, pues no hay mayor delito estético que vestirse de lo que uno no es
El arranque de la carrera electoral se asemeja a uno de esos míticos duelos entre modistas de la era dorada de la alta costura. Se admiraban y odiaban tanto que estaban dispuestos a sabotear como fuera la colección del adversario. La relación entre Chanel y Schiaparelli, musa de los surrealistas, fue tan tóxica que Coco empujó una noche hacia su oponente a su pareja de baile y Elsa no salió ardiendo de milagro entre las llamas provocadas por los candelabros. Aquí parece que la moda, lo accesorio, está tomando más protagonismo que los discursos, que también son superfluos, puro Bershka, baratos y estacionales.. Vayamos a la presentación de Rufián en Barcelona. Nadie recuerda lo que dijo, pero sí que llevaba unos pantalones extremos, «super baggy», anchos hasta casi la puntera de los zapatos, que dibujaron la estampa de un farsante, pues no hay mayor delito estético que vestirse de lo que uno no es, en este caso un joven con ansias de prosperar en la pasarela de la calle. Rufián no es uno de los Javis. Si tuviese un amigo, o una amiga de verdad, le habría dicho con cariño, Gabriel, esos pantalones son de extrema derecha y lo hubiera mandado a casa aunque fuera con un gazpacho de orfidales. Pero a él le gustó que fueran extremos y pavonearse como si fuera Candela Peña en lo de Broncano. Candela llamó «Pedra» y marica al presidente (lo suele hacer con cualquier machote) y aguantó los pantalones pitillo del presidente, que es el otro extremo de Rufián, unos jeans segunda piel al estilo de Mario Vaquerizo.. Esta salida del armario no ha calado todavía en el frente derecho, que a lo más que se atreve es a desabrocharse un botón más de la camisa pues ya sabemos que la nueva «poitrine» es masculina. Rufián se equivocó y osó hacer el ridículo. No todos los días se deja la portada de la prensa política por el «Vogue». Anna Wintour lo hubiera mirado de arriba abajo y susurrado: «That’s all».
