Manuel Naranjo Martell (Sevilla, 1988) creció entre arte. Hijo del pintor Paco Naranjo y de Janet Martell, norteamericana y apasionada por este mundo, se define como el resultado de un encuentro entre América y España que ha condicionado su manera de mirar. Fotógrafo de profesión, encontró en las historias de campo que escuchaba de niño a su padre y a su abuelo paterno el primer vínculo con el caballo. El 26 de junio de 2016, llegó por primera vez al Rocío. De aquella experiencia y de una posterior investigación nació «Saca 1504», su tercer libro, un trabajo centrado en la Saca de las Yeguas, los yegüerizos de Doñana y la conexión histórica que el autor establece entre esta cultura ganadera y la desarrollada posteriormente al otro lado del Atlántico.. «La obra nace de intentar vivir aquellas historias que me contaban mi padre y mi abuelo y que pertenecían también a su juventud, a ese mundo del campo. Cuando llegué al Rocío quedé irremediablemente enamorado de esa tradición, de su universo, de ese mundo a caballo en las marismas. También identifiqué otro mundo que me resultaba profundamente familiar: América. Todo el mundo sabe qué es un cowboy, un charro o un gaucho. Sin embargo, la raíz de muchas de esas culturas ecuestres, que ya existía en el Bajo Guadalquivir antes de que los caballos cruzaran hacia América, permanece mucho menos reconocida. Esa raíz sigue viva en Doñana, en los yegüerizos y en las familias de Almonte», afirma Manuel.. «El título procede de la faena ganadera que conocemos como la Saca de las Yeguas y que probablemente se practicaba mucho antes de 1504. Existen referencias anteriores que hablan ya de caballos pastando y viviendo libres en estas tierras. Pero es en 1504 cuando el III duque de Medina Sidonia establece unas ordenanzas que regulan el pastoreo y manejo de las yeguas en Almonte y sus marismas. Cuando empecé a investigar en los archivos de Medina Sidonia y posteriormente en otros archivos, descubrí que aquello que estaba fotografiando tenía una resonancia mucho mayor. Y esa resonancia atravesaba el Atlántico», comenta el autor.. «Posiblemente sea aquí, en las tierras del Bajo Guadalquivir y de Doñana, donde haya que buscar una de las raíces fundamentales de la cultura ecuestre y campera que posteriormente se desarrollará en Estados Unidos. No hablo solamente del caballo, también del ganado y, sobre todo, de la manera de manejarlo. Antes de que existiera el cowboy ya existían aquí el vaquero y el yegüerizo, hombres que trabajaban a caballo en grandes extensiones de territorio abierto, reuniendo y conduciendo animales. En 1493, durante el segundo viaje de Colón, comienzan a llegar caballos y yeguas a América procedentes de la Península Ibérica. No viajaron solamente animales, también conocimientos, usos, costumbres y maneras de trabajar el ganado. Mucha gente llega al Rocío y dice: “Esto parece el oeste americano”. Posiblemente deberíamos invertir la frase», asegura.. «El yegüerizo es la figura troncal. Es una tradición que pasa de abuelos a nietos, de padres a hijos. Antes de que un almonteño de las marismas aprenda a andar, monta a caballo con su abuelo o con su padre. Este mundo sigue teniendo una fuerza impresionante y sigue teniendo herederos gracias al yegüerizo», afirma Manuel.. Su uso del blanco y negro le sirve para «interpretar mejor la escena, la historia y el alma de la secuencia. Se me quita el ruido y me distraigo menos con el color. Puedo contar mejor los silencios, el misterio y cierta nostalgia, no entendida como algo antiguo, sino desde una emoción más íntima y personal». Su recuerdo de la marisma son «las primeras luces del alba de la primera noche que dormí al raso. Mi hija se llama Alba, en gran medida, porque aquella primera luz fue algo tan hermoso que quedó conmigo. También recuerdo las noches estrelladas y las conversaciones con los yegüerizos durante las tardes de calor», comenta.. «He montado muy pocas veces en mi vida. La primera fue en Estados Unidos, con mi padre y mi hermano, en los bosques de Vermont. El respeto que tengo por el caballo lo he aprendido por herencia y también de los yegüerizos en Doñana. Es una relación de igual a igual, desde un respeto tremendo por el animal», declara. Y confiesa la relación de su hija con los caballos: «Una de sus primeras palabras fue »tatayo», por caballo. Ya siente fascinación por ellos. Me encantaría que esa vinculación la acompañara toda la vida. Creo que la relación con el caballo enseña mucho sobre uno mismo», concluye.
«El oeste americano fue construido, en parte, sobre códigos ecuestres que ya existían siglos antes aquí», asegura el fotógrafo sevillano
Manuel Naranjo Martell (Sevilla, 1988) creció entre arte. Hijo del pintor Paco Naranjo y de Janet Martell, norteamericana y apasionada por este mundo, se define como el resultado de un encuentro entre América y España que ha condicionado su manera de mirar. Fotógrafo de profesión, encontró en las historias de campo que escuchaba de niño a su padre y a su abuelo paterno el primer vínculo con el caballo. El 26 de junio de 2016, llegó por primera vez al Rocío. De aquella experiencia y de una posterior investigación nació «Saca 1504», su tercer libro, un trabajo centrado en la Saca de las Yeguas, los yegüerizos de Doñana y la conexión histórica que el autor establece entre esta cultura ganadera y la desarrollada posteriormente al otro lado del Atlántico.. «La obra nace de intentar vivir aquellas historias que me contaban mi padre y mi abuelo y que pertenecían también a su juventud, a ese mundo del campo. Cuando llegué al Rocío quedé irremediablemente enamorado de esa tradición, de su universo, de ese mundo a caballo en las marismas. También identifiqué otro mundo que me resultaba profundamente familiar: América. Todo el mundo sabe qué es un cowboy, un charro o un gaucho. Sin embargo, la raíz de muchas de esas culturas ecuestres, que ya existía en el Bajo Guadalquivir antes de que los caballos cruzaran hacia América, permanece mucho menos reconocida. Esa raíz sigue viva en Doñana, en los yegüerizos y en las familias de Almonte», afirma Manuel.. «El título procede de la faena ganadera que conocemos como la Saca de las Yeguas y que probablemente se practicaba mucho antes de 1504. Existen referencias anteriores que hablan ya de caballos pastando y viviendo libres en estas tierras. Pero es en 1504 cuando el III duque de Medina Sidonia establece unas ordenanzas que regulan el pastoreo y manejo de las yeguas en Almonte y sus marismas. Cuando empecé a investigar en los archivos de Medina Sidonia y posteriormente en otros archivos, descubrí que aquello que estaba fotografiando tenía una resonancia mucho mayor. Y esa resonancia atravesaba el Atlántico», comenta el autor.. «Posiblemente sea aquí, en las tierras del Bajo Guadalquivir y de Doñana, donde haya que buscar una de las raíces fundamentales de la cultura ecuestre y campera que posteriormente se desarrollará en Estados Unidos. No hablo solamente del caballo, también del ganado y, sobre todo, de la manera de manejarlo. Antes de que existiera el cowboy ya existían aquí el vaquero y el yegüerizo, hombres que trabajaban a caballo en grandes extensiones de territorio abierto, reuniendo y conduciendo animales. En 1493, durante el segundo viaje de Colón, comienzan a llegar caballos y yeguas a América procedentes de la Península Ibérica. No viajaron solamente animales, también conocimientos, usos, costumbres y maneras de trabajar el ganado. Mucha gente llega al Rocío y dice: “Esto parece el oeste americano”. Posiblemente deberíamos invertir la frase», asegura.. «El yegüerizo es la figura troncal. Es una tradición que pasa de abuelos a nietos, de padres a hijos. Antes de que un almonteño de las marismas aprenda a andar, monta a caballo con su abuelo o con su padre. Este mundo sigue teniendo una fuerza impresionante y sigue teniendo herederos gracias al yegüerizo», afirma Manuel.. Su uso del blanco y negro le sirve para «interpretar mejor la escena, la historia y el alma de la secuencia. Se me quita el ruido y me distraigo menos con el color. Puedo contar mejor los silencios, el misterio y cierta nostalgia, no entendida como algo antiguo, sino desde una emoción más íntima y personal». Su recuerdo de la marisma son «las primeras luces del alba de la primera noche que dormí al raso. Mi hija se llama Alba, en gran medida, porque aquella primera luz fue algo tan hermoso que quedó conmigo. También recuerdo las noches estrelladas y las conversaciones con los yegüerizos durante las tardes de calor», comenta.. «He montado muy pocas veces en mi vida. La primera fue en Estados Unidos, con mi padre y mi hermano, en los bosques de Vermont. El respeto que tengo por el caballo lo he aprendido por herencia y también de los yegüerizos en Doñana. Es una relación de igual a igual, desde un respeto tremendo por el animal», declara. Y confiesa la relación de su hija con los caballos: «Una de sus primeras palabras fue »tatayo», por caballo. Ya siente fascinación por ellos. Me encantaría que esa vinculación la acompañara toda la vida. Creo que la relación con el caballo enseña mucho sobre uno mismo», concluye.
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