«Ciudades ocupadas». Dos palabras que, en cualquier medio de comunicación marroquí como en las conversaciones al margen de las diplomáticas en determinados momentos, se repiten en el vecino país con tanta insistencia como falsedad. Ambas ciudades, como los islotes, nunca fueron marroquíes. Pero es una realidad con la que hay que vivir entre países que son vecinos geográficamente y que están llamados más a colaborar que a enfrentarse. Rabat nunca va a renunciar a esta reivindicación, como a la marroquinidad del Sáhara, tomada por la fuerza en la Marcha Verde, en 1975, en plena agonía de Francisco Franco. Es una realidad que, en el segundo caso, cuenta cada día con más apoyos internacionales, en especial de Estados Unidos, gracias a una inteligente gestión diplomática dirigida por Nasser Bourita, ministro de Asuntos Exteriores. Otra cosa es el de las ciudades autónomas, fronteras sur de Europa, que contempla con preocupación la gestión que hace el Gobierno español de este asunto. Mientras Rabat entienda que la españolidad de Ceuta y Melilla no está en discusión, se convertirá, como otros tantos en otros lugares del mundo, en un asunto pendiente, que está ahí y con el que se puede convivir, como lo demuestra la realidad cotidiana de ambas ciudades, ejemplo de tolerancia entre razas y religiones. Si se convierten en una baza a utilizar en momentos en los que se quiere dar un «toque» al vecino, en este caso por parte de Marruecos por las circunstancias que sean, las relaciones se van a deteriorar. Resultó significativo el artículo publicado por el digital Le360, próximo al régimen marroquí, en el que se dejaban las cosas claras desde la óptica de Rabat. «Este episodio –la “invasión”– pone de manifiesto, de forma brutal, la anomalía geopolítica de Ceuta y Melilla, dos ciudades ocupadas en territorio marroquí cuya situación actual es claramente insostenible». «La gestión de la crisis fue inmediata, pero este episodio pone de manifiesto la insostenible situación de los enclaves ocupados de Ceuta y Melilla. Estas dos ciudades representan anomalías geográficas, políticas y de seguridad en pleno siglo XXI. ¿Cómo es posible que territorios marroquíes sigan siendo reclamados como españoles cuando solo un estrecho los separa de Fnideq (Ceuta) y Nador (Melilla)? ¿Un estrecho que se puede cruzar con aletas y una cámara de aire? Las fuerzas de seguridad marroquíes están agotadas de mantener la seguridad durante todo el año. Pero, ¿es este un enfoque sostenible? Sobre todo, teniendo en cuenta que, incluso para España, el coste financiero, humano y logístico de esta protección sigue suponiendo una carga considerable para el presupuesto estatal». «Las realidades territoriales y demográficas siempre prevalecen. Ceuta, ciudad ubicada en Marruecos, en África, con una gran mayoría musulmana y dependiente de su entorno marroquí inmediato, no puede seguir siendo física e indefinidamente una ciuda
«Ciudades ocupadas». Dos palabras que, en cualquier medio de comunicación marroquí como en las conversaciones al margen de las diplomáticas en determinados momentos, se repiten en el vecino país con tanta insistencia como falsedad. Ambas ciudades, como los islotes, nunca fueron marroquíes. Pero es una realidad con la que hay que vivir entre países que son vecinos geográficamente y que están llamados más a colaborar que a enfrentarse. Rabat nunca va a renunciar a esta reivindicación, como a la marroquinidad del Sáhara, tomada por la fuerza en la Marcha Verde, en 1975, en plena agonía de Francisco Franco. Es una realidad que, en el segundo caso, cuenta cada día con más apoyos internacionales, en especial de Estados Unidos, gracias a una inteligente gestión diplomática dirigida por Nasser Bourita, ministro de Asuntos Exteriores. Otra cosa es el de las ciudades autónomas, fronteras sur de Europa, que contempla con preocupación la gestión que hace el Gobierno español de este asunto. Mientras Rabat entienda que la españolidad de Ceuta y Melilla no está en discusión, se convertirá, como otros tantos en otros lugares del mundo, en un asunto pendiente, que está ahí y con el que se puede convivir, como lo demuestra la realidad cotidiana de ambas ciudades, ejemplo de tolerancia entre razas y religiones. Si se convierten en una baza a utilizar en momentos en los que se quiere dar un «toque» al vecino, en este caso por parte de Marruecos por las circunstancias que sean, las relaciones se van a deteriorar. Resultó significativo el artículo publicado por el digital Le360, próximo al régimen marroquí, en el que se dejaban las cosas claras desde la óptica de Rabat. «Este episodio –la “invasión”– pone de manifiesto, de forma brutal, la anomalía geopolítica de Ceuta y Melilla, dos ciudades ocupadas en territorio marroquí cuya situación actual es claramente insostenible». «La gestión de la crisis fue inmediata, pero este episodio pone de manifiesto la insostenible situación de los enclaves ocupados de Ceuta y Melilla. Estas dos ciudades representan anomalías geográficas, políticas y de seguridad en pleno siglo XXI. ¿Cómo es posible que territorios marroquíes sigan siendo reclamados como españoles cuando solo un estrecho los separa de Fnideq (Ceuta) y Nador (Melilla)? ¿Un estrecho que se puede cruzar con aletas y una cámara de aire? Las fuerzas de seguridad marroquíes están agotadas de mantener la seguridad durante todo el año. Pero, ¿es este un enfoque sostenible? Sobre todo, teniendo en cuenta que, incluso para España, el coste financiero, humano y logístico de esta protección sigue suponiendo una carga considerable para el presupuesto estatal». «Las realidades territoriales y demográficas siempre prevalecen. Ceuta, ciudad ubicada en Marruecos, en África, con una gran mayoría musulmana y dependiente de su entorno marroquí inmediato, no puede seguir siendo física e indefinidamente una ciuda
Un medio afín al régimen alauí habla de la «insostenible anomalía geopolítica de Ceuta y Melilla»
