En pleno apogeo del jansenismo, el arzobispo de París definió a las monjas del monasterio de Port-Royal «puras como ángeles, arrogantes como Lucifer, obstinadas como demonios». Adjetivos que, siglos más tarde, parecen caracterizar también a los seguidores de monseñor Marcel Lefebvre, el arzobispo galo que fundó la Fraternidad Sacerdotal San Pío X el 1 de noviembre de 1970 en la localidad suiza de Écône.
Repitiendo treinta y ocho más tarde el mismo gesto rebelde de su prelado fundador, el pasado 1 de julio el santanderino Alfonso de Galarreta consagró cuatro nuevos obispos sin el obligatorio mandato papal. Roma, con un decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, excomulgó al consagrante y a los consagrados por el delito de cisma extensivo a los sacerdotes y fieles que se adhieran formalmente a la rebeldía.
Diez días después, la Fraternidad Sacerdotal San Pio X, institución que cobija a todos los lefebvrianos, dirigió una carta a la Santa Sede con la que, sin mostrar ninguna voluntad de arrepentimiento, pretenden recurrir su excomunión invocando unos cánones el actual Código de Derecho Canónico que permiten interponer recurso a un decreto.
El documento en cuestión es una prueba indiscutible de la arrogancia y de la obstinación que han demostrado en estas cinco décadas Monseñor Lefebvre y sus seguidores en su trato con Roma. La Santa Sede, por el contrario, ha dado siempre pruebas de benevolencia (Benedicto XVI levantó las excomuniones) y de disponibilidad para llegar a un acuerdo teológico.
Este no puede prescindir del reconocimiento total del magisterio el Concilio Vaticano II y de la sumisión a la autoridad del Sucesor de Pedro.
En pleno apogeo del jansenismo, el arzobispo de París definió a las monjas del monasterio de Port-Royal «puras como ángeles, arrogantes como Lucifer, obstinadas como demonios». Adjetivos que, siglos más tarde, parecen caracterizar también a los seguidores de monseñor Marcel Lefebvre, el arzobispo galo que fundó la Fraternidad Sacerdotal San Pío X el 1 de noviembre de 1970 en la localidad suiza de Écône. Repitiendo treinta y ocho más tarde el mismo gesto rebelde de su prelado fundador, el pasado 1 de julio el santanderino Alfonso de Galarreta consagró cuatro nuevos obispos sin el obligatorio mandato papal. Roma, con un decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, excomulgó al consagrante y a los consagrados por el delito de cisma extensivo a los sacerdotes y fieles que se adhieran formalmente a la rebeldía. Diez días después, la Fraternidad Sacerdotal San Pio X, institución que cobija a todos los lefebvrianos, dirigió una carta a la Santa Sede con la que, sin mostrar ninguna voluntad de arrepentimiento, pretenden recurrir su excomunión invocando unos cánones el actual Código de Derecho Canónico que permiten interponer recurso a un decreto. El documento en cuestión es una prueba indiscutible de la arrogancia y de la obstinación que han demostrado en estas cinco décadas Monseñor Lefebvre y sus seguidores en su trato con Roma. La Santa Sede, por el contrario, ha dado siempre pruebas de benevolencia (Benedicto XVI levantó las excomuniones) y de disponibilidad para llegar a un acuerdo teológico. Este no puede prescindir del reconocimiento total del magisterio el Concilio Vaticano II y de la sumisión a la autoridad del Sucesor de Pedro.
La Santa Sede ha dado siempre pruebas de benevolencia (Benedicto XVI levantó las excomuniones) y de disponibilidad para llegar a un acuerdo teológico
En pleno apogeo del jansenismo, el arzobispo de París definió a las monjas del monasterio de Port-Royal «puras como ángeles, arrogantes como Lucifer, obstinadas como demonios». Adjetivos que, siglos más tarde, parecen caracterizar también a los seguidores de monseñor Marcel Lefebvre, el arzobispo galo que fundó la Fraternidad Sacerdotal San Pío X el 1 de noviembre de 1970 en la localidad suiza de Écône.Repitiendo treinta y ocho más tarde el mismo gesto rebelde de su prelado fundador, el pasado 1 de julio el santanderino Alfonso de Galarreta consagró cuatro nuevos obispos sin el obligatorio mandato papal. Roma, con un decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, excomulgó al consagrante y a los consagrados por el delito de cisma extensivo a los sacerdotes y fieles que se adhieran formalmente a la rebeldía.Diez días después, la Fraternidad Sacerdotal San Pio X, institución que cobija a todos los lefebvrianos, dirigió una carta a la Santa Sede con la que, sin mostrar ninguna voluntad de arrepentimiento, pretenden recurrir su excomunión invocando unos cánones el actual Código de Derecho Canónico que permiten interponer recurso a un decreto.El documento en cuestión es una prueba indiscutible de la arrogancia y de la obstinación que han demostrado en estas cinco décadas Monseñor Lefebvre y sus seguidores en su trato con Roma. La Santa Sede, por el contrario, ha dado siempre pruebas de benevolencia (Benedicto XVI levantó las excomuniones) y de disponibilidad para llegar a un acuerdo teológico.Este no puede prescindir del reconocimiento total del magisterio el Concilio Vaticano II y de la sumisión a la autoridad del Sucesor de Pedro.
