Con 24 años, Carmen regenta 14.barberia en Pontevedra, compaginando el trabajo de tijera con la gestión administrativa y tributaria de un negocio que levantó con el doble del presupuesto previsto tras once meses de bloqueo municipal
Carmen Quinteiro acababa de cumplir los 23 años cuando decidió cuando decidió que abrir su propia barbería era el único camino posible para trabajar como ella entendía que debía hacerse.La vocación le llegó durante el confinamiento, cuando convirtió la casa familiar en un taller improvisado con parientes como modelos y se formó con un curso en línea para obtener el certificado de prácticas. Hoy, desde el número 12 de la calle Princesa, en pleno centro histórico de Pontevedra, lidera un equipo de tres personas y atiende a una clientela que no ha dejado de crecer, aunque el trayecto hasta la inauguración fue cualquier cosa menos un paseo.Un proyecto frenado once meses por la normativa de la zona monumentalLa joven empresaria confiesa que el principal obstáculo al que se enfrentó a la hora de abrir su negocio fue la maraña burocrática. El local, enclavado en la zona vieja, activó una serie de exigencias municipales que convirtieron la apertura en un laberinto de gestiones que no estaría fuera de lugar en una novela de Kafka.»Tardaron nueve meses en confirmarme el proyecto, por lo cual se me retrasó once meses el abrir, fue desesperante», explica Quinteiro, que tuvo que desembolsar «más del doble del presupuesto por la maldita normativa». Las restricciones patrimoniales le impidieron, además, distribuir la barbería a su gusto, un detalle que todavía hoy lamenta.Lejos de amilanarse, la emprendedora asegura que nunca se preguntó si era demasiado joven para dar el paso: «Los que me conocen ya saben que cuando digo que voy a hacer algo no es para saber la opinión, es para informar».La experiencia previa en otras barberías le había enseñado que su forma de trabajar merecía un espacio propio, y la cercanía generacional con los clientes se ha convertido en una de sus mejores herramientas. «Tengo ventaja con los clientes por la proximidad de edad, nos llevamos bien», admite. Sin embargo, el arranque no le regaló ninguna otra facilidad: «En cuanto a ventajas para abrir el negocio, ninguna, más bien fueron todo dificultades». La prueba de fuego llegó cuando, tras casi un año de papeleos y reformas forzosas, la barbería logró abrir sus puertas y empezó a demostrar la rentabilidad de la apuesta. La losa invisible de los impuestos y la obsesión por el ordenLo que no se ve detrás del mostrador es lo que, según Quinteiro, más desgasta. «La preocupación constante de que todo esté en orden: la limpieza, los horarios, las cuentas, las redes sociales, los empleados y, evidentemente, pagar, pagar muchos impuestos», enumera, en una frase que resume la trastienda de cualquier empresa dirigida por una autónoma.La cita es un reflejo fiel de una jornada que, aunque acotada a seis o siete horas diarias frente al cliente, se alarga en los márgenes con la gestión administrativa, la atención a proveedores y el mantenimiento de un entorno laboral que ella define como «buen ambiente» entre ella y sus dos trabajadores.Es
Carmen Quinteiro acababa de cumplir los 23 años cuando decidió cuando decidió que abrir su propia barbería era el único camino posible para trabajar como ella entendía que debía hacerse. La vocación le llegó durante el confinamiento, cuando convirtió la casa familiar en un taller improvisado con parientes como modelos y se formó con un curso en línea para obtener el certificado de prácticas. Hoy, desde el número 12 de la calle Princesa, en pleno centro histórico de Pontevedra, lidera un equipo de tres personas y atiende a una clientela que no ha dejado de crecer, aunque el trayecto hasta la inauguración fue cualquier cosa menos un paseo. Un proyecto frenado once meses por la normativa de la zona monumental La joven empresaria confiesa que el principal obstáculo al que se enfrentó a la hora de abrir su negocio fue la maraña burocrática. El local, enclavado en la zona vieja, activó una serie de exigencias municipales que convirtieron la apertura en un laberinto de gestiones que no estaría fuera de lugar en una novela de Kafka. «Tardaron nueve meses en confirmarme el proyecto, por lo cual se me retrasó once meses el abrir, fue desesperante», explica Quinteiro, que tuvo que desembolsar «más del doble del presupuesto por la maldita normativa». Las restricciones patrimoniales le impidieron, además, distribuir la barbería a su gusto, un detalle que todavía hoy lamenta. Lejos de amilanarse, la emprendedora asegura que nunca se preguntó si era demasiado joven para dar el paso: «Los que me conocen ya saben que cuando digo que voy a hacer algo no es para saber la opinión, es para informar». La experiencia previa en otras barberías le había enseñado que su forma de trabajar merecía un espacio propio, y la cercanía generacional con los clientes se ha convertido en una de sus mejores herramientas. «Tengo ventaja con los clientes por la proximidad de edad, nos llevamos bien», admite. Sin embargo, el arranque no le regaló ninguna otra facilidad: «En cuanto a ventajas para abrir el negocio, ninguna, más bien fueron todo dificultades». La prueba de fuego llegó cuando, tras casi un año de papeleos y reformas forzosas, la barbería logró abrir sus puertas y empezó a demostrar la rentabilidad de la apuesta. La losa invisible de los impuestos y la obsesión por el orden Lo que no se ve detrás del mostrador es lo que, según Quinteiro, más desgasta. «La preocupación constante de que todo esté en orden: la limpieza, los horarios, las cuentas, las redes sociales, los empleados y, evidentemente, pagar, pagar muchos impuestos», enumera, en una frase que resume la trastienda de cualquier empresa dirigida por una autónoma. La cita es un reflejo fiel de una jornada que, aunque acotada a seis o siete horas diarias frente al cliente, se alarga en los márgenes con la gestión administrativa, la atención a proveedores y el mantenimiento de un entorno laboral que ella define como «buen ambiente» entre ella y sus dos trabajadores.
