En los últimos años, la cultura del pilates ha cobrado un protagonismo creciente a nivel mundial. Más allá del esfuerzo físico, el método se ha asociado especialmente con la feminidad, el bienestar y, sobre todo, un estilo de vida. Sin embargo, detrás de la estética popularizada en las redes sociales, el pilates es menos un entrenamiento de relajación y es más de la fuerza que viene a través del control del movimiento, la respiración y la postura. Y aunque hoy estas características resuenan más con el público femenino, sus orígenes cuentan una historia muy diferente.. Su creador fue Joseph Pilates, un alemán que durante la Primera Guerra Mundial ideó un sistema de ejercicios basado en la resistencia y el control corporal que utilizaba, entre otros recursos, los muelles de las camas para ayudar en la rehabilitación. Tras emigrar a Nueva York en 1926, abrió su primer estudio, el cual se hizo muy popular entre bailarines y atletas por su efectividad para fortalecer el cuerpo sin impacto. Originalmente, la disciplina se llamó «Contrología», en referencia a su filosofía de utilizar la mente para dominar y coordinar los músculos.. Para Ana Arrechea, entrenadora personal y desarrolladora de equipación de pilates bajo su firma The Peach Lab, el universo de la disciplina ha evolucionado considerablemente y ha ido más allá del ámbito puramente deportivo. «Ya no hablamos solamente de una clase de ejercicio, sino también de una experiencia: espacios bonitos, ropa deportiva, cafés, lugares donde te quedas, formando un estilo de vida muy cómodo para mujeres». Una dimensión lifestyle que, sin embargo, no debería eclipsar las posibilidades del método como entrenamiento. «Si hablamos exclusivamente de la parte física, tanto pilates como Lagree son entrenamientos tremendamente completos y exigentes para hombres y mujeres», asegura Arrechea, que actualmente participa en el desarrollo de este nuevo universo de equipación. Su último proyecto se vincula al nuevo estudio Pomona Club, en el Retiro (O’Donnell, 19). Para la instructora, una de las claves de Pomona es precisamente que no plantea el entrenamiento desde una perspectiva de género. «En la comunidad conviven hombres y mujeres que habitualmente comparten diversas disciplinas: running, Hyrox o recovery».. Para la experta, resulta especialmente interesante observar lo que ocurre cuando llegan personas que practican disciplinas tan exigentes como crossfit, Hyrox o entrenamiento de fuerza, ya que aunque cuentan con una gran capacidad física, a menudo descubren que aspectos como el control preciso del movimiento, la estabilidad, el trabajo unilateral o el mantenimiento de determinadas posiciones durante varios segundos representan un reto inesperado. «Precisamente ahí radica una de las grandes aportaciones del pilates: no pretende sustituir otros métodos de entrenamiento, sino complementarlos, desarrollando capacidades que a menudo quedan en un segundo plano y que pueden mejorar el rendimiento físico global», detalla.. «El pilates no debería entenderse como un entrenamiento para mujeres, sino como una herramienta de entrenamiento que puede aportar cosas diferentes a cada persona», sentencia Arrechea.
Ana Arrechea y su firma «The Peach Lab» aborda la cultura que hay detrás de esta disciplina desde el nuevo estudio de Pomona Club en el Retiro
En los últimos años, la cultura del pilates ha cobrado un protagonismo creciente a nivel mundial. Más allá del esfuerzo físico, el método se ha asociado especialmente con la feminidad, el bienestar y, sobre todo, un estilo de vida. Sin embargo, detrás de la estética popularizada en las redes sociales, el pilates es menos un entrenamiento de relajación y es más de la fuerza que viene a través del control del movimiento, la respiración y la postura. Y aunque hoy estas características resuenan más con el público femenino, sus orígenes cuentan una historia muy diferente.. Su creador fue Joseph Pilates, un alemán que durante la Primera Guerra Mundial ideó un sistema de ejercicios basado en la resistencia y el control corporal que utilizaba, entre otros recursos, los muelles de las camas para ayudar en la rehabilitación. Tras emigrar a Nueva York en 1926, abrió su primer estudio, el cual se hizo muy popular entre bailarines y atletas por su efectividad para fortalecer el cuerpo sin impacto. Originalmente, la disciplina se llamó «Contrología», en referencia a su filosofía de utilizar la mente para dominar y coordinar los músculos.. Para Ana Arrechea, entrenadora personal y desarrolladora de equipación de pilates bajo su firma The Peach Lab, el universo de la disciplina ha evolucionado considerablemente y ha ido más allá del ámbito puramente deportivo. «Ya no hablamos solamente de una clase de ejercicio, sino también de una experiencia: espacios bonitos, ropa deportiva, cafés, lugares donde te quedas, formando un estilo de vida muy cómodo para mujeres». Una dimensión lifestyle que, sin embargo, no debería eclipsar las posibilidades del método como entrenamiento. «Si hablamos exclusivamente de la parte física, tanto pilates como Lagree son entrenamientos tremendamente completos y exigentes para hombres y mujeres», asegura Arrechea, que actualmente participa en el desarrollo de este nuevo universo de equipación. Su último proyecto se vincula al nuevo estudio Pomona Club, en el Retiro (O’Donnell, 19). Para la instructora, una de las claves de Pomona es precisamente que no plantea el entrenamiento desde una perspectiva de género. «En la comunidad conviven hombres y mujeres que habitualmente comparten diversas disciplinas: running, Hyrox o recovery».. Para la experta, resulta especialmente interesante observar lo que ocurre cuando llegan personas que practican disciplinas tan exigentes como crossfit, Hyrox o entrenamiento de fuerza, ya que aunque cuentan con una gran capacidad física, a menudo descubren que aspectos como el control preciso del movimiento, la estabilidad, el trabajo unilateral o el mantenimiento de determinadas posiciones durante varios segundos representan un reto inesperado. «Precisamente ahí radica una de las grandes aportaciones del pilates: no pretende sustituir otros métodos de entrenamiento, sino complementarlos, desarrollando capacidades que a menudo quedan en un segundo plano y que pueden mejorar el rendimiento físico global», detalla.. «El pilates no debería entenderse como un entrenamiento para mujeres, sino como una herramienta de entrenamiento que puede aportar cosas diferentes a cada persona», sentencia Arrechea.
