En algún momento Sol empezará a despejarse de tiendas de campaña y la rutina regresará poco a poco. Se llenará de turistas y de carteristas que van tras ellos. Ese día no parece lejano. A medida que se acerca el viernes, el día en el que se votarán en el Congreso los decretos de vivienda, los jóvenes se empiezan a cuestionar si tiene sentido seguir aquí plantados mucho más tiempo. Mejor marcharse y dejar un cadáver bonito, piensan muchos.. Seguir leyendo
En algún momento Sol empezará a despejarse de tiendas de campaña y la rutina regresará poco a poco. Se llenará de turistas y de carteristas que van tras ellos. Ese día no parece lejano. A medida que se acerca el viernes, el día en el que se votarán en el Congreso los decretos de vivienda, los jóvenes se empiezan a cuestionar si tiene sentido seguir aquí plantados mucho más tiempo. Mejor marcharse y dejar un cadáver bonito, piensan muchos.. Lo conseguido hasta ahora ha sido extraordinario. En horas, pusieron a trabajar a la clase política en busca de acuerdos y lograron revertir el desahucio de Maricarmen, la mujer por la que empezó todo esto. Si uno entra en cualquier bar de España, hay alguien contándole a otro lo que gana su cuñado con cuatro pisos alquilados o que el Cholo Simeone tiene decenas de pisos en el centro de Madrid. Eso lo han logrado ellos. En la acampada se han vivido momentos emocionantes. La gente se ha sentido querida y escuchada. Se han dado cuenta de que no están solos.. El campamento de los jóvenes en protesta por la crisis de la vivienda cuenta ya con más de 1.000 carpas. Si las ocupan de media tres muchachos, aquí pasaron la última noche más de 3.000. Varios miles más se les suman desde primera hora de la mañana. Son jovencísimos, mucho más que los que organizaron el 15-M. Suelen tener entre 18 y 22 años. No se quieren pelear con nadie. Han llegado también fanáticos, profesionales del mundo okupa, pero su papel ha sido marginal. El éxito les ha hecho crecer, pero ese también puede ser su fin.. Rubio se ha rapado al cero, pero se ha dejado un mechón atrás. Se le reconoce fácil de lejos. Hace dos meses encontró un local para montar una peluquería en la calle Diego de León y acordó con el dueño un precio por el alquiler. El día de la firma se lo multiplicó por tres. “Me enfurecí”, recuerda todavía con ira, y por eso está “en modo protesta”. Ahora dice que su idea es irse “a los barrios marginales” a cortar el pelo, barato. Por ir al sur le cobra a los clientes cinco euros por el corte y cuatro por el desplazamiento. En Sol lo hace gratis a todo el que se acerque a su carpa. Rechaza las propinas, pero si le alargan un cigarrillo se lo guarda en el bolsillo. “Hemos conseguido mucho. Ha estado genial. Quizá deberíamos irnos el sábado a lo grande”, dice.. En La Mallorquina, la pastelería, lo conocen ya por intentar entrar al baño sin consumir. El encargado le pide el ticket de consumición a los que detecta que vienen de la acampada; no suele fallar. Eidan González se ha hecho colega de Rubio estos días. Se ríen al contar que Rubio se olvidó unas barras de pan en lo alto de la tienda, a la intemperie durante toda la noche, y han amanecido convertidas en chicle. A Eidan le encanta que esto se haya convertido en un pueblito en el que todo el mundo se da los buenos días, se reúne a la hora del almuerzo y cena toneladas de hummus, ya que muchos donantes dan por hecho que son veganos y les han comprado más de 1.000 envases de pasta de garbanzos. El impacto de la protesta en la vida pública, se felicita Eidan, ha sido impresionante. Ahora bien, extenderlo a una huelga general, como algunos colectivos están planteando, puede ser contraproducente.. Durante buena parte del miércoles dio la sensación de que faltaba algo. Era como estar en un lugar que te resulta familiar pero intuir que se han llevado un cuadro o una lámpara. El Sindicato de Inquilinas, de repente, parecía haberse evaporado. Sus portavoces, con sus chalecos naranjas, no aparecían por ningún sitio. Después de una semana de vértigo, la organización detrás de toda esta movilización había decidido tomarse el día para reflexionar. No darían declaraciones ni sus portavoces entrarían en radios y televisiones. El campamento continuaría funcionando de manera orgánica. En esas horas de recogimiento decidirían si era momento de seguir o dejarlo. Hay otros colectivos, han surgido algunos liderazgos paralelos, pero el verdadero peso recae sobre ellas.. Regresaron a mediodía y todo volvió a su sitio. Anunciaron una cacerolada para que se apruebe el decreto Maricarmen, el que recoge una indemnización a los inquilinos en caso de incumplimiento del cese del contrato, el que tiene pocos visos de prosperar. Y una gran manifestación el sábado, con réplicas en toda España, que tenga el carácter de huelga general. No hay fecha para desalojar Sol, de aquí no se mueve nadie todavía, aseguraron.. La llama de la protesta sigue viva, de eso no hay duda, pero queda por ver la potencia que tendrá después de la votación en el Congreso, que no es una solución, pero al menos es un paso. A partir de ahí, la incertidumbre. Levantar la acampada supondría controlar los hechos y sus efectos de principio a fin. Sería haber demostrado poder y volver a casa, hasta la siguiente vez.. Pero y si… puede que otros casos de desahucios se unan al de Maricarmen y la bola crezca. Que la acampada y sus consecuencias se extiendan más y más y cope toda España. Pero también se puede llegar a un escenario funesto: que el ciclo noticioso se agote y en horas la protesta pierda interés. Los hombres-anuncio de compra y venta de oro volverían a sus posiciones. Los proxenetas se mezclarían entre la multitud. Sol volvería a su estado natural. El ruido de la maquinilla de Rubio solo sería un recuerdo.
Los jóvenes acampados por la vivienda en Madrid dudan si levantar las tiendas el fin de semana, en medio de una sensación de euforia, o arriesgarse a extender la protesta de manera indefinida
