Hay que reconocer que Pedro Sánchez ha conseguido algo que parecía imposible: convertir la supervivencia política en una disciplina olímpica. Si algún día se celebran los Juegos de la Resistencia Institucional, ya pueden ir encargándole la medalla de oro. Ahora bien, conviene recordar una obviedad que a veces se pierde entre tanto aplauso interesado y que Abascal recordó el miércoles en el Congreso de los Diputados: las cucarachas también le ganan a casi cualquier especie en resiliencia (odio esta palabra) y eso no las hace más admirables. La capacidad de aguantar, por sí sola, no es una virtud. Depende de qué se aguanta, para qué se aguanta y a costa de quién se aguanta, porque existe una tendencia cada vez más preocupante a confundir permanencia con legitimidad. Como si el mero hecho de seguir ahí bastara para justificar cualquier cosa. Y no. No se puede normalizar lo inadmisible. Repetir una conducta cuestionable durante mucho tiempo no la convierte en ejemplar; simplemente la convierte en una conducta cuestionable repetida muchas veces. La costumbre tiene una peligrosa habilidad para disfrazar de normalidad aquello que, visto con un mínimo de distancia, sigue siendo igual de impropio que el primer día. Mientras tanto, el debate político nacional parece girar alrededor de una obsesión patológica con Ayuso. Resulta fascinante observar cómo determinados dirigentes son capaces de hablar durante horas sobre cualquier asunto y acabar siempre en el mismo destino, como un GPS averiado programado para recalcular la ruta hacia la Puerta del Sol. Da igual que el tema sea la vivienda, la sanidad, la política internacional o el precio de los melones. En algún momento aparece Ayuso, convertida en explicación universal de todos los males presentes, pasados y futuros. Aunque lo mejor, lo más bonito de todo, lo más admirable, en medio de todo este espectáculo, emerge una figura imprescindible para completar el cuadro: Patxi López. Hay aduladores discretos, hay defensores entusiastas y luego está Patxi López, que parece empeñado en conquistar el título honorífico de mayor lameculos del país. Una categoría muy competitiva, por cierto. Su momento estelar llegó cuando proclamó solemnemente en el Congreso aquello de “Yo con Begoña”, una frase destinada a ocupar un lugar destacado en el museo imaginario de las intervenciones políticas más serviles de nuestra historia reciente. La escena tenía algo de declaración caballeresca medieval y algo de club de fans organizado a última hora. Faltó la música épica de fondo y quizá una pancarta. Pero el mensaje quedó claro: cuando la argumentación escasea, siempre queda el recurso de la adhesión sentimental. Por cierto, que la tal Begoña, la pájara pinta, va y le pide al juez con toda la cara, muy pinchada y no mal, por cierto, que le devuelva el pasaporte para irse de vacaciones. ¡Manda huevos!, que antaño dijo mi muy querido padrino Federico Trillo desde la presiden
Repetir una conducta cuestionable durante mucho tiempo no la convierte en ejemplar
Hay que reconocer que Pedro Sánchez ha conseguido algo que parecía imposible: convertir la supervivencia política en una disciplina olímpica. Si algún día se celebran los Juegos de la Resistencia Institucional, ya pueden ir encargándole la medalla de oro. Ahora bien, conviene recordar una obviedad que a veces se pierde entre tanto aplauso interesado y que Abascal recordó el miércoles en el Congreso de los Diputados: las cucarachas también le ganan a casi cualquier especie en resiliencia (odio esta palabra) y eso no las hace más admirables. La capacidad de aguantar, por sí sola, no es una virtud. Depende de qué se aguanta, para qué se aguanta y a costa de quién se aguanta, porque existe una tendencia cada vez más preocupante a confundir permanencia con legitimidad. Como si el mero hecho de seguir ahí bastara para justificar cualquier cosa. Y no. No se puede normalizar lo inadmisible. Repetir una conducta cuestionable durante mucho tiempo no la convierte en ejemplar; simplemente la convierte en una conducta cuestionable repetida muchas veces. La costumbre tiene una peligrosa habilidad para disfrazar de normalidad aquello que, visto con un mínimo de distancia, sigue siendo igual de impropio que el primer día.Mientras tanto, el debate político nacional parece girar alrededor de una obsesión patológica con Ayuso. Resulta fascinante observar cómo determinados dirigentes son capaces de hablar durante horas sobre cualquier asunto y acabar siempre en el mismo destino, como un GPS averiado programado para recalcular la ruta hacia la Puerta del Sol. Da igual que el tema sea la vivienda, la sanidad, la política internacional o el precio de los melones. En algún momento aparece Ayuso, convertida en explicación universal de todos los males presentes, pasados y futuros.Aunque lo mejor, lo más bonito de todo, lo más admirable, en medio de todo este espectáculo, emerge una figura imprescindible para completar el cuadro: Patxi López. Hay aduladores discretos, hay defensores entusiastas y luego está Patxi López, que parece empeñado en conquistar el título honorífico de mayor lameculos del país. Una categoría muy competitiva, por cierto. Su momento estelar llegó cuando proclamó solemnemente en el Congreso aquello de “Yo con Begoña”, una frase destinada a ocupar un lugar destacado en el museo imaginario de las intervenciones políticas más serviles de nuestra historia reciente. La escena tenía algo de declaración caballeresca medieval y algo de club de fans organizado a última hora. Faltó la música épica de fondo y quizá una pancarta. Pero el mensaje quedó claro: cuando la argumentación escasea, siempre queda el recurso de la adhesión sentimental. Por cierto, que la tal Begoña, la pájara pinta, va y le pide al juez con toda la cara, muy pinchada y no mal, por cierto, que le devuelva el pasaporte para irse de vacaciones. ¡Manda huevos!, que antaño dijo mi muy querido padrino Federico Trillo desde la presidenci
