Vengo del futuro. Para ir hasta allí no tuve que subirme a un DeLorean, bastó con un vuelo regular de Iberia. Fui a Budapest, donde una sequía brutal ha dejado al Danubio en los huesos. El río más largo de la Unión Europea es un titán hídrico que cabalga a 2,3 millones de litros por segundo a su paso por la capital de Hungría, pero yo lo encontré desbravado, una masa de agua quieta y perezosa como un lago. Bajé a su lecho y vi los enormes muros que se alzaban a los lados, para contener lo que no era más que aire. Fue una experiencia sobrecogedora, como pasear por un estadio vacío.. Seguir leyendo
Lo que más impresiona de la sequía que asola Europa no son los paisajes apocalípticos, es la pasividad de quienes los recorren para hacerse una foto
Vengo del futuro. Para ir hasta allí no tuve que subirme a un DeLorean, bastó con un vuelo regular de Iberia. Fui a Budapest, donde una sequía brutal ha dejado al Danubio en los huesos. El río más largo de la Unión Europea es un titán hídrico que cabalga a 2,3 millones de litros por segundo a su paso por la capital de Hungría, pero yo lo encontré desbravado, una masa de agua quieta y perezosa como un lago. Bajé a su lecho y vi los enormes muros que se alzaban a los lados, para contener lo que no era más que aire. Fue una experiencia sobrecogedora, como pasear por un estadio vacío.. Viajé hasta allí para escribir una crónica para este periódico. Durante dos días recorrí el Danubio y los campos secos que lo rodean. Estuve viendo barcos varados y centrales nucleares cerradas por falta de agua. Persiguiendo el desastre. Enormes bancos de arena fueron asomando a lo largo del río a medida que el agua se retiraba. También asomaron bombas de la II Guerra Mundial, barcos nazis, puentes romanos, restos de mamuts… Asomó la historia, que llevaba siglos hundida, hasta que lo insondable se convirtió en superficie.. Lo que más me impresionó no fueron los paisajes apocalípticos; fue la indiferencia de quienes los recorrían para hacerse una foto. Veías a la gente bailando en las islas efímeras del Danubio, montando raves improvisadas con DJs y proyectores. “Hay que aprovechar esta ocasión tan especial”, me dijo un chaval mientras bailaba. Y yo aluciné. No sabía si preguntarle qué mierda se había tomado o pedir lo mismo. Porque entiendo en parte esa necesidad de disociar ante el desastre. Porque si llega el fin del mundo, mejor que nos pille bailando.. Aunque hubo gente que llevó esta idea al extremo. A lo largo del Danubio vi picnics y pachangas de fútbol en las playas imposibles que surgieron en los márgenes del río, a gente molesta por las restricciones energéticas que les sugería el Gobierno. Había turistas indignados porque tuvieron que terminar en autobús su lujoso crucero por un Danubio impracticable (que es un poco como si te dicen que se acerca a la Tierra un asteroide destructor de mundos y tú vas y denuncias a Ticketmaster por cancelar el concierto de Shakira).. El futuro es un sitio rarísimo. Paseaba por el decorado de una película distópica, rollo Interstellar o Blade Runner, pero algo no terminaba de cuadrar. Los extras parecían sacados de una sitcom o una comedia romántica. Por seguir con el símil cinematográfico, yo era un poco el Leonardo DiCaprio de No mires arriba. Iba por ahí con mi traje de periodista aguafiestas, preguntando por el cambio climático a una panda de ravers, a una pareja acaramelada o a una familia de domingueros. Y ellos me comentaban lo agradable que era esta playa nueva, las fotos estupendas del Parlamento que se podían hacer desde allí o el tremendo temazo que había puesto el DJ. Me sentía un chapas moralista, Greta Thunberg intentando concienciar a sus colegas a las 11 de la mañana en un after.. Casi todo el mundo parecía ajeno al drama que nos rodeaba, aunque a la vez era imposible de ignorar. Entiendo que el cambio climático pueda parecer un peligro difuso y lejano, que se caiga en la tentación de decir que siempre ha hecho calor (Hungría, con una media de 28 grados de máxima en julio, alcanzó el mes pasado los 42), que siempre se ha secado el Danubio (está en el nivel más bajo desde que hay registros), o que el clima siempre ha cambiado. Pero llega un momento en que esta ficción es insostenible.. Estuve charlando con un negacionista que dejó de negar. Reconocía la gravedad de la situación, aunque la achacaba a la malvada Europa, que había retenido agua río arriba, y a las estelas químicas de los aviones. Difería en las causas, pero no en las consecuencias. Porque el mundo es tan inabarcable que puedes creer que es plano; las energías, tan abstractas que puedes confiar en que te entren tomando el sol por el ano. Pero un río seco es contundente e incontestable. Está sucediendo ahora mismo en el Tíber a su paso por Roma, en el Rin a la altura de Colonia o en el Tajo en Toledo. Ríos que nos parecían eternos se están secando ante nuestros ojos. Y nosotros hacemos fotos.. Una mujer a orillas del río Danubio en Budapest (Hungría), afectado por la sequía que sufre el país.BERNADETT SZABO (REUTERS). Lo que más me impactó del viaje a Budapest no fueron los negacionistas, fueron los indiferentes. Existe una inmensa mayoría de personas que contempla el deterioro del mundo con pasividad catódica. Quizá con cierta curiosidad, pero sin sentirse interpelada. Los ríos se secan, las cosechas se pierden, los termómetros baten récords y nosotros seguimos bailando. Quizá porque el desastre avanza tan despacio que siempre parece un problema del futuro. Pero el futuro ya está aquí. Yo lo vi en Budapest. La gente estaba mirando a otro lado.
