Se puede entender el estado de tribulación en el que se halla el Gobierno tras su incomprensible actuación frente a la crisis de Ceuta, aunque solo sea por el temor fundado a una dura factura electoral. Incluso, podríamos aceptar que, en la acción internacional de nuestro Ejecutivo, se considere más importante mantener las mejores relaciones con Marruecos que reclamar de nuestro vecino un comportamiento acorde con la lealtad que se deben dos presuntos gobiernos aliados y amigos, firmantes, además, de una serie de tratados y acuerdos que garantizan por parte de Rabat el respeto a la soberanía y las fronteras con España, incluidas Ceuta y Melilla. Pero es de todo punto incomprensible la actitud delirante del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, acusando a una conspiración, prácticamente, mundial de la avalancha de irregulares sucedida el 30 de julio, en un patético intento de mantener la defensa del régimen alauí, elogiado por los distintos ministros por su «colaboración», que ha sido la estrategia que ha elegido el Gobierno, en contra de la lógica de los hechos y de la opinión generalizada de los españoles. Hablar en el Congreso de una fantasmagórica «internacional reaccionaria» que estaría, por supuesto, asistida por el sospechoso habitual Elon Musk, no sólo demuestra el desconcierto gubernamental, sino que nos lleva a escenarios próximos al esperpento. Tenemos un Gobierno que siempre ha tenido dificultades con la verdad, pero lo que está sucediendo en el caso presente está tan fuera de la materialidad de los hechos que da lugar a las más extravagantes sospechas sobre las razones de nuestra subordinación ante Rabat, cuestión que mina profundamente la confianza de los españoles en la buena voluntad del inquilino de La Moncloa. Hace falta una explicación oficial sobre lo sucedido y no una sucesión de justificaciones, excusas y balbuceos que es lo que ha caracterizado la actuación gubernamental en la crisis ceutí, al menos, hasta que el presidente del Ejecutivo se avino a terminar sus largas vacaciones en La Mareta y se decidió por una estrategia de comunicación. Que haya consistido en culpar a la derecha y defender a Marruecos no empece para que la opinión pública sepa ya a qué atenerse. Es decir, que cualquier decisión que se tome con respecto a los emigrantes irregulares, incluidos miles de menores no acompañados, que ocupan la ciudad de Ceuta y han alterado gravemente la vida cotidiana de sus vecinos dependerá de la voluntad de un gobierno como el marroquí que siempre ha puesto las mayores dificultades para admitir las devoluciones y expulsiones de quienes han cruzado ilegalmente la frontera, con especial rechazo cuando se trata de sus propios menores, niños y adolescentes marroquíes que siempre acaban bajo la tutela y protección del Estado español. Es esa realidad, la de que Marruecos utiliza la emigración como arma de presión política y económica con Europa, lo que el sanchismo ya no sabe cómo ocultar.
Hablar en el Congreso de una fantasmagórica «internacional reaccionaria» que estaría, por supuesto, asistida por el sospechoso habitual Elon Musk, no sólo demuestra el desconcierto gubernamental, sino que nos lleva a escenarios próximos al esperpento
Se puede entender el estado de tribulación en el que se halla el Gobierno tras su incomprensible actuación frente a la crisis de Ceuta, aunque solo sea por el temor fundado a una dura factura electoral. Incluso, podríamos aceptar que, en la acción internacional de nuestro Ejecutivo, se considere más importante mantener las mejores relaciones con Marruecos que reclamar de nuestro vecino un comportamiento acorde con la lealtad que se deben dos presuntos gobiernos aliados y amigos, firmantes, además, de una serie de tratados y acuerdos que garantizan por parte de Rabat el respeto a la soberanía y las fronteras con España, incluidas Ceuta y Melilla. Pero es de todo punto incomprensible la actitud delirante del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, acusando a una conspiración, prácticamente, mundial de la avalancha de irregulares sucedida el 30 de julio, en un patético intento de mantener la defensa del régimen alauí, elogiado por los distintos ministros por su «colaboración», que ha sido la estrategia que ha elegido el Gobierno, en contra de la lógica de los hechos y de la opinión generalizada de los españoles. Hablar en el Congreso de una fantasmagórica «internacional reaccionaria» que estaría, por supuesto, asistida por el sospechoso habitual Elon Musk, no sólo demuestra el desconcierto gubernamental, sino que nos lleva a escenarios próximos al esperpento. Tenemos un Gobierno que siempre ha tenido dificultades con la verdad, pero lo que está sucediendo en el caso presente está tan fuera de la materialidad de los hechos que da lugar a las más extravagantes sospechas sobre las razones de nuestra subordinación ante Rabat, cuestión que mina profundamente la confianza de los españoles en la buena voluntad del inquilino de La Moncloa. Hace falta una explicación oficial sobre lo sucedido y no una sucesión de justificaciones, excusas y balbuceos que es lo que ha caracterizado la actuación gubernamental en la crisis ceutí, al menos, hasta que el presidente del Ejecutivo se avino a terminar sus largas vacaciones en La Mareta y se decidió por una estrategia de comunicación. Que haya consistido en culpar a la derecha y defender a Marruecos no empece para que la opinión pública sepa ya a qué atenerse. Es decir, que cualquier decisión que se tome con respecto a los emigrantes irregulares, incluidos miles de menores no acompañados, que ocupan la ciudad de Ceuta y han alterado gravemente la vida cotidiana de sus vecinos dependerá de la voluntad de un gobierno como el marroquí que siempre ha puesto las mayores dificultades para admitir las devoluciones y expulsiones de quienes han cruzado ilegalmente la frontera, con especial rechazo cuando se trata de sus propios menores, niños y adolescentes marroquíes que siempre acaban bajo la tutela y protección del Estado español. Es esa realidad, la de que Marruecos utiliza la emigración como arma de presión política y económica con Europa, lo que el sanchismo ya no sabe cómo ocultar.
