Por alguna extraña razón, siento una simpatía irresistible por las piedras. No por cualquier piedra, por supuesto, sino por esas a las que el antropólogo oscense Ángel Gari llama sacra saxas o «piedras sagradas». Tal vez el origen del encantamiento esté en la infancia. En mi Aragón natal sigue más que vivo el culto a la Virgen del Pilar. Allí no solo se venera a la madre de Jesús, sino también a la columna de piedra en la que se cree que puso sus pies hacia el año 40 d.C. La imagen de Nuestra Señora no es lo más celebrado; lo es el óculo que permite besar su fuste de mármol y sobre el que se lee: «Aquí se venera y besa el pilar puesto por la Virgen». Curiosamente, a cuatro mil kilómetros de Zaragoza, en La Meca, los musulmanes profesan una veneración parecida a otra roca. La llaman Kaaba («el cubo»). La esconden bajo una estructura tan blindada como el bajoaltar de la Basílica del Pilar, y los peregrinos acceden a ella a través de un agujero que permite también acariciarla y besarla.. Contempladas desde la perspectiva de mi admirado Ángel Gari, ambas adoraciones beben de la litolatría, cultos a piedras de origen prehistórico. Y la pregunta que lleva toda la vida rondándome, como si en el fondo temiera ser el último litólatra consciente de su condición, surge sola: ¿Por qué nuestros remotos antepasados convirtieron algunas piedras en divinidades?. Buscando la respuesta, hace poco tropecé con una reveladora historia. Sucedió en Paquimé, en el estado mexicano de Chihuahua. Un huaquero llamado Teodoro Alvarado visitó en 1866 lo que quedaba de un antiguo asentamiento indio. Los mapas lo llaman Casas Grandes y está formado por un conjunto de estructuras de adobe emplazado en mitad de un valle. El lugar ya se encontraba abandonado cuando Francisco de Ibarra lo exploró en 1565, pero aún conservaba los cimientos de lo que parecían pirámides de barro, altares y pequeñas plazas ceremoniales que recordaban estructuras más complejas de aztecas o mayas. «Tal vez sus habitantes fueron descendientes de los toltecas», me contaron, «aunque debieron de abandonarla hacia 1450, antes de la llegada de los españoles».. Alvarado fue un hábil saqueador de tumbas y pensó que, con algo de suerte, desenterraría alguna quincalla de la que sacar provecho. Se acercó al centro de Casas Grandes y excavó en su templete semihundido. Allí dio con una cripta, y al profanarla descubrió un conjunto de momias enfardadas, dispuestas alrededor de un montículo, sobre el que reposaba un bulto más grande. Era una evidente disposición ceremonial. Quienquiera que ocupara el centro de aquel entierro fue alguien importante, así que lo golpeó con su vara y enseguida notó que el cuerpo, en vez de crujir como la madera seca, sonó a campana tocando a muerto. Se impresionó. Y extrañado, tiró del tejido de maguey que lo cubría. La tela se le deshizo entre las manos, dejando al descubierto algo extraordinario: aquello no era un cadáver, sino un enorme pedrusco de aspecto metálico de 97x74x46 centímetros, con aspecto de patata, imposible de mover. El tesoro –lo descubriría más tarde– pesaba más de mil quinientos kilos y estaba hecho del hierro más puro que se había visto jamás sobre la faz de la Tierra.. En 1873, el cónsul de El Paso, en Texas, hizo lo imposible por comprarle el «difunto». Le extrañó que un hierro como ese hubiera recibido honores en un cementerio indio, y con la ayuda del Instituto Smithsoniano determinó que se trataba de un meteorito de unos 290 millones de años y que debió de estrellarse en la región entre el 1200 y el 1300 de nuestra era. Es decir, que aquella piedra había llegado al valle de los Paquimé poco antes de la fundación de Casas Grandes. Quizá la interpretaron como un regalo del cielo, un dios tal vez, o una señal, y la sepultaron junto a sus caciques.. Desde entonces, este curioso objeto ha servido para entender por qué hay tantas habitaciones de adobe en el yacimiento y tan pocos enterramientos. Especulan con que el meteorito sacralizó el lugar, convirtiéndolo en una suerte de Meca. De hecho, un detalle apuntala esa idea: Casas Grandes carece de murallas, fosos defensivos o terraplenes, por lo que la hipótesis de que fuera un foco de peregrinación –que no de vivienda permanente– para todas las tribus de alrededor, cobra sentido. El arqueólogo Renée Opperman ha llegado incluso a relacionar los otros túmulos del asentamiento con posiciones puntuales de Venus y las ha vinculado con «el hermano meteorito», haciéndose eco de las leyendas de la tribu Pápago que aún veneran el sitio.. La sacra saxa de Casas Grandes terminó en Washington DC, en las salas del Smithsonian, donde ha estado expuesta mucho tiempo con el nombre de 3407-LB sin una mala referencia a su origen. Troceada en diecinueve fragmentos y repartida entre distintas instituciones, solo en 2018 se permitió que una de sus lascas regresara a México. Su historia es la metáfora perfecta de nuestra época. Un tiempo en el que valoramos más lo material que lo cultural o lo cultual. Y eso ha terminado por matar de aburrimiento la curiosidad y la mirada hechizada de la mayoría. Por suerte, no la mía. Estas piedras sagradas –y cósmicas– campan por mis novelas Las puertas templarias, El ángel perdido o El fuego invisible… y van a seguir haciéndolo en próximas. Es el plan de este escritor litólatra que cree que ciertas piedras tienen alma. O, al menos, biografía.. Javier Sierra es escritor y Premio Planeta de novela.
¿Por qué nuestros remotos antepasados convirtieron algunas piedras en divinidades?
Por alguna extraña razón, siento una simpatía irresistible por las piedras. No por cualquier piedra, por supuesto, sino por esas a las que el antropólogo oscense Ángel Gari llama sacra saxas o «piedras sagradas». Tal vez el origen del encantamiento esté en la infancia. En mi Aragón natal sigue más que vivo el culto a la Virgen del Pilar. Allí no solo se venera a la madre de Jesús, sino también a la columna de piedra en la que se cree que puso sus pies hacia el año 40 d.C. La imagen de Nuestra Señora no es lo más celebrado; lo es el óculo que permite besar su fuste de mármol y sobre el que se lee: «Aquí se venera y besa el pilar puesto por la Virgen». Curiosamente, a cuatro mil kilómetros de Zaragoza, en La Meca, los musulmanes profesan una veneración parecida a otra roca. La llaman Kaaba («el cubo»). La esconden bajo una estructura tan blindada como el bajoaltar de la Basílica del Pilar, y los peregrinos acceden a ella a través de un agujero que permite también acariciarla y besarla.. Contempladas desde la perspectiva de mi admirado Ángel Gari, ambas adoraciones beben de la litolatría, cultos a piedras de origen prehistórico. Y la pregunta que lleva toda la vida rondándome, como si en el fondo temiera ser el último litólatra consciente de su condición, surge sola: ¿Por qué nuestros remotos antepasados convirtieron algunas piedras en divinidades?. Buscando la respuesta, hace poco tropecé con una reveladora historia. Sucedió en Paquimé, en el estado mexicano de Chihuahua. Un huaquero llamado Teodoro Alvarado visitó en 1866 lo que quedaba de un antiguo asentamiento indio. Los mapas lo llaman Casas Grandes y está formado por un conjunto de estructuras de adobe emplazado en mitad de un valle. El lugar ya se encontraba abandonado cuando Francisco de Ibarra lo exploró en 1565, pero aún conservaba los cimientos de lo que parecían pirámides de barro, altares y pequeñas plazas ceremoniales que recordaban estructuras más complejas de aztecas o mayas. «Tal vez sus habitantes fueron descendientes de los toltecas», me contaron, «aunque debieron de abandonarla hacia 1450, antes de la llegada de los españoles».. Alvarado fue un hábil saqueador de tumbas y pensó que, con algo de suerte, desenterraría alguna quincalla de la que sacar provecho. Se acercó al centro de Casas Grandes y excavó en su templete semihundido. Allí dio con una cripta, y al profanarla descubrió un conjunto de momias enfardadas, dispuestas alrededor de un montículo, sobre el que reposaba un bulto más grande. Era una evidente disposición ceremonial. Quienquiera que ocupara el centro de aquel entierro fue alguien importante, así que lo golpeó con su vara y enseguida notó que el cuerpo, en vez de crujir como la madera seca, sonó a campana tocando a muerto. Se impresionó. Y extrañado, tiró del tejido de maguey que lo cubría. La tela se le deshizo entre las manos, dejando al descubierto algo extraordinario: aquello no era un cadáver, sino un enorme pedrusco de aspecto metálico de 97x74x46 centímetros, con aspecto de patata, imposible de mover. El tesoro –lo descubriría más tarde– pesaba más de mil quinientos kilos y estaba hecho del hierro más puro que se había visto jamás sobre la faz de la Tierra.. En 1873, el cónsul de El Paso, en Texas, hizo lo imposible por comprarle el «difunto». Le extrañó que un hierro como ese hubiera recibido honores en un cementerio indio, y con la ayuda del Instituto Smithsoniano determinó que se trataba de un meteorito de unos 290 millones de años y que debió de estrellarse en la región entre el 1200 y el 1300 de nuestra era. Es decir, que aquella piedra había llegado al valle de los Paquimé poco antes de la fundación de Casas Grandes. Quizá la interpretaron como un regalo del cielo, un dios tal vez, o una señal, y la sepultaron junto a sus caciques.. Desde entonces, este curioso objeto ha servido para entender por qué hay tantas habitaciones de adobe en el yacimiento y tan pocos enterramientos. Especulan con que el meteorito sacralizó el lugar, convirtiéndolo en una suerte de Meca. De hecho, un detalle apuntala esa idea: Casas Grandes carece de murallas, fosos defensivos o terraplenes, por lo que la hipótesis de que fuera un foco de peregrinación –que no de vivienda permanente– para todas las tribus de alrededor, cobra sentido. El arqueólogo Renée Opperman ha llegado incluso a relacionar los otros túmulos del asentamiento con posiciones puntuales de Venus y las ha vinculado con «el hermano meteorito», haciéndose eco de las leyendas de la tribu Pápago que aún veneran el sitio.. La sacra saxa de Casas Grandes terminó en Washington DC, en las salas del Smithsonian, donde ha estado expuesta mucho tiempo con el nombre de 3407-LB sin una mala referencia a su origen. Troceada en diecinueve fragmentos y repartida entre distintas instituciones, solo en 2018 se permitió que una de sus lascas regresara a México. Su historia es la metáfora perfecta de nuestra época. Un tiempo en el que valoramos más lo material que lo cultural o lo cultual. Y eso ha terminado por matar de aburrimiento la curiosidad y la mirada hechizada de la mayoría. Por suerte, no la mía. Estas piedras sagradas –y cósmicas– campan por mis novelas Las puertas templarias, El ángel perdido o El fuego invisible… y van a seguir haciéndolo en próximas. Es el plan de este escritor litólatra que cree que ciertas piedras tienen alma. O, al menos, biografía.. Javier Sierra es escritor y Premio Planeta de novela.
