El gestor aeroportuario vuelve a reclamar millones a sus concesionarios pese a la protección que estos consideran vigente y suma un nuevo frente a sus choques con aerolíneas y operadores en un momento de beneficios récord
Solo un kamikaze saca a concurso un contrato de más de 1.000 millones de euros para conseguir exactamente el mismo número de ofertas que si la licitación hubiera consistido en construir un aeropuerto en la Luna: ninguna. Eso es exactamente lo que le acaba de ocurrir a Aena.El gestor aeroportuario lanzó el mayor concurso publicitario de su historia con la intención de adjudicar la explotación de los espacios comerciales de toda la red española durante los próximos años. Sobre el papel, parecía una de esas licitaciones destinadas a despertar el interés de los grandes operadores internacionales. En la práctica, ninguna empresa quiso competir por el contrato.Las explicaciones oficiales llegarán cuando el procedimiento vuelva a convocarse. Las que maneja el sector son bastante menos protocolarias. Distintas publicaciones especializadas coinciden en señalar unas condiciones económicas demasiado exigentes, una inversión inicial elevada y un reparto del riesgo que los potenciales adjudicatarios no estaban dispuestos a asumir. El negocio resultaba atractivo. El equilibrio entre riesgo y rentabilidad, no tanto.Un concurso desierto nunca basta para explicar la política comercial de una empresa. Las licitaciones se corrigen, se rediseñan y, en ocasiones, simplemente llegan en un mal momento. Lo llamativo es que esta aparece en medio de una sucesión de conflictos que empiezan a proyectar una imagen poco habitual para una compañía que atraviesa uno de los mejores momentos financieros de su historia.Tarifas que frenan más tráficoMientras el turismo vuelve a pulverizar récords y Aena encadena beneficios históricos, el gestor mantiene abiertos varios frentes con algunas de las empresas de las que depende una parte creciente de su negocio. Las discrepancias con Ryanair por el modelo tarifario de los aeropuertos regionales siguen sin resolverse. Las asociaciones de aerolíneas llevan meses cuestionando la política de tasas.Ahora, además, los operadores comerciales vuelven a enfrentarse a la empresa pública por las rentas correspondientes a los años de la pandemia y algunas concesionarias estudian incluso trasladar el conflicto al ámbito penal.Cada uno de esos episodios responde a causas distintas. El problema es que todos terminan confluyendo sobre la misma mesa.El choque con Ryanair constituye el ejemplo más visible. La aerolínea irlandesa anunció hace meses la retirada de tres millones de plazas en España desde 2024 y mantiene prácticamente congelados sus planes de crecimiento mientras incrementa capacidad en mercados como Italia, Marruecos o Albania. La compañía insiste en que quiere seguir expandiéndose en España, pero condiciona esa decisión a una revisión de las tarifas en varios aeropuertos regionales, donde considera que existe margen suficiente para atraer más tráfico.Más allá del habitual tono bronco que acompaña a las negociaciones de Ryanair, el mensaje encierra una cuestión de fondo. Durante los próximos
Solo un kamikaze saca a concurso un contrato de más de 1.000 millones de euros para conseguir exactamente el mismo número de ofertas que si la licitación hubiera consistido en construir un aeropuerto en la Luna: ninguna. Eso es exactamente lo que le acaba de ocurrir a Aena. El gestor aeroportuario lanzó el mayor concurso publicitario de su historia con la intención de adjudicar la explotación de los espacios comerciales de toda la red española durante los próximos años. Sobre el papel, parecía una de esas licitaciones destinadas a despertar el interés de los grandes operadores internacionales. En la práctica, ninguna empresa quiso competir por el contrato. Las explicaciones oficiales llegarán cuando el procedimiento vuelva a convocarse. Las que maneja el sector son bastante menos protocolarias. Distintas publicaciones especializadas coinciden en señalar unas condiciones económicas demasiado exigentes, una inversión inicial elevada y un reparto del riesgo que los potenciales adjudicatarios no estaban dispuestos a asumir. El negocio resultaba atractivo. El equilibrio entre riesgo y rentabilidad, no tanto. Un concurso desierto nunca basta para explicar la política comercial de una empresa. Las licitaciones se corrigen, se rediseñan y, en ocasiones, simplemente llegan en un mal momento. Lo llamativo es que esta aparece en medio de una sucesión de conflictos que empiezan a proyectar una imagen poco habitual para una compañía que atraviesa uno de los mejores momentos financieros de su historia. Tarifas que frenan más tráfico Mientras el turismo vuelve a pulverizar récords y Aena encadena beneficios históricos, el gestor mantiene abiertos varios frentes con algunas de las empresas de las que depende una parte creciente de su negocio. Las discrepancias con Ryanair por el modelo tarifario de los aeropuertos regionales siguen sin resolverse. Las asociaciones de aerolíneas llevan meses cuestionando la política de tasas. Ahora, además, los operadores comerciales vuelven a enfrentarse a la empresa pública por las rentas correspondientes a los años de la pandemia y algunas concesionarias estudian incluso trasladar el conflicto al ámbito penal. Cada uno de esos episodios responde a causas distintas. El problema es que todos terminan confluyendo sobre la misma mesa. El choque con Ryanair constituye el ejemplo más visible. La aerolínea irlandesa anunció hace meses la retirada de tres millones de plazas en España desde 2024 y mantiene prácticamente congelados sus planes de crecimiento mientras incrementa capacidad en mercados como Italia, Marruecos o Albania. La compañía insiste en que quiere seguir expandiéndose en España, pero condiciona esa decisión a una revisión de las tarifas en varios aeropuertos regionales, donde considera que existe margen suficiente para atraer más tráfico. Más allá del habitual tono bronco que acompaña a las negociaciones de Ryanair, el mensaje encierra una cuestión de fondo. Durante los p
