España juega el domingo la final del Mundial contra Argentina y a la memoria de todos los españoles llega Andrés Iniesta, autor del gol que dio el Mundial a la selección española en 2010. El ya ex futbolista es un mito del deporte español, un jugador que tuvo que crecer pese a las dificultades económicas. El tiempo les dio la razón «El tiempo nos ha dado la razón», decia Iniesta en el libro «La jugada de mi vida», y la frase pesa más de lo que parece. En Fuentealbilla no todo el mundo apostó por aquel niño. José Antonio, su padre, era señalado como el iluso del pueblo, el que soñaba imposibles. «A mi padre lo tachaban de loco por creer que su hijo podría llegar a ser futbolista. Sí, estaba loco…», recuerda Iniesta. Su madre tampoco escapó a los juicios ajenos. «¿Qué opinaban de mi madre? Se preguntaban por qué aquella mujer aguantaba tanto», añade. La familia entera cargó con el peso de una apuesta que muchos del entorno consideraban ridícula, incluso para algunos eran, en sus propias palabras, «los tontos del pueblo». Crecer en un pueblo tiene esa particularidad: los comentarios circulan más rápido y resultan más difíciles de esquivar. «Mis padres han tenido que aguantar mucho, más de lo que nadie puede imaginar. No es fácil acostumbrarte a que hablen de ti o digan no sé qué bobadas. Por eso les doy las gracias, por eso agradezco su inmenso coraje», subraya. La deuda con José Antonio y Mari Pero antes del reconocimiento vino el sacrificio, y Iniesta lo tiene muy presente. Sus padres, José Antonio y Mari, vivieron años de aprietos económicos sin apartar la mirada del sueño de su hijo. «Mis padres no tenían ni para pagar las letras, pero se dejaron un pastón para comprarme unas Adidas Predator en cuanto salieron a la venta. Querían que su hijo jugase con las mejores botas del momento. ¿Crees que les importaba llegar justísimos a fin de mes si así podían ver a su hijo jugando con las botas nuevas?», cuenta Iniesta. Ese gesto lo dice todo sobre el perfil de una familia que apostó a fondo cuando nadie más lo hacía. «Mis padres se merecen lo mejor. Todo lo que hicieron por mí durante esos años en que uno no sabe si va a poder ser profesional tiene muchísimo valor. Eres muy joven y pueden pasar muchas cosas. Además, vives en un pueblo. Quienes nos hemos criado en un pueblo sabemos cómo funcionan las cosas», reflexiona. Bocadillo de chorizo y Dream Team Iniesta llegó al fútbol por los caminos más cotidianos. Los desplazamientos con su abuelo o su padre, siempre con el bocadillo de chorizo y el zumo que preparaba su madre, dejaron una huella que el centrocampista recuerda con una alegría sencilla: «¡Qué feliz era!». Su infancia coincidió con los años del Dream Team de Johan Cruyff en el Barça, la época de la primera Copa de Europa azulgrana, y aquel equipo le marcó para siempre. En el bar Luján de Fuentealbilla, el joven Iniesta veía los partidos y practicaba driblar entre sillas imitando
España juega el domingo la final del Mundial y todos recordamos el gol de Iniesta hace 16 años. No le fue fácil llegar a la élite
España juega el domingo la final del Mundial contra Argentina y a la memoria de todos los españoles llega Andrés Iniesta, autor del gol que dio el Mundial a la selección española en 2010. El ya ex futbolista es un mito del deporte español, un jugador que tuvo que crecer pese a las dificultades económicas.El tiempo les dio la razón»El tiempo nos ha dado la razón», decia Iniesta en el libro «La jugada de mi vida», y la frase pesa más de lo que parece. En Fuentealbilla no todo el mundo apostó por aquel niño. José Antonio, su padre, era señalado como el iluso del pueblo, el que soñaba imposibles. «A mi padre lo tachaban de loco por creer que su hijo podría llegar a ser futbolista. Sí, estaba loco…», recuerda Iniesta. Su madre tampoco escapó a los juicios ajenos. «¿Qué opinaban de mi madre? Se preguntaban por qué aquella mujer aguantaba tanto», añade. La familia entera cargó con el peso de una apuesta que muchos del entorno consideraban ridícula, incluso para algunos eran, en sus propias palabras, «los tontos del pueblo». Crecer en un pueblo tiene esa particularidad: los comentarios circulan más rápido y resultan más difíciles de esquivar. «Mis padres han tenido que aguantar mucho, más de lo que nadie puede imaginar. No es fácil acostumbrarte a que hablen de ti o digan no sé qué bobadas. Por eso les doy las gracias, por eso agradezco su inmenso coraje», subraya.La deuda con José Antonio y MariPero antes del reconocimiento vino el sacrificio, y Iniesta lo tiene muy presente. Sus padres, José Antonio y Mari, vivieron años de aprietos económicos sin apartar la mirada del sueño de su hijo. «Mis padres no tenían ni para pagar las letras, pero se dejaron un pastón para comprarme unas Adidas Predator en cuanto salieron a la venta. Querían que su hijo jugase con las mejores botas del momento. ¿Crees que les importaba llegar justísimos a fin de mes si así podían ver a su hijo jugando con las botas nuevas?», cuenta Iniesta. Ese gesto lo dice todo sobre el perfil de una familia que apostó a fondo cuando nadie más lo hacía. «Mis padres se merecen lo mejor. Todo lo que hicieron por mí durante esos años en que uno no sabe si va a poder ser profesional tiene muchísimo valor. Eres muy joven y pueden pasar muchas cosas. Además, vives en un pueblo. Quienes nos hemos criado en un pueblo sabemos cómo funcionan las cosas», reflexiona.Bocadillo de chorizo y Dream TeamIniesta llegó al fútbol por los caminos más cotidianos. Los desplazamientos con su abuelo o su padre, siempre con el bocadillo de chorizo y el zumo que preparaba su madre, dejaron una huella que el centrocampista recuerda con una alegría sencilla: «¡Qué feliz era!». Su infancia coincidió con los años del Dream Team de Johan Cruyff en el Barça, la época de la primera Copa de Europa azulgrana, y aquel equipo le marcó para siempre. En el bar Luján de Fuentealbilla, el joven Iniesta veía los partidos y practicaba driblar entre sillas imitando a Lau
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