En mis dos últimos artículos he escrito sobre los impactos que el cambio climático tiene entre los seres vivos más perjudicados del planeta. Los mayores y los niños. Ahora me resta terminar esta trilogía con aquellos compañeros de hábitat a los que estamos aniquilando: los animales. Perdónenme un inciso, pero el otro día en una tertulia de bar escuché a una señora aseverar que a ella no le gustaban los animales mientras se zampaba una ración de pulpo. Sentí una enorme vergüenza ajena, ¿cómo se puede decir una cosa así sin sentir pudor? Es como decir que no te gustan las flores o las estrellas. En fin… Pues sí, que lo que están padeciendo los animales a nuestra costa es de una crueldad sin nombre cuyo efecto bumerang nos sacará los ojos. ¿Quién no recuerda la foto del precioso oso polar tumbado en un trozo de hielo para sobrevivir a la sequía?
La tragedia de los animales no afecta solo a los habitantes del Ártico. Los pingüinos descienden a un ritmo vertiginoso; las pobres tortugas cuyo sexo depende de la temperatura de la arena donde incuban los huevos con el calor, están procreando hembras a mansalva. El aumento del dióxido de carbono en la atmósfera reduce la calidad de las hojas de eucalipto, principal alimento de los tiernos koalas. Y por poner un ejemplo más, la contaminación de los mares y el aumento de la temperatura de las aguas provoca la muerte de anfibios y corales. Asimismo, todos los que gozamos de un animalito de compañía sufrimos su malestar en los veranos desatinados. Estas temperaturas extremas hacen que no regulen la temperatura corporal, ya que ellos no sudan; hacen también que sufran golpes de calor y sus noches sean un deambular buscando donde encontrar un lugar más fresco.
Es complicado saber qué hacer con ellos y su perturbación nos trastorna. Cada verano que supera mi perrita de quince años, es un hito feliz en nuestra coexistencia. Y porque todos somos animales, ante este descalabro climático, todos estamos en peligro de extinción.
En mis dos últimos artículos he escrito sobre los impactos que el cambio climático tiene entre los seres vivos más perjudicados del planeta. Los mayores y los niños. Ahora me resta terminar esta trilogía con aquellos compañeros de hábitat a los que estamos aniquilando: los animales. Perdónenme un inciso, pero el otro día en una tertulia de bar escuché a una señora aseverar que a ella no le gustaban los animales mientras se zampaba una ración de pulpo. Sentí una enorme vergüenza ajena, ¿cómo se puede decir una cosa así sin sentir pudor? Es como decir que no te gustan las flores o las estrellas. En fin… Pues sí, que lo que están padeciendo los animales a nuestra costa es de una crueldad sin nombre cuyo efecto bumerang nos sacará los ojos. ¿Quién no recuerda la foto del precioso oso polar tumbado en un trozo de hielo para sobrevivir a la sequía?. La tragedia de los animales no afecta solo a los habitantes del Ártico. Los pingüinos descienden a un ritmo vertiginoso; las pobres tortugas cuyo sexo depende de la temperatura de la arena donde incuban los huevos con el calor, están procreando hembras a mansalva. El aumento del dióxido de carbono en la atmósfera reduce la calidad de las hojas de eucalipto, principal alimento de los tiernos koalas. Y por poner un ejemplo más, la contaminación de los mares y el aumento de la temperatura de las aguas provoca la muerte de anfibios y corales. Asimismo, todos los que gozamos de un animalito de compañía sufrimos su malestar en los veranos desatinados. Estas temperaturas extremas hacen que no regulen la temperatura corporal, ya que ellos no sudan; hacen también que sufran golpes de calor y sus noches sean un deambular buscando donde encontrar un lugar más fresco.. Es complicado saber qué hacer con ellos y su perturbación nos trastorna. Cada verano que supera mi perrita de quince años, es un hito feliz en nuestra coexistencia. Y porque todos somos animales, ante este descalabro climático, todos estamos en peligro de extinción.
Todos los que gozamos de un animalito de compañía sufrimos su malestar en los veranos desatinados
En mis dos últimos artículos he escrito sobre los impactos que el cambio climático tiene entre los seres vivos más perjudicados del planeta. Los mayores y los niños. Ahora me resta terminar esta trilogía con aquellos compañeros de hábitat a los que estamos aniquilando: los animales. Perdónenme un inciso, pero el otro día en una tertulia de bar escuché a una señora aseverar que a ella no le gustaban los animales mientras se zampaba una ración de pulpo. Sentí una enorme vergüenza ajena, ¿cómo se puede decir una cosa así sin sentir pudor? Es como decir que no te gustan las flores o las estrellas. En fin… Pues sí, que lo que están padeciendo los animales a nuestra costa es de una crueldad sin nombre cuyo efecto bumerang nos sacará los ojos. ¿Quién no recuerda la foto del precioso oso polar tumbado en un trozo de hielo para sobrevivir a la sequía?. La tragedia de los animales no afecta solo a los habitantes del Ártico. Los pingüinos descienden a un ritmo vertiginoso; las pobres tortugas cuyo sexo depende de la temperatura de la arena donde incuban los huevos con el calor, están procreando hembras a mansalva. El aumento del dióxido de carbono en la atmósfera reduce la calidad de las hojas de eucalipto, principal alimento de los tiernos koalas. Y por poner un ejemplo más, la contaminación de los mares y el aumento de la temperatura de las aguas provoca la muerte de anfibios y corales. Asimismo, todos los que gozamos de un animalito de compañía sufrimos su malestar en los veranos desatinados. Estas temperaturas extremas hacen que no regulen la temperatura corporal, ya que ellos no sudan; hacen también que sufran golpes de calor y sus noches sean un deambular buscando donde encontrar un lugar más fresco.. Es complicado saber qué hacer con ellos y su perturbación nos trastorna. Cada verano que supera mi perrita de quince años, es un hito feliz en nuestra coexistencia. Y porque todos somos animales, ante este descalabro climático, todos estamos en peligro de extinción.
