John F. Kennedy (1917-1963) explicaba que «Los chinos utilizan dos pinceladas para escribir la palabra crisis. Una pincelada significa peligro; la otra, oportunidad. En una crisis toma conciencia del peligro, pero reconoce la oportunidad». El humorista gráfico Andrés Rábago, quizá más conocido como Ops y El Roto, incluyó en una de sus tiras, publicada en El País en 2004, una definición de frontera: «dícese del lugar donde termina una locura y empieza otra». La avalancha de inmigrantes, que en teoría no se pueden devolver «en caliente», sobre Ceuta lo sintetiza todo: peligro, oportunidad y locura. Es una crisis que llega cuando todavía no acaba de cerrarse la de los incendios. Los peligros son obvios, en primer lugar para quienes arriesgan sus vidas, a veces de forma inconsciente, para cruzar una frontera. Todo es más dramático si, como ahora, hay niños muy pequeños de por medio. El peligro está también en el lado próspero de la frontera, en Ceuta, donde no hay medios –y es difícil que los haya– para atender y acoger a riadas de personas que huyen de la miseria, pero nada ni nadie les puede garantizar una vida mejor, al menos de forma inmediata. Es cierto: al superar la frontera se deja atrás una locura, pero comienza otra. Es lo que quizá perciben los inmigrantes, muchos muy jóvenes, que, una vez en Ceuta, tampoco divisan ningún horizonte y, como ayer, emprenden de forma voluntaria el camino de vuelta. El Gobierno de Sánchez ha vuelto a ser pillado por sorpresa y, tras rechazar la declaración de «emergencia nacional», tuvo que reaccionar y recurrir también al Ejército. No está claro el origen de esta crisis, previsible por otra parte. Hay quien la vincula con una sentencia del Tribunal Supremo. Nadie duda de que sea escrupulosa con la ley, pero para muchos resulta difícil de entender. Prohíbe la devolución «en caliente», automática, de los inmigrantes que lleguen a España a nado. Para otros, la confraternización de Sánchez con Argelia ha sido el detonante para que Marruecos mirara hacia otro lado, lo que equivale a fomentar la marcha hacia Ceuta. También es raro que el Gobierno haya sido pillado por sorpresa, porque los movimientos de personas en Marruecos hacia el Tarajal no pudieron pasar inadvertidos para los servicios de inteligencia españoles, siempre muy pendientes de lo que ocurre en el reino alauí. La crisis de Ceuta, aunque el peligro siempre estará ahí, debería ser una enseñanza para evitar que se repita, que sirva de verdad para buscar soluciones a un problema y que pueda ser una auténtica oportunidad, como sugería Kennedy.
La crisis de Ceuta, aunque el peligro siempre estará ahí, debería ser una enseñanza para evitar que se repita, que sirva de verdad para buscar soluciones a un problema y que pueda ser una auténtica oportunidad, como sugería Kennedy
John F. Kennedy (1917-1963) explicaba que «Los chinos utilizan dos pinceladas para escribir la palabra crisis. Una pincelada significa peligro; la otra, oportunidad. En una crisis toma conciencia del peligro, pero reconoce la oportunidad». El humorista gráfico Andrés Rábago, quizá más conocido como Ops y El Roto, incluyó en una de sus tiras, publicada en El País en 2004, una definición de frontera: «dícese del lugar donde termina una locura y empieza otra». La avalancha de inmigrantes, que en teoría no se pueden devolver «en caliente», sobre Ceuta lo sintetiza todo: peligro, oportunidad y locura. Es una crisis que llega cuando todavía no acaba de cerrarse la de los incendios. Los peligros son obvios, en primer lugar para quienes arriesgan sus vidas, a veces de forma inconsciente, para cruzar una frontera. Todo es más dramático si, como ahora, hay niños muy pequeños de por medio. El peligro está también en el lado próspero de la frontera, en Ceuta, donde no hay medios –y es difícil que los haya– para atender y acoger a riadas de personas que huyen de la miseria, pero nada ni nadie les puede garantizar una vida mejor, al menos de forma inmediata. Es cierto: al superar la frontera se deja atrás una locura, pero comienza otra. Es lo que quizá perciben los inmigrantes, muchos muy jóvenes, que, una vez en Ceuta, tampoco divisan ningún horizonte y, como ayer, emprenden de forma voluntaria el camino de vuelta.El Gobierno de Sánchez ha vuelto a ser pillado por sorpresa y, tras rechazar la declaración de «emergencia nacional», tuvo que reaccionar y recurrir también al Ejército. No está claro el origen de esta crisis, previsible por otra parte. Hay quien la vincula con una sentencia del Tribunal Supremo. Nadie duda de que sea escrupulosa con la ley, pero para muchos resulta difícil de entender. Prohíbe la devolución «en caliente», automática, de los inmigrantes que lleguen a España a nado. Para otros, la confraternización de Sánchez con Argelia ha sido el detonante para que Marruecos mirara hacia otro lado, lo que equivale a fomentar la marcha hacia Ceuta. También es raro que el Gobierno haya sido pillado por sorpresa, porque los movimientos de personas en Marruecos hacia el Tarajal no pudieron pasar inadvertidos para los servicios de inteligencia españoles, siempre muy pendientes de lo que ocurre en el reino alauí. La crisis de Ceuta, aunque el peligro siempre estará ahí, debería ser una enseñanza para evitar que se repita, que sirva de verdad para buscar soluciones a un problema y que pueda ser una auténtica oportunidad, como sugería Kennedy.
