Asimple vista, el Camino de Santiago puede parecer una tradición exclusivamente española. Sus senderos atraviesan pueblos de la península y desembocan en una de las ciudades más emblemáticas de Galicia. Pero la realidad es que cada año, miles de peregrinos de todo el mundo cargan sus mochilas con ánimo de vivir una experiencia transformadora que no entiende de fronteras, idiomas ni culturas. Lejos de ser un fenómeno local, el Camino se ha convertido en un punto de encuentro internacional donde la convivencia surge de manera espontánea a cada kilómetro.
El año pasado, según datos de la Oficina de Acogida al Peregrino, un total de 530.775 personas llegaron a Santiago. De ellas, 228.135 eran procedentes de España y 302.640 venían del extranjero. En lo que va de este 2026, la cifra de peregrinos foráneos alcanza los 190.698. Estados Unidos se sitúa como el país extranjero con más caminantes, seguido de Italia, Portugal y Alemania. Además, la presencia de países como México, Irlanda, Canadá, Brasil o Polonia evidencia que esta experiencia ha trascendido su origen como tradición española para convertirse en un auténtico fenómeno global.
Esta internacionalización, sin embargo, no es un fenómeno reciente. Hace unas décadas, la mayoría de los peregrinos eran españoles. Fue a partir de los años noventa y, especialmente, tras el Jacobeo de 1993 y la declaración del Camino como Patrimonio Mundial de la Unesco, cuando el número de visitantes extranjeros comenzó a crecer de forma sostenida. Actualmente, los peregrinos de fuera de España representan más de la mitad de quienes llegan a la ciudad de Santiago, y en algunas rutas concretas, como es el caso del Camino Inglés o el Portugués por la costa, superan el 50% del total.
En el caso de los jóvenes, el Camino de Santiago simboliza mucho más que un reto físico o una actividad turística. En una etapa de la vida caracterizada por la búsqueda de identidad, la independencia y la apertura al mundo, el hecho de convivir durante días o semanas con personas de diferentes países favorece el desarrollo de valores como la empatía, el respeto y la cooperación. Compartir el esfuerzo diario, superar dificultades en grupo y establecer relaciones con personas de culturas muy distintas permite romper prejuicios y ampliar la forma de entender el mundo. En una sociedad cada vez más globalizada (y también más polarizada), el Camino ofrece un espacio de encuentro donde el diálogo y la convivencia surgen de manera natural, convirtiéndose en toda una escuela de cooperación y diálogo entre culturas.
Si los datos reflejan la creciente internacionalización del Camino, quienes trabajan directamente con esta experiencia lo que más destacan es su impacto humano.
Una iniciativa educativa
María Díaz de la Cebosa, presidenta de CIS University y de la International Studies Foundation, explica en declaraciones a LA RAZÓN la evolución del «Programa Camino de Santiago», una iniciativa educativa que desde 2017 reúne cada verano a jóvenes españoles y estadounidenses en una experiencia de convivencia, aprendizaje y superación personal.
Este proyecto nace de la convicción de que algunas prácticas educativas se aprenden «caminando, conviviendo y enfrentándose a uno mismo, no dentro de un aula», explica Díaz de la Cebosa. Para la entidad que preside, la ruta jacobea ofrecía un marco único: «historia, cultura, naturaleza, espiritualidad, esfuerzo personal y encuentro con otros». Si esto es enriquecedor para los jóvenes españoles, podía serlo aún más para quienes «nunca habían tenido la oportunidad de vivir España desde una dimensión tan humana y profunda». En un mundo «tan veloz y tan digital», María asegura que caminar durante varios días con otros jóvenes, compartir dificultades y descubrir una cultura distinta se convierte en algo profundamente valioso.
En todas las ediciones del Programa Camino de Santiago, según destaca su impulsora, «los peregrinos extranjeros destacan mucho de la belleza de España, la amabilidad de la gente y la sorpresa que les produce descubrir una dimensión tan humana, histórica y cultural del país». Muchos regresan a sus lugares de origen con «una relación emocional muy fuerte con España, y con la sensación de haber vivido algo que recordarán siempre».
Eso mismo le ha ocurrido a Michael Lui, un ciudadano de Hong Kong de 40 años, que llegó el pasado lunes a Santiago tras trece días pedaleando por el Camino Francés, la ruta jacobea más conocida y transitada, que comienza en la localidad francesa de Saint-Jean-Pied-de-Port.
Recuerda haber oído hablar del Camino cuando era joven, aunque asegura que fue gracias a las redes sociales cuando descubrió realmente la dimensión internacional de esta experiencia: «El Camino es muy popular en lugares como Taiwán, Corea y Japón», dice. Cuando se le pregunta por qué decidió viajar hasta España, responde que «todo fue una casualidad, no había ningún plan. Quizás solo me sentía un poco perdido, o tal vez sentí que podría encontrar algo o recibir algún tipo de inspiración a lo largo de este viaje». Sea como fuere, Michael completó su camino y ahora asegura que ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de su vida y «una oportunidad fantástica para el intercambio cultural».
A lo largo de la ruta francesa, este ciudadano de Hong Kong se encontró con varias dificultades. La más importante fue un accidente mientras descendía por un sendero de montaña con la bicicleta. «Tuve que luchar contra el dolor, curar mis propias heridas en piernas y brazos, y avanzar lentamente hacia la siguiente parada. Cuando ya terminé el Camino fui a un hospital y descubrí que tenía una fractura menor en una costilla», explica para este periódico. Lejos de verlo como una desgracia, lo interpreta como una metáfora de la vida: «Cuando te topas con un muro y las cosas se ponen difíciles, ¿eliges seguir adelante?». Él lo hizo.
Este «bicigrino» habla de la gastronomía y de la hospitalidad de los españoles con auténtica admiración. De entre todas las regiones por las que pasó, su recuerdo más inolvidable lo ubica en Burgos, ciudad que celebraba sus fiestas patronales cuando llegó. «Conocí a la peña ‘Los Famosos’, me acogieron y me hicieron sentir como uno más. Atesoraré este recuerdo por el resto de mi vida», dice entre risas y dando a entender que no todas las anécdotas se pueden contar.
Michael regresará en unos días a Hong Kong con una costilla rota, cientos de kilómetros recorridos y una colección de recuerdos difíciles de resumir en una conversación. Pero, sobre todo, volverá a casa con la certeza de que la experiencia no acaba en Santiago: hay lecciones y vivencias que le acompañarán para siempre.
Asimple vista, el Camino de Santiago puede parecer una tradición exclusivamente española. Sus senderos atraviesan pueblos de la península y desembocan en una de las ciudades más emblemáticas de Galicia. Pero la realidad es que cada año, miles de peregrinos de todo el mundo cargan sus mochilas con ánimo de vivir una experiencia transformadora que no entiende de fronteras, idiomas ni culturas. Lejos de ser un fenómeno local, el Camino se ha convertido en un punto de encuentro internacional donde la convivencia surge de manera espontánea a cada kilómetro. El año pasado, según datos de la Oficina de Acogida al Peregrino, un total de 530.775 personas llegaron a Santiago. De ellas, 228.135 eran procedentes de España y 302.640 venían del extranjero. En lo que va de este 2026, la cifra de peregrinos foráneos alcanza los 190.698. Estados Unidos se sitúa como el país extranjero con más caminantes, seguido de Italia, Portugal y Alemania. Además, la presencia de países como México, Irlanda, Canadá, Brasil o Polonia evidencia que esta experiencia ha trascendido su origen como tradición española para convertirse en un auténtico fenómeno global. Esta internacionalización, sin embargo, no es un fenómeno reciente. Hace unas décadas, la mayoría de los peregrinos eran españoles. Fue a partir de los años noventa y, especialmente, tras el Jacobeo de 1993 y la declaración del Camino como Patrimonio Mundial de la Unesco, cuando el número de visitantes extranjeros comenzó a crecer de forma sostenida. Actualmente, los peregrinos de fuera de España representan más de la mitad de quienes llegan a la ciudad de Santiago, y en algunas rutas concretas, como es el caso del Camino Inglés o el Portugués por la costa, superan el 50% del total. En el caso de los jóvenes, el Camino de Santiago simboliza mucho más que un reto físico o una actividad turística. En una etapa de la vida caracterizada por la búsqueda de identidad, la independencia y la apertura al mundo, el hecho de convivir durante días o semanas con personas de diferentes países favorece el desarrollo de valores como la empatía, el respeto y la cooperación. Compartir el esfuerzo diario, superar dificultades en grupo y establecer relaciones con personas de culturas muy distintas permite romper prejuicios y ampliar la forma de entender el mundo. En una sociedad cada vez más globalizada (y también más polarizada), el Camino ofrece un espacio de encuentro donde el diálogo y la convivencia surgen de manera natural, convirtiéndose en toda una escuela de cooperación y diálogo entre culturas. Si los datos reflejan la creciente internacionalización del Camino, quienes trabajan directamente con esta experiencia lo que más destacan es su impacto humano. Una iniciativa educativa María Díaz de la Cebosa, presidenta de CIS University y de la International Studies Foundation, explica en declaraciones a LA RAZÓN la evolución del «Programa Camino de Santiago», una iniciativa
Más de 300.000 peregrinos de otros estados recorrieron la ruta jacobea el pasado año, lo que pone en valor su capacidad para fomentar el diálogo, la cooperación y el intercambio cultural
Asimple vista, el Camino de Santiago puede parecer una tradición exclusivamente española. Sus senderos atraviesan pueblos de la península y desembocan en una de las ciudades más emblemáticas de Galicia. Pero la realidad es que cada año, miles de peregrinos de todo el mundo cargan sus mochilas con ánimo de vivir una experiencia transformadora que no entiende de fronteras, idiomas ni culturas. Lejos de ser un fenómeno local, el Camino se ha convertido en un punto de encuentro internacional donde la convivencia surge de manera espontánea a cada kilómetro.El año pasado, según datos de la Oficina de Acogida al Peregrino, un total de 530.775 personas llegaron a Santiago. De ellas, 228.135 eran procedentes de España y 302.640 venían del extranjero. En lo que va de este 2026, la cifra de peregrinos foráneos alcanza los 190.698. Estados Unidos se sitúa como el país extranjero con más caminantes, seguido de Italia, Portugal y Alemania. Además, la presencia de países como México, Irlanda, Canadá, Brasil o Polonia evidencia que esta experiencia ha trascendido su origen como tradición española para convertirse en un auténtico fenómeno global.Esta internacionalización, sin embargo, no es un fenómeno reciente. Hace unas décadas, la mayoría de los peregrinos eran españoles. Fue a partir de los años noventa y, especialmente, tras el Jacobeo de 1993 y la declaración del Camino como Patrimonio Mundial de la Unesco, cuando el número de visitantes extranjeros comenzó a crecer de forma sostenida. Actualmente, los peregrinos de fuera de España representan más de la mitad de quienes llegan a la ciudad de Santiago, y en algunas rutas concretas, como es el caso del Camino Inglés o el Portugués por la costa, superan el 50% del total.En el caso de los jóvenes, el Camino de Santiago simboliza mucho más que un reto físico o una actividad turística. En una etapa de la vida caracterizada por la búsqueda de identidad, la independencia y la apertura al mundo, el hecho de convivir durante días o semanas con personas de diferentes países favorece el desarrollo de valores como la empatía, el respeto y la cooperación. Compartir el esfuerzo diario, superar dificultades en grupo y establecer relaciones con personas de culturas muy distintas permite romper prejuicios y ampliar la forma de entender el mundo. En una sociedad cada vez más globalizada (y también más polarizada), el Camino ofrece un espacio de encuentro donde el diálogo y la convivencia surgen de manera natural, convirtiéndose en toda una escuela de cooperación y diálogo entre culturas.Si los datos reflejan la creciente internacionalización del Camino, quienes trabajan directamente con esta experiencia lo que más destacan es su impacto humano.María Díaz de la Cebosa, presidenta de CIS University y de la International Studies Foundation, explica en declaraciones a LA RAZÓN la evolución del «Programa Camino de Santiago», una iniciativa educativa que desde 2017 reú
