Nico Adega es una de esas personas que todos deberíamos conocer. En una de sus primeras regatas llegó a caerse nueve veces, una de ellas a cincuenta metros de la meta, y le ofrecieron remolcarlo hasta el final, pero decidió llegar por sus propios medios. Ese es Nicolás Martínez Adega. «Cuando crucé la meta, muchos rivales ya estaban merendando», recuerda. Pero no le importó. Aquellas caídas eran el precio de volver a sentirse deportista. A los siete años le dijeron que nunca volvería a correr y, trece años después, Nico rema con la selección española y es campeón de Europa y del mundo de paracanoe -piragüismo adaptado- en la prueba de maratón. Ahora persigue el sueño de competir en unos Juegos Paralímpicos y, sin embargo, su historia no habla solo de deporte, sino de un niño que se negó a aceptar que un diagnóstico marcara el resto de su vida. De pequeño era incapaz de quedarse quieto. Practicaba fútbol, judo, baloncesto y cualquier actividad extraescolar que apareciera en el colegio hasta que su madre detectó que algo no iba bien. Nico seguía corriendo como siempre, pero caminaba ligeramente cojo. Después de una primera consulta en la que le recomendaron un simple reposo al que no se pudo resistir, una resonancia cambió la vida de toda la familia. «Mis padres estaban llorando y mi hermano y yo llorábamos porque los veíamos llorar a ellos, pero no entendíamos nada». Aquel diagnóstico tenía nombre: osteosarcoma, un cáncer de hueso localizado en el fémur. Para explicárselo, sus padres le hablaron de «unos bichitos malos que se estaban comiendo su hueso» que había que eliminar con una medicación muy fuerte llamada quimioterapia y que se le caería el cabello. Comenzó entonces un proceso que marcaría toda su infancia. Casi dos años de tratamiento, 25 ciclos de quimioterapia, 34 de inmunoterapia y una cirugía en la que los médicos tuvieron que extirpar parte del fémur, colocarle una prótesis y eliminar el cartílago de crecimiento. Después de esto último, llegarían muchas más intervenciones, pues cada ocho meses había que compensar la dismetría entre una pierna y otra: en total, quince operaciones en menos de trece años. Mientras tanto, se centró en otra batalla. «Estaba muy limitado a la hora de hacer deporte y la única forma que tenía de validarme como persona era a través de los estudios y sacar buenas notas», recuerda. Cuando salió del hospital, el Nico nuevo tenía una prótesis en la pierna y los médicos le decían que no podía correr, ni saltar, ni jugar al fútbol con sus compañeros. «En esa época no les hice caso y fastidié la prótesis», provocando una nueva intervención. «Con el piragüismo sentí una sensación de libertad. Mis límites quedaban fuera de la piragua» Fue entonces cuando se dio cuenta de que no podía llevar la misma vida que antes y empezó a buscar alternativas. Preguntó al doctor por tenis, pádel, baloncesto, judo e incluso ping-pong, pero
A los siete años le dijeron que nunca volvería a correr por un osteosarcoma. Hoy su historia es un ejemplo de superación: después de quince operaciones en trece años, es campeón del mundo de paracanoe, sueña con Los Ángeles 2028 y dedica su tiempo a dar esperanza a otros niños con cáncer.
Nico Adega es una de esas personas que todos deberíamos conocer. En una de sus primeras regatas llegó a caerse nueve veces, una de ellas a cincuenta metros de la meta, y le ofrecieron remolcarlo hasta el final, pero decidió llegar por sus propios medios. Ese es Nicolás Martínez Adega. «Cuando crucé la meta, muchos rivales ya estaban merendando», recuerda. Pero no le importó. Aquellas caídas eran el precio de volver a sentirse deportista. A los siete años le dijeron que nunca volvería a correr y, trece años después, Nico rema con la selección española y es campeón de Europa y del mundo de paracanoe -piragüismo adaptado- en la prueba de maratón. Ahora persigue el sueño de competir en unos Juegos Paralímpicos y, sin embargo, su historia no habla solo de deporte, sino de un niño que se negó a aceptar que un diagnóstico marcara el resto de su vida.De pequeño era incapaz de quedarse quieto. Practicaba fútbol, judo, baloncesto y cualquier actividad extraescolar que apareciera en el colegio hasta que su madre detectó que algo no iba bien. Nico seguía corriendo como siempre, pero caminaba ligeramente cojo. Después de una primera consulta en la que le recomendaron un simple reposo al que no se pudo resistir, una resonancia cambió la vida de toda la familia. «Mis padres estaban llorando y mi hermano y yo llorábamos porque los veíamos llorar a ellos, pero no entendíamos nada». Aquel diagnóstico tenía nombre: osteosarcoma, un cáncer de hueso localizado en el fémur. Para explicárselo, sus padres le hablaron de «unos bichitos malos que se estaban comiendo su hueso» que había que eliminar con una medicación muy fuerte llamada quimioterapia y que se le caería el cabello.Comenzó entonces un proceso que marcaría toda su infancia. Casi dos años de tratamiento, 25 ciclos de quimioterapia, 34 de inmunoterapia y una cirugía en la que los médicos tuvieron que extirpar parte del fémur, colocarle una prótesis y eliminar el cartílago de crecimiento. Después de esto último, llegarían muchas más intervenciones, pues cada ocho meses había que compensar la dismetría entre una pierna y otra: en total, quince operaciones en menos de trece años. Mientras tanto, se centró en otra batalla. «Estaba muy limitado a la hora de hacer deporte y la única forma que tenía de validarme como persona era a través de los estudios y sacar buenas notas», recuerda. Cuando salió del hospital, el Nico nuevo tenía una prótesis en la pierna y los médicos le decían que no podía correr, ni saltar, ni jugar al fútbol con sus compañeros. «En esa época no les hice caso y fastidié la prótesis», provocando una nueva intervención. «Con el piragüismo sentí una sensación de libertad. Mis límites quedaban fuera de la piragua»Fue entonces cuando se dio cuenta de que no podía llevar la misma vida que antes y empezó a buscar alternativas. Preguntó al doctor por tenis, pádel, baloncesto, judo e incluso ping-pong, pero siempre r
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