La nueva e irreverente apuesta de Filmin se adentra en el siglo XVIII para narrar un monumental fraude real a través de una puesta en escena sucia, punk y muy entretenida
Acomodarse ante un drama histórico con la expectativa de encontrar la pulcritud habitual de los salones victorianos y los romances corteses es una inercia que el espectador contemporáneo debería sacudirse de inmediato. La televisión de época ha dejado de ser un refugio de modales contenidos para convertirse en un territorio donde las cicatrices sociales de nuestro pasado resuenan con una violencia descarnada. Por fortuna, hay guionistas suficientemente lúcidos como para secuestrar un género encorsetado y obligarlo a hablar con su propia voz, costumbrista y callejera. La oportunidad de certificar esta demolición estilística llega precisamente hoy, martes 18 de agosto, gracias al estreno exclusivo en Filmin de «El patíbulo», la miniserie de tres episodios con la que el director británico Shane Meadows reinventa los códigos del relato de época.. La propuesta, avalada por el sello de la prestigiosa productora A24 y emitida originalmente por la BBC, toma como punto de partida la novela homónima de Benjamin Myers, pero ejecuta una pirueta narrativa sumamente arriesgada. En lugar de ilustrar el ascenso criminal de la banda de los falsificadores de Cragg Vale, el guion funciona como una precuela que se toma todo su tiempo para observar los porqués, deteniéndose en las asambleas vecinales, la asfixia económica y la desesperación que empuja a una comunidad de tejedores del Yorkshire del siglo XVIII a desafiar al sistema en los albores de la Revolución Industrial.. El relato arranca con el accidentado retorno de David Hartley, el hijo pródigo encarnado por un magnético Michael Socha. Tras siete años de misteriosa ausencia, regresa al hogar herido de gravedad por una puñalada tras matar a un hombre en Birmingham. En su delirio por los inhóspitos páramos ingleses, es escoltado por unas deidades paganas con túnicas y cráneos de ciervo que, lejos de la solemnidad dramática de las brujas de «Macbeth», se comunican con él con el desparpajo anacrónico de unos colegas de taberna. Hartley llega justo para el entierro de su padre y, atrapado en una primitiva taberna oscura que por momentos ralentiza el pulso de la intriga por el exceso de conversaciones cruzadas, convence a sus hermanos y vecinos de iniciar un fraude monumental: recortar los bordes de las monedas de oro legítimas para fundir el sobrante y acuñar guineas falsas con un troquel robado, burlando así el hambre y los abusivos alquileres que les exige un terrateniente cuya alargada sombra interpreta con maestría Ralph Ineson.. La arrolladora fuerza de la producción descansa en la fidelidad absoluta al método Meadows. El cineasta prescinde de libretos cerrados para abrazar un naturalismo indómito basado en la improvisación guiada de un elenco soberbio. Junto a intérpretes fetiche de su filmografía como un solvente Thomas Turgoose, brilla con luz propia Sophie McShera en el papel de Grace; alejada por completo de la dulzura tradicional, su actuación es de una agresividad y un pragmatismo feroz, convirtiéndose en el cerebro indispensable para estructurar la empresa delictiva. El acierto mayúsculo del casting es la inclusión de rostros amateurs locales —como la debutante Stevie Binns—, aportando una verdad antropológica, con camisas mugrientas y acentos cerrados, que la artificialidad de Hollywood jamás podría replicar.. El magnetismo de la propuesta se consolida al deconstruir el mito clásico del héroe popular para transformarlo en una crónica picaresca y marcadamente canalla. En lugar de perfilar al típico cabecilla noble y pulcro de los relatos de aventuras, el guion retrata a David como un auténtico pirata de interior, egoísta y rudo, que luce un vistoso diente de oro y regresa con los bolsillos repletos de monedas robadas. Esta mirada desmitificadora aproxima las andanzas de la banda más al espíritu gamberro de las comedias obreras contemporáneas que a los solemnes dramas de época tradicionales.. Visualmente, la obra se define como un gótico rural de estética mate y sucia, donde la cámara en mano persigue a los personajes con una urgencia casi documental. A pesar de que la narración muestra ciertos problemas de ritmo en su tramo central debido a la abundancia de canciones tradicionales de folk que pueden abrumar al espectador medio y a un metraje que dilata el inicio de la estafa criminal, la atmósfera lisérgica construida junto a la hipnótica banda sonora del grupo sueco Goat redondea una rareza punk encantadora. «El patíbulo» no busca la épica del thriller de suspense, sino la dignidad de los desheredados, logrando que los conflictos de 1760 dialoguen de tú a tú con las grietas del capitalismo actual.. El desembarco de Shane Meadows en el drama de época supone un fascinante trasvase de sus obsesiones autorales hacia un territorio inédito. El director, coronado en la industria británica por retratar la exclusión social contemporánea en obras como «This is England» o «The Virtues», aplica en este nuevo escenario el mismo compromiso con la identidad obrera que definió sus inicios. Lejos de dejarse seducir por el academicismo histórico, traslada la camaradería, el humor negro y la crudeza del realismo social a la Inglaterra preindustrial. Un ejercicio de coherencia artística que demuestra que la supervivencia de los de abajo no entiende de épocas.
Acomodarse ante un drama histórico con la expectativa de encontrar la pulcritud habitual de los salones victorianos y los romances corteses es una inercia que el espectador contemporáneo debería sacudirse de inmediato. La televisión de época ha dejado de ser un refugio de modales contenidos para convertirse en un territorio donde las cicatrices sociales de nuestro pasado resuenan con una violencia descarnada. Por fortuna, hay guionistas suficientemente lúcidos como para secuestrar un género encorsetado y obligarlo a hablar con su propia voz, costumbrista y callejera. La oportunidad de certificar esta demolición estilística llega precisamente hoy, martes 18 de agosto, gracias al estreno exclusivo en Filmin de «El patíbulo», la miniserie de tres episodios con la que el director británico Shane Meadows reinventa los códigos del relato de época.. La propuesta, avalada por el sello de la prestigiosa productora A24 y emitida originalmente por la BBC, toma como punto de partida la novela homónima de Benjamin Myers, pero ejecuta una pirueta narrativa sumamente arriesgada. En lugar de ilustrar el ascenso criminal de la banda de los falsificadores de Cragg Vale, el guion funciona como una precuela que se toma todo su tiempo para observar los porqués, deteniéndose en las asambleas vecinales, la asfixia económica y la desesperación que empuja a una comunidad de tejedores del Yorkshire del siglo XVIII a desafiar al sistema en los albores de la Revolución Industrial.. El relato arranca con el accidentado retorno de David Hartley, el hijo pródigo encarnado por un magnético Michael Socha. Tras siete años de misteriosa ausencia, regresa al hogar herido de gravedad por una puñalada tras matar a un hombre en Birmingham. En su delirio por los inhóspitos páramos ingleses, es escoltado por unas deidades paganas con túnicas y cráneos de ciervo que, lejos de la solemnidad dramática de las brujas de «Macbeth», se comunican con él con el desparpajo anacrónico de unos colegas de taberna. Hartley llega justo para el entierro de su padre y, atrapado en una primitiva taberna oscura que por momentos ralentiza el pulso de la intriga por el exceso de conversaciones cruzadas, convence a sus hermanos y vecinos de iniciar un fraude monumental: recortar los bordes de las monedas de oro legítimas para fundir el sobrante y acuñar guineas falsas con un troquel robado, burlando así el hambre y los abusivos alquileres que les exige un terrateniente cuya alargada sombra interpreta con maestría Ralph Ineson.. La arrolladora fuerza de la producción descansa en la fidelidad absoluta al método Meadows. El cineasta prescinde de libretos cerrados para abrazar un naturalismo indómito basado en la improvisación guiada de un elenco soberbio. Junto a intérpretes fetiche de su filmografía como un solvente Thomas Turgoose, brilla con luz propia Sophie McShera en el papel de Grace; alejada por completo de la dulzura tradicional, su actuación es de una agresividad y un pragmatismo feroz, convirtiéndose en el cerebro indispensable para estructurar la empresa delictiva. El acierto mayúsculo del casting es la inclusión de rostros amateurs locales —como la debutante Stevie Binns—, aportando una verdad antropológica, con camisas mugrientas y acentos cerrados, que la artificialidad de Hollywood jamás podría replicar.. El magnetismo de la propuesta se consolida al deconstruir el mito clásico del héroe popular para transformarlo en una crónica picaresca y marcadamente canalla. En lugar de perfilar al típico cabecilla noble y pulcro de los relatos de aventuras, el guion retrata a David como un auténtico pirata de interior, egoísta y rudo, que luce un vistoso diente de oro y regresa con los bolsillos repletos de monedas robadas. Esta mirada desmitificadora aproxima las andanzas de la banda más al espíritu gamberro de las comedias obreras contemporáneas que a los solemnes dramas de época tradicionales.. Visualmente, la obra se define como un gótico rural de estética mate y sucia, donde la cámara en mano persigue a los personajes con una urgencia casi documental. A pesar de que la narración muestra ciertos problemas de ritmo en su tramo central debido a la abundancia de canciones tradicionales de folk que pueden abrumar al espectador medio y a un metraje que dilata el inicio de la estafa criminal, la atmósfera lisérgica construida junto a la hipnótica banda sonora del grupo sueco Goat redondea una rareza punk encantadora. «El patíbulo» no busca la épica del thriller de suspense, sino la dignidad de los desheredados, logrando que los conflictos de 1760 dialoguen de tú a tú con las grietas del capitalismo actual.. Shane Meadows: realismo obrero en el siglo XVIII. El desembarco de Shane Meadows en el drama de época supone un fascinante trasvase de sus obsesiones autorales hacia un territorio inédito. El director, coronado en la industria británica por retratar la exclusión social contemporánea en obras como «This is England» o [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/cultura/the-virtues-los-traumas-de-la-clase-obrera-por-el-autor-de-this-is-england-LN24292238/|||«The Virtues»]], aplica en este nuevo escenario el mismo compromiso con la identidad obrera que definió sus inicios. Lejos de dejarse seducir por el academicismo histórico, traslada la camaradería, el humor negro y la crudeza del realismo social a la Inglaterra preindustrial. Un ejercicio de coherencia artística que demuestra que la supervivencia de los de abajo no entiende de épocas.
