En los últimos años la política internacional ha experimentado uno de los grandes cambios desde la guerra fría. Para algunos expertos, la redefinición del orden internacional no se había transformado tanto y tan rápido desde la Segunda Guerra Mundial. En un mundo polarizado, Estados Unidos vuelve a ser protagonista indiscutible de la agenda internacional. Las múltiples implicaciones de los americanos en la política internacional (como Venezuela, Irán o el Caribe) solo se pueden entender desde un contexto de pérdida de hegemonía e influencia en la última década, donde tanto China como Rusia han ido ganando terreno silenciosamente y particularmente en el patio trasero de Estados Unidos, definida históricamente en la visión de EE.UU. como su esfera de influencia directa y exclusiva bajo la Doctrina Monroe, un principio fundamental de la política exterior de Estados Unidos hacia el continente americano, sintetizado en la famosa frase «América para los americanos» que fue proclamada por el presidente James Monroe el 2 de diciembre de 1823. La administración de Donald Trump la está utilizando frecuentemente para reafirmar este poder frente a la influencia china y rusa en Hispanoamérica, África y Oriente Medio donde durante las últimas décadas esos espacios han dejado de ser un área de influencia para convertirse en un terreno de disputa global.. Pero la competencia geopolítica ya no se limita a la geografía. También tiene mucho que ver en ámbitos como la tecnología, la energía, las cadenas de suministro o los datos. El control de infraestructuras críticas y capacidades digitales se ha convertido en un elemento central en esta reorganización del orden internacional. El resultado que estamos viendo es un mundo más fragmentado, más competitivo y más imprevisible. Un escenario en el que las reglas de juego son cada vez menos claras y en el que los instrumentos de presión de ámbito económico, tecnológico o incluso regulatorios como el caso de los aranceles, se han multiplicado.. En este contexto, el expresidente Felipe González hacía una reflexión en el último premio Español universal organizado por la Fundación Independiente, en el que hacía un llamamiento a la defensa de los valores del Estado de derecho, la defensa del pluralismo político frente a los “grandes arquitectos de la destrucción de lo hecho”, donde puso de manifiesto una realidad que hemos visto estos últimos meses: la primera víctima del cambio del orden internacional es el Derecho. En este nuevo orden internacional, hay que preguntarse qué papel juega Europa y en particular España dentro de los 27. El llamamiento en 2024 de los informes Draghi y Letta a cambiar el rumbo de dirección de la UE va en esa línea: convertirse en un actor decisivo en la política internacional, y para ello, lo primero es ordenar de forma coherente y con consistencia la casa común.. Son muchos los retos políticos y regulatorios que la UE tiene que asumir en muy poco tiempo, y ya se han ido tomando decisiones para empezar a simplificar los marcos normativos en sectores clave como las telecomunicaciones (a través de la propuesta de reglamento de la DNA), ciberseguridad (a través de la directiva de la CRA o la simplificación de la NIS2). En el ámbito de la sostenibilidad se han dado pasos en el mismo sentido con los paquetes Ómnibus (simplificación de la CSRD o de la CSDDD) y otras normativas clave en el ámbito de la defensa.. Dentro de esta nueva realidad de la política internacional, el papel de España es secundario más allá de algún titular que ha generado la oposición del Gobierno a la política que está adoptando EEUU en el ámbito de la defensa o de la exigencia de más gasto en el marco de la OTAN. Nuestro país no solo se enfrenta a retos económicos o regulatorios, sino a una cuestión más profunda de liderazgo, ambición y proyecto de país a largo plazo.. La política exterior, que debería ser una prioridad para generar grandes consensos de Estado, se ha visto en los últimos años condicionada por dinámicas internas marcadas por la polarización y la falta de acuerdos duraderos. La crispación política no solo debilita la capacidad de alcanzar acuerdos internos, sino que proyecta hacia el exterior una imagen de incertidumbre que reduce nuestra credibilidad en un momento especialmente delicado del escenario internacional. En un entorno donde otros países de la UE como Francia o Italia refuerzan posiciones con estrategias claras, corremos el riesgo de quedarnos sin capacidades estratégicas, atrapados en una lógica cortoplacista. Lo que está en juego es nuestra capacidad de ser protagonistas de las decisiones que se toman, y para ello es necesario articular una política exterior sólida, predecible y alineada con los intereses estratégicos del país y de la UE. Para ello, resulta imprescindible reconstruir espacios de entendimiento, reforzar las instituciones y dotar de continuidad a las grandes líneas de acción internacional con ambición reformista. En última instancia, un nuevo ciclo político con mayorías estables sería muy positivo para recomponer las bases sobre las que construir un marco político eficaz, coherente y acorde con los desafíos de nuestro tiempo.
Las múltiples implicaciones de los americanos en la política internacional (como Venezuela, Irán o el Caribe) solo se pueden entender desde un contexto de pérdida de hegemonía e influencia en la última década
En los últimos años la política internacional ha experimentado uno de los grandes cambios desde la guerra fría. Para algunos expertos, la redefinición del orden internacional no se había transformado tanto y tan rápido desde la Segunda Guerra Mundial. En un mundo polarizado, Estados Unidos vuelve a ser protagonista indiscutible de la agenda internacional. Las múltiples implicaciones de los americanos en la política internacional (como Venezuela, Irán o el Caribe) solo se pueden entender desde un contexto de pérdida de hegemonía e influencia en la última década, donde tanto China como Rusia han ido ganando terreno silenciosamente y particularmente en el patio trasero de Estados Unidos, definida históricamente en la visión de EE.UU. como su esfera de influencia directa y exclusiva bajo la Doctrina Monroe, un principio fundamental de la política exterior de Estados Unidos hacia el continente americano, sintetizado en la famosa frase «América para los americanos» que fue proclamada por el presidente James Monroe el 2 de diciembre de 1823. La administración de Donald Trump la está utilizando frecuentemente para reafirmar este poder frente a la influencia china y rusa en Hispanoamérica, África y Oriente Medio donde durante las últimas décadas esos espacios han dejado de ser un área de influencia para convertirse en un terreno de disputa global.. Pero la competencia geopolítica ya no se limita a la geografía. También tiene mucho que ver en ámbitos como la tecnología, la energía, las cadenas de suministro o los datos. El control de infraestructuras críticas y capacidades digitales se ha convertido en un elemento central en esta reorganización del orden internacional. El resultado que estamos viendo es un mundo más fragmentado, más competitivo y más imprevisible. Un escenario en el que las reglas de juego son cada vez menos claras y en el que los instrumentos de presión de ámbito económico, tecnológico o incluso regulatorios como el caso de los aranceles, se han multiplicado.. En este contexto, el expresidente Felipe González hacía una reflexión en el último premio Español universal organizado por la Fundación Independiente, en el que hacía un llamamiento a la defensa de los valores del Estado de derecho, la defensa del pluralismo político frente a los “grandes arquitectos de la destrucción de lo hecho”, donde puso de manifiesto una realidad que hemos visto estos últimos meses: la primera víctima del cambio del orden internacional es el Derecho. En este nuevo orden internacional, hay que preguntarse qué papel juega Europa y en particular España dentro de los 27. El llamamiento en 2024 de los informes Draghi y Letta a cambiar el rumbo de dirección de la UE va en esa línea: convertirse en un actor decisivo en la política internacional, y para ello, lo primero es ordenar de forma coherente y con consistencia la casa común.. Son muchos los retos políticos y regulatorios que la UE tiene que asumir en muy poco tiempo, y ya se han ido tomando decisiones para empezar a simplificar los marcos normativos en sectores clave como las telecomunicaciones (a través de la propuesta de reglamento de la DNA), ciberseguridad (a través de la directiva de la CRA o la simplificación de la NIS2). En el ámbito de la sostenibilidad se han dado pasos en el mismo sentido con los paquetes Ómnibus (simplificación de la CSRD o de la CSDDD) y otras normativas clave en el ámbito de la defensa.. Dentro de esta nueva realidad de la política internacional, el papel de Españaes secundario más allá de algún titular que ha generado la oposición del Gobierno a la política que está adoptando EEUU en el ámbito de la defensa o de la exigencia de más gasto en el marco de la OTAN. Nuestro país no solo se enfrenta a retos económicos o regulatorios, sino a una cuestión más profunda de liderazgo, ambición y proyecto de país a largo plazo.. La política exterior, que debería ser una prioridad para generar grandes consensos de Estado, se ha visto en los últimos años condicionada por dinámicas internas marcadas por la polarización y la falta de acuerdos duraderos. La crispación política no solo debilita la capacidad de alcanzar acuerdos internos, sino que proyecta hacia el exterior una imagen de incertidumbre que reduce nuestra credibilidad en un momento especialmente delicado del escenario internacional. En un entorno donde otros países de la UE como Francia o Italia refuerzan posiciones con estrategias claras, corremos el riesgo de quedarnos sin capacidades estratégicas, atrapados en una lógica cortoplacista. Lo que está en juego es nuestra capacidad de ser protagonistas de las decisiones que se toman, y para ello es necesario articular una política exterior sólida, predecible y alineada con los intereses estratégicos del país y de la UE. Para ello, resulta imprescindible reconstruir espacios de entendimiento, reforzar las instituciones y dotar de continuidad a las grandes líneas de acción internacional con ambición reformista. En última instancia, un nuevo ciclo político con mayorías estables sería muy positivo para recomponer las bases sobre las que construir un marco político eficaz, coherente y acorde con los desafíos de nuestro tiempo.
