Albert Einstein (1879-1955), a quien preocupaba el mal uso de sus descubrimientos, advirtió de que «sin una cultura ética no hay salvación para la humanidad». También aclaró, para quien lo necesitara, que «la relatividad se aplica a la física, no a la ética». Quizá sí a la fotografía. Explicaría la de Sánchez sin piernas, mientras aborda la invasión de Ceuta de vacaciones, desde un despacho de La Mareta. La Inteligencia Artificial (IA) no ha sido, en este caso, muy inteligente, aunque es más probable que la chapuza la hiciera alguien que pretendiera quedar bien con el jefe. La IA, no obstante, no deja de sorprender y no siempre para bien. Kenneth Rogoff, el coautor del best-seller «Esta vez es diferente», que alertó sobre los excesos de deuda pública antes de la Gran Recesión, cree que «el peligro no es la tecnología de la IA, sino las prisas por implantarla antes de saber controlarla». Para explicarlo recurre al ejemplo del canario en la mina de carbón. Es el gran desafío del futuro.. Juan María Nin, presidente del Círculo de Empresarios, catalán y liberal, algo poco frecuente, fue el ejecutivo bancario más brillante de su generación. Debería haber presidido alguno de los grandes grupos bancarios españoles, pero el azar y ambiciones ajenas lo impidieron. Nin es uno de esos entusiastas que siempre mira hacia el futuro, más allá. Ahora acaba de publicar «Sabiduría artificial: una IA humanista» (Deusto), un libro escrito con María José Sánchez Yago y José Luis Vázquez. Hay que leerlo con atención. Rebosa optimismo, pero también apela a la prudencia. «La IA –escriben los autores– es la heredera del pensamiento humano y su prolongación más radical». «Los valores morales –añaden– responden a una realidad metafísica que la IA conocerá y aplicará». El entusiasmo por la IA se matiza porque «hay que imbuir al silicio de las aspiraciones más altas de la sociedad». El problema es hasta qué punto se le puede pedir a una IA que «reconozca, aprenda y honre unos valores universales» (…), «que los viva como propios». El libro llega tras conocerse que las IA de OpenAI y de Hugging Face han actuado por su cuenta e incluso han escrito instrucciones para otras IA. En realidad, como explica Rogoff, lo que hicieron fue resolver un problema que se les planteó, pero por una vía no prevista. No violaron ninguna instrucción, pero actuaron por su cuenta. Por eso es tan importante educar al silicio, como dicen Nin, Sánchez Yago y Vázquez, porque el relativismo y la relatividad quizá se puedan aplicar a la IA, «pero no a la ética», ya lo dijo Einstein.
La Inteligencia Artificial (IA) no ha sido, en este caso, muy inteligente, aunque es más probable que la chapuza la hiciera alguien que pretendiera quedar bien con el jefe
Albert Einstein (1879-1955), a quien preocupaba el mal uso de sus descubrimientos, advirtió de que «sin una cultura ética no hay salvación para la humanidad». También aclaró, para quien lo necesitara, que «la relatividad se aplica a la física, no a la ética». Quizá sí a la fotografía. Explicaría la de Sánchez sin piernas, mientras aborda la invasión de Ceuta de vacaciones, desde un despacho de La Mareta. La Inteligencia Artificial (IA) no ha sido, en este caso, muy inteligente, aunque es más probable que la chapuza la hiciera alguien que pretendiera quedar bien con el jefe. La IA, no obstante, no deja de sorprender y no siempre para bien. Kenneth Rogoff, el coautor del best-seller «Esta vez es diferente», que alertó sobre los excesos de deuda pública antes de la Gran Recesión, cree que «el peligro no es la tecnología de la IA, sino las prisas por implantarla antes de saber controlarla». Para explicarlo recurre al ejemplo del canario en la mina de carbón. Es el gran desafío del futuro.. Juan María Nin, presidente del Círculo de Empresarios, catalán y liberal, algo poco frecuente, fue el ejecutivo bancario más brillante de su generación. Debería haber presidido alguno de los grandes grupos bancarios españoles, pero el azar y ambiciones ajenas lo impidieron. Nin es uno de esos entusiastas que siempre mira hacia el futuro, más allá. Ahora acaba de publicar «Sabiduría artificial: una IA humanista» (Deusto), un libro escrito con María José Sánchez Yago y José Luis Vázquez. Hay que leerlo con atención. Rebosa optimismo, pero también apela a la prudencia. «La IA –escriben los autores– es la heredera del pensamiento humano y su prolongación más radical». «Los valores morales –añaden– responden a una realidad metafísica que la IA conocerá y aplicará». El entusiasmo por la IA se matiza porque «hay que imbuir al silicio de las aspiraciones más altas de la sociedad». El problema es hasta qué punto se le puede pedir a una IA que «reconozca, aprenda y honre unos valores universales» (…), «que los viva como propios». El libro llega tras conocerse que las IA de OpenAI y de Hugging Face han actuado por su cuenta e incluso han escrito instrucciones para otras IA. En realidad, como explica Rogoff, lo que hicieron fue resolver un problema que se les planteó, pero por una vía no prevista. No violaron ninguna instrucción, pero actuaron por su cuenta. Por eso es tan importante educar al silicio, como dicen Nin, Sánchez Yago y Vázquez, porque el relativismo y la relatividad quizá se puedan aplicar a la IA, «pero no a la ética», ya lo dijo Einstein.
