Arthur Schopenhauer (1788-1860), representante del pesimismo filosófico, un cenizo absoluto, pensaba que «la vida es una guerra sin tregua». Quizá sería más apropiado decirlo del fútbol, que, al mismo tiempo, genera treguas –muy breves– como la de este fin de semana en la polarización política y de casi todo en España. La guerra estará en el terreno de juego, en el que los argentinos no se andarán con remilgos y los españoles deberán huir de provocaciones y concentrarse en el balón. El fútbol hace tiempo que es, en paráfrasis de Clausewitz (1780-1831), «la continuación de la política por otros medios». Lo confirma la asistencia a la final –normal, pero no prevista hasta última hora– de Pedro Sánchez, ya se verá si acompañado o no de Begoña Gómez, ahora con el pasaporte recuperado tras la astracanada del juez Peinado. Trump estará encantado de compartir palco con el Rey Felipe y con la Familia Real. Rey, rey absoluto, es lo que querría ser el inquilino de la Casa Blanca, y queda la duda de cómo será el encuentro con Sánchez, según los arreglos protocolarios que haga otro absolutista como Infantino. La tregua mundialista y la final, con España y Argentina, Lamine Yamal y Messi, son todo un dilema para los «indepes» catalanes más fanáticos, ahora que pueden interpretar a su favor una sentencia algo ambigua del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que ven favorable, pero que no entra en el meollo de la amnistía. Tampoco importa. Puigdemont, por otra parte, lo ha dejado claro: para él la sentencia «no cierra el conflicto político, sino que confirma el conflicto político». Es cierto, como repiten y presumen desde el Gobierno, que Cataluña vive un periodo de tregua y de apaciguamiento, que requiere la revalidez de la existencia de un Gobierno de un signo diferente –menos rehén de los indepes– del de Pedro Sánchez. Solo entonces se sabrá si el «procés» es pasado o futuro. El domingo, mientras tanto, los «indepes» tendrán que afrontar el dilema de si desean un éxito de Lamine Yamal, Cubarsí y Olmo, lo que implicaría el triunfo de España, que no les gusta, o prefieren que sus ídolos del Barça naufraguen ante el ya mito «culé» de Messi. Hay quien atribuye un papel no menor a la etapa dorada de ese «más que un club», con el genio argentino al frente, en la eclosión del «procés». Sin aquel Barça, defiende algún politólogo, todo aquello no hubiera sido posible. Quizá sea exagerado, pero el fútbol es continuación de la política y ahora geopolítica, «una guerra sin tregua», que diría Schopenhauer. (El domingo, sin complejos, ¡a por ellos!).
El domingo, mientras tanto, los «indepes» tendrán que afrontar el dilema de si desean un éxito de Lamine Yamal, Cubarsí y Olmo, lo que implicaría el triunfo de España, que no les gusta, o prefieren que sus ídolos del Barça naufraguen ante el ya mito «culé» de Messi
Arthur Schopenhauer (1788-1860), representante del pesimismo filosófico, un cenizo absoluto, pensaba que «la vida es una guerra sin tregua». Quizá sería más apropiado decirlo del fútbol, que, al mismo tiempo, genera treguas –muy breves– como la de este fin de semana en la polarización política y de casi todo en España. La guerra estará en el terreno de juego, en el que los argentinos no se andarán con remilgos y los españoles deberán huir de provocaciones y concentrarse en el balón. El fútbol hace tiempo que es, en paráfrasis de Clausewitz (1780-1831), «la continuación de la política por otros medios». Lo confirma la asistencia a la final –normal, pero no prevista hasta última hora– de Pedro Sánchez, ya se verá si acompañado o no de Begoña Gómez, ahora con el pasaporte recuperado tras la astracanada del juez Peinado. Trump estará encantado de compartir palco con el Rey Felipe y con la Familia Real. Rey, rey absoluto, es lo que querría ser el inquilino de la Casa Blanca, y queda la duda de cómo será el encuentro con Sánchez, según los arreglos protocolarios que haga otro absolutista como Infantino.La tregua mundialista y la final, con España y Argentina, Lamine Yamal y Messi, son todo un dilema para los «indepes» catalanes más fanáticos, ahora que pueden interpretar a su favor una sentencia algo ambigua del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que ven favorable, pero que no entra en el meollo de la amnistía. Tampoco importa. Puigdemont, por otra parte, lo ha dejado claro: para él la sentencia «no cierra el conflicto político, sino que confirma el conflicto político». Es cierto, como repiten y presumen desde el Gobierno, que Cataluña vive un periodo de tregua y de apaciguamiento, que requiere la revalidez de la existencia de un Gobierno de un signo diferente –menos rehén de los indepes– del de Pedro Sánchez. Solo entonces se sabrá si el «procés» es pasado o futuro. El domingo, mientras tanto, los «indepes» tendrán que afrontar el dilema de si desean un éxito de Lamine Yamal, Cubarsí y Olmo, lo que implicaría el triunfo de España, que no les gusta, o prefieren que sus ídolos del Barça naufraguen ante el ya mito «culé» de Messi. Hay quien atribuye un papel no menor a la etapa dorada de ese «más que un club», con el genio argentino al frente, en la eclosión del «procés». Sin aquel Barça, defiende algún politólogo, todo aquello no hubiera sido posible. Quizá sea exagerado, pero el fútbol es continuación de la política y ahora geopolítica, «una guerra sin tregua», que diría Schopenhauer. (El domingo, sin complejos, ¡a por ellos!).
