Me cabreo como una mona contemplando a Europa tratarnos como si Franco no hubiera muerto y cien veces más cuando nos comemos esta sucesión de afrentas sin rechistar. La más humillante sobrevino en 2013 cuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) anuló la justísima Doctrina Parot, que prescribía que los beneficios penitenciarios de multiasesinos etarras o violadores en serie se aplicasen sobre el total de la condena y no sobre el cumplimiento máximo. Estamos hablando de grandísimos hijos de puta condenados a cientos o miles de años de cárcel. La gracia europea alivió notablemente la realidad penal de monstruos como el etarra Henri Parot, autor de 80 asesinatos, que se dice pronto; Domingo Troitiño, que segó 21 vidas en un solo atentado, el de Hipercor en Barcelona; el violador del ascensor (18 víctimas) o el coautor del terrorífico triple crimen de Alcácer, Miquel Ricart. Basura irreinsertable que no se merece el beneficio de la duda y a la que habría que meter de por vida en cárceles como las de Nayib Bukele. A Rajoy y a su entonces notario mayor del Reino, Ruiz-Gallardón, les faltó tiempo para anunciar que cumplirían escrupulosamente el fallo. Olvidaron que Alemania y Reino Unido, especialmente cuando la gran Thatcher reinaba en Downing Street, se han negado a cumplir los veredictos del TEDH cuando lesionaban gravemente los intereses nacionales. Nuestra cobardía no es nueva. Viene de atrás, exactamente de cuando socios comunitarios como Francia o Bélgica se negaban a entregar a pistoleros etarras escondidos en esos países. Por no hablar del santuario que representa para estos terroristas Venezuela: el maketo Ignacio de Juana Chaos, otro de los agraciados por la derogación de la Doctrina Parot, vive allí como si fuera un ciudadano honorable al amparo primero de Hugo Chávez, luego Nicolás Maduro y ahora Delcy Rodríguez. Claro que a una narcodictadura no le puedes exigir los mismos estándares que a democracias de calidad como las que integran la Unión Europea. La historia se repitió por enésima vez tras el 1-O. Buena parte de los sediciosos catalanes pusieron pies en polvorosa, con Carles Puigdemont, con el que Soraya Sáenz de Santamaría hizo la vista gorda para que huyera, como escandaloso epítome. Primero se las piró a Francia, más tarde a Alemania e Italia y finalmente terminó instalado en el pueblo belga en el que Napoleón sufrió su derrota definitiva, Waterloo. Ninguno de estos cuatro estados miembros de la UE accedió a entregar al Reino de España al president catalán. Tres cuartos de lo mismo ha sucedido con Toni Comín, vecino suyo en Bélgica, con Marta Rovira, huida a Suiza, y con Clara Ponsatí, que eludió la acción de la Justicia desde Escocia. Y la siempre insolidaria Confederación Helvética también dijo que nones cuando el Tribunal Supremo le requirió para que nos enviase a Anna Gabriel, esa gerifalte de la CUP más famosa por olerse el sobaco en el Parlament que por sus disc
Esa Ley de Amnistía con la que Sánchez logró mantener el poder que las urnas le habían negado
Me cabreo como una mona contemplando a Europa tratarnos como si Franco no hubiera muerto y cien veces más cuando nos comemos esta sucesión de afrentas sin rechistar. La más humillante sobrevino en 2013 cuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) anuló la justísima Doctrina Parot, que prescribía que los beneficios penitenciarios de multiasesinos etarras o violadores en serie se aplicasen sobre el total de la condena y no sobre el cumplimiento máximo. Estamos hablando de grandísimos hijos de puta condenados a cientos o miles de años de cárcel. La gracia europea alivió notablemente la realidad penal de monstruos como el etarra Henri Parot, autor de 80 asesinatos, que se dice pronto; Domingo Troitiño, que segó 21 vidas en un solo atentado, el de Hipercor en Barcelona; el violador del ascensor (18 víctimas) o el coautor del terrorífico triple crimen de Alcácer, Miquel Ricart. Basura irreinsertable que no se merece el beneficio de la duda y a la que habría que meter de por vida en cárceles como las de Nayib Bukele. A Rajoy y a su entonces notario mayor del Reino, Ruiz-Gallardón, les faltó tiempo para anunciar que cumplirían escrupulosamente el fallo. Olvidaron que Alemania y Reino Unido, especialmente cuando la gran Thatcher reinaba en Downing Street, se han negado a cumplir los veredictos del TEDH cuando lesionaban gravemente los intereses nacionales. Nuestra cobardía no es nueva. Viene de atrás, exactamente de cuando socios comunitarios como Francia o Bélgica se negaban a entregar a pistoleros etarras escondidos en esos países. Por no hablar del santuario que representa para estos terroristas Venezuela: el maketo Ignacio de Juana Chaos, otro de los agraciados por la derogación de la Doctrina Parot, vive allí como si fuera un ciudadano honorable al amparo primero de Hugo Chávez, luego Nicolás Maduro y ahora Delcy Rodríguez. Claro que a una narcodictadura no le puedes exigir los mismos estándares que a democracias de calidad como las que integran la Unión Europea. La historia se repitió por enésima vez tras el 1-O. Buena parte de los sediciosos catalanes pusieron pies en polvorosa, con Carles Puigdemont, con el que Soraya Sáenz de Santamaría hizo la vista gorda para que huyera, como escandaloso epítome. Primero se las piró a Francia, más tarde a Alemania e Italia y finalmente terminó instalado en el pueblo belga en el que Napoleón sufrió su derrota definitiva, Waterloo. Ninguno de estos cuatro estados miembros de la UE accedió a entregar al Reino de España al president catalán. Tres cuartos de lo mismo ha sucedido con Toni Comín, vecino suyo en Bélgica, con Marta Rovira, huida a Suiza, y con Clara Ponsatí, que eludió la acción de la Justicia desde Escocia. Y la siempre insolidaria Confederación Helvética también dijo que nones cuando el Tribunal Supremo le requirió para que nos enviase a Anna Gabriel, esa gerifalte de la CUP más famosa por olerse el sobaco en el Parlament que por sus disc
