“Ya han llegado a un acuerdo”, escribe Siraj en su teléfono. Tiene 16 años y lleva casi dos semanas en Ceuta, desde que el 30 de julio cruzó a nado desde Marruecos. El mensaje va dirigido a un amigo que, como él, permanece en la ciudad autónoma. Le cuenta lo que acaba de escuchar: el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha hablado en conferencia de prensa. No ha pasado ni media hora desde su intervención, pero el mensaje ya corre de móvil en móvil. En los grupos de WhatsApp y las redes sociales de los jóvenes que llegaron a nado, la noticia se propaga como un reguero de pólvora. Para muchos, esas palabras confirman el peor de sus temores.. Seguir leyendo
“Ya han llegado a un acuerdo”, escribe Siraj en su teléfono. Tiene 16 años y lleva casi dos semanas en Ceuta, desde que el 30 de julio cruzó a nado desde Marruecos. El mensaje va dirigido a un amigo que, como él, permanece en la ciudad autónoma. Le cuenta lo que acaba de escuchar: el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha hablado en conferencia de prensa. No ha pasado ni media hora desde su intervención, pero el mensaje ya corre de móvil en móvil. En los grupos de WhatsApp y las redes sociales de los jóvenes que llegaron a nado, la noticia se propaga como un reguero de pólvora. Para muchos, esas palabras confirman el peor de sus temores.. Hasta entonces, algunos se aferraban a una última posibilidad: que su país de origen no colaborase con España y que, por tanto, su devolución estuviese llena de obstáculos. Albares cerró esa puerta. “Hasta la última persona que ha entrado irregularmente en España volverá a Marruecos”, advertía el ministro. Y añadía que esa es la “voluntad expresa” de Rabat. Su contundencia y la confirmación de la cooperación con Marruecos han hecho saltar todas las alarmas entre quienes temen ser devueltos. El titular de Exteriores explicaba también que mantiene conversaciones diarias con su homólogo marroquí, Naser Burita, y aseguraba la “total disposición de Marruecos” para facilitar el retorno de sus ciudadanos a su país “sin pedir ninguna contrapartida”.. Siraj no quiere volver a Marruecos. Su deseo es quedarse en España y estudiar tecnología, pero la esperanza empieza a flaquear. Lleva toda la semana madrugando para plantarse frente a la Jefatura de Policía de Ceuta a la espera de que algún día le tomen los datos y pueda acceder así al sistema de protección de menores. Pero ese día no llega. Cada jornada transcurre de la misma manera: horas al sol, sentado en la calle junto a cientos de menores, mientras cuatro policías custodian la entrada para impedir que se acerquen a la puerta. Al final, Siraj regresa a la casa de un familiar que le ha dado refugio, siempre con las manos vacías. “Si me echan esta vez, intentaré estudiar en Marruecos y volver a España de forma legal, porque ahora mismo parece que no le importamos a nadie y no quiero desperdiciar mi futuro”, dice.. Multitud de menores migrantes esperan para su filiación frente a la Jefatura Superior de la Policía Nacional en Ceuta este lunes.Reduan (EFE). En el polígono de El Tarajal, donde cientos de migrantes que llegaron a nado duermen en condiciones infrahumanas, un grupo de unas quince personas conversa en voz baja, visiblemente preocupado. “¿Es verdad lo que dicen?”, preguntan a una trabajadora de una ONG que ha acudido a curarles las heridas. Uno de ellos le enseña la pantalla de su teléfono: una captura de una noticia publicada en Instagram por un medio de comunicación árabe. En ella, el ministro de Justicia de Marruecos, Abdelatif Wahbi, asegura que su país “mantiene su determinación de recuperar a sus niños y menores que se encuentran en España”.. Las palabras del ministro dan forma a un temor que hasta ahora muchos preferían no mirar de frente. “Marruecos no está dispuesto a abandonar a sus niños, sus jóvenes y sus adolescentes”, afirma Wahbi. Pero ellos no han entrado a nado por el mar para regresar. Han llegado hasta aquí para escapar. Ahora, la advertencia de Albares llega después de dos semanas de espera en condiciones precarias: durmiendo hacinados sobre colchones, cuando los hay, o directamente sobre el suelo; protegidos apenas por una manta que durante el día utilizan para intentar resguardarse del sol. El hambre, la sed y el calor empiezan a pesar. Y, con ellos, crece también la certeza de que la posibilidad de ser devueltos a Marruecos ya no es un temor lejano, sino una amenaza cada vez más real.. “¿Y qué harán con los niños?”, pregunta una madre que huyó de Marruecos para escapar de un marido que la maltrataba. Cuenta que él ya le arrebató a su hijo mayor y que no puede permitir que le quiten también a la pequeña con la que llegó a nado hasta Ceuta. A su lado, la niña, con el pelo revuelto, mira a su alrededor con la misma angustia que su madre. “Si vuelvo a Marruecos, mi marido me mata”, dice la mujer.. Un padre de familia se acerca, visiblemente nervioso. “¿Crees que me separarán de mi familia?”, pregunta. La inquietud se extiende entre quienes escuchan. Nadie sabe qué responder. A las declaraciones de Albares se suma la presencia constante de policías y militares en las calles de Ceuta, una imagen que se repite a cada paso y que, para quienes esperan, resulta cada vez más difícil de ignorar. Mohamed, de ocho años, y su madre dormían hasta hace poco en la calle, frente a una casa. El pequeño cuenta que sentía terror cada vez que veía a los soldados pasar.. Y no son solo los más pequeños quienes viven con miedo. Hamza, de 26 años, duerme donde puede, siempre en la barriada de El Príncipe. Cuenta que estas últimas noches apenas ha pegado ojo. “He pasado mucho frío y no me he atrevido a dormir por miedo a que llegara la policía”, dice. En Ceuta, la espera ya no transcurre solo entre el hambre, el calor y el cansancio. También se duerme con miedo a que, al despertar, haya llegado el momento de volver.
La confirmación de la cooperación con Marruecos dispara la preocupación entre quienes llevan dos semanas esperando en condiciones precarias una oportunidad para quedarse en España
