Es día de «zafarrancho» en el monasterio. Así definen las clarisas de Aguarin-Salvatierra el día de la semana en el que ponen patas arriba el convento alavés de San Pedro para airearlo. Aunque su operación de reciclaje va más allá. Hasta el horno del monasterio. Dos religiosas de esta comunidad de las Hermanas Pobres de Santa Clara han participado, junto a otras diez monjas de otros cinco claustros, en un curso de formación en las cocinas de Le Cordon Bleu en Madrid, la escuela culinaria de renombre internacional perteneciente a la Universidad Francisco de Vitoria, un proyecto promovido por la Fundación Contemplare. Sus rosquillas, trufas, mazapanes y turrones se auditan por quienes pueden darles pistas para mejorar técnicas pasteleras, texturas y acabados que aderecen sus ventas.
«De un profesional siempre se aprende algo, aunque sea coger bien una cuchara. Pero en este caso, acogemos muchas más propuestas innovadoras», comenta la hermana Conchi, miembro de esta comunidad fundada en 1446. Lo cierto es que estas clarisas no parten de cero. Ni mucho menos. Los treinta años de experiencia en el obrador las ha convertido en un referente del sector. Gracias a su tienda online venden lo mismo en Francia que en Japón. Y hace tan solo unas semanas la Academia Vasca de Gastronomía las reconocía con su premio «Gastro Goxua» por maridar la esencia franciscana con la modernidad en sus propuestas culinarias.
«Nos hemos perfeccionado mucho en el chocolate, que lo vendemos ya todo el año, más allá de la campaña de Navidad, que es nuestro fuerte», comparte Conchi. En este tirón ayuda que la materia prima tenga su origen en Ecuador, donde abrieron convento hace un par de décadas: «Es muy bonito porque nos permite crear lazos de comunión, de relación fraterna y espiritualidad, porque conviven con nosotras cinco hermanas ecuatorianas».
«Procuramos que todo sea de gran calidad, con ingredientes de primera como el cacao o las almendras, pero el sello que añadimos y que no se ve es el del buen hacer», aclara la religiosa. Y va más allá: «Mientras trabajamos, hacemos oración, tenemos presentes a tantas personas que sufren, a todos aquellos que comerán nuestros dulces. Eso nos lleva a transmitir en lo que somos y hacemos la dulzura de Dios, convencida de que ese dulzor es el que va a cambiar nuestro mundo. Cuando entras en contacto con Él, todo se transforma». En la economía doméstica, las 19 consagradas aportan: desde la recién llegada a sor Celina, la hermana de 94 años que está en la portería.
Ni desactualizadas ni místicas desencarnadas. Las alumnas con toca de Carlos Fernandes son «un ejemplo». «Ha sido muy gratificante y divertido», define el chef responsable de Pastelería de Le Cordon Bleu, sobre su primera experiencia con monjas entre fogones. «Buscamos ayudarles a desarrollar productos para que los puedan vender. El legado histórico de los dulces conventuales es innegable, hay una variedad tremenda, ellas saben perfectamente lo que hacen y lo hacen muy bien», comenta sobre ese tú a tú que ha mantenido este profesional que en 2022 asumió el cargo de chef de pastelería en el Four Seasons Hotel de Madrid. «Solo se trata de aportar un matiz para modernizar esta oferta», apunta Fernandes sobre los «tips» que ha intentado transmitirles.
En una sociedad «fit» que demoniza los dulces y bendice las proteínas, el chef les ha orientado para rebajar en algunas recetas tanto las grasas saturadas como los azúcares añadidos. «También hemos buscado lograr dar un poquito más de margen de caducidad a través de productos secos, como las pastas de té o las galletas», relata este docente de la Universidad Francisco de Vitoria. En esta misma línea, ha buscado compartir con ellas tendencias presentes en el mercado, como las galletas de chocolate con relleno de praliné o perfeccionar las galletas de aceite de oliva. «Incluso nos metimos en lo salado, con unos grissini de aceituna», apostilla el cocinero.
Con la máxima de que el que hace voto de enseñar, lo hace de aprender, este cocinero portugués se lleva de las consagradas «lo importante que es poner pasión y alegría en nuestro trabajo cotidiano. Sus ganas, su buena ‘‘vibra’’ y su sonrisa permanente en la cara me han interpelado».
«Los obradores de los monasterios tienen que aspirar a la excelencia, aunque todo lo que ofrecen ya es de por sí exquisito», expone Alejandra Salinas, directora de la Fundación Contemplare. Eso sí, no se trata ni de entrar en la espiral de la alta cocina. «No queremos que los conventos se conviertan en pymes, sino darles herramientas para que sus productos, tan genuinos y especiales, tengan salida y les permitan ser sostenibles», expone Salinas, que desde su fundación pone en marcha todo tipo de iniciativas para salir al rescate de no pocas comunidades contemplativas.
España es la primera potencia mundial en vida contemplativa, a través de 690 monasterios, a los que pertenecen un total de 7.749 monjas y monjes de clausura. La responsable de Contemplare desvela que «algunas atraviesan por circunstancias muy tremendas, aunque solo sea por el mero hecho de que afrontan unos gastos fijos enormes de Seguridad Social con la cuota de autónomos, por los cuidados que prestan a las religiosas más mayores y por las facturas de la calefacción si quieren vivir en invierno con un mínimo de dignidad, dentro de la austeridad, en edificios históricos y de grandes dimensiones».
«No queremos que la gente compre los dulces por lástima, sino porque vean que son de calidad. Ellas mismas quieren sacarse las castañas del fuego. Y estoy convencida de que descubrir que detrás de un chocolate maravilloso hay unas monjas hace que la gente se desplacen a conocerlas, crucen el portón y acaben encontrándose con Dios a través de su entrega al ‘‘ora et labora’’», añade Salinas.
Es día de «zafarrancho» en el monasterio. Así definen las clarisas de Aguarin-Salvatierra el día de la semana en el que ponen patas arriba el convento alavés de San Pedro para airearlo. Aunque su operación de reciclaje va más allá. Hasta el horno del monasterio. Dos religiosas de esta comunidad de las Hermanas Pobres de Santa Clara han participado, junto a otras diez monjas de otros cinco claustros, en un curso de formación en las cocinas de Le Cordon Bleu en Madrid, la escuela culinaria de renombre internacional perteneciente a la Universidad Francisco de Vitoria, un proyecto promovido por la Fundación Contemplare. Sus rosquillas, trufas, mazapanes y turrones se auditan por quienes pueden darles pistas para mejorar técnicas pasteleras, texturas y acabados que aderecen sus ventas. «De un profesional siempre se aprende algo, aunque sea coger bien una cuchara. Pero en este caso, acogemos muchas más propuestas innovadoras», comenta la hermana Conchi, miembro de esta comunidad fundada en 1446. Lo cierto es que estas clarisas no parten de cero. Ni mucho menos. Los treinta años de experiencia en el obrador las ha convertido en un referente del sector. Gracias a su tienda online venden lo mismo en Francia que en Japón. Y hace tan solo unas semanas la Academia Vasca de Gastronomía las reconocía con su premio «Gastro Goxua» por maridar la esencia franciscana con la modernidad en sus propuestas culinarias. «Nos hemos perfeccionado mucho en el chocolate, que lo vendemos ya todo el año, más allá de la campaña de Navidad, que es nuestro fuerte», comparte Conchi. En este tirón ayuda que la materia prima tenga su origen en Ecuador, donde abrieron convento hace un par de décadas: «Es muy bonito porque nos permite crear lazos de comunión, de relación fraterna y espiritualidad, porque conviven con nosotras cinco hermanas ecuatorianas». «Procuramos que todo sea de gran calidad, con ingredientes de primera como el cacao o las almendras, pero el sello que añadimos y que no se ve es el del buen hacer», aclara la religiosa. Y va más allá: «Mientras trabajamos, hacemos oración, tenemos presentes a tantas personas que sufren, a todos aquellos que comerán nuestros dulces. Eso nos lleva a transmitir en lo que somos y hacemos la dulzura de Dios, convencida de que ese dulzor es el que va a cambiar nuestro mundo. Cuando entras en contacto con Él, todo se transforma». En la economía doméstica, las 19 consagradas aportan: desde la recién llegada a sor Celina, la hermana de 94 años que está en la portería. Ni desactualizadas ni místicas desencarnadas. Las alumnas con toca de Carlos Fernandes son «un ejemplo». «Ha sido muy gratificante y divertido», define el chef responsable de Pastelería de Le Cordon Bleu, sobre su primera experiencia con monjas entre fogones. «Buscamos ayudarles a desarrollar productos para que los puedan vender. El legado histórico de los dulces conventuales es innegable, hay una variedad tremenda, ella
Seis conventos actualizan su repostería a través de Contemplare y la Universidad Francisco de Vitoria
Es día de «zafarrancho» en el monasterio. Así definen las clarisas de Aguarin-Salvatierra el día de la semana en el que ponen patas arriba el convento alavés de San Pedro para airearlo. Aunque su operación de reciclaje va más allá. Hasta el horno del monasterio. Dos religiosas de esta comunidad de las Hermanas Pobres de Santa Clara han participado, junto a otras diez monjas de otros cinco claustros, en un curso de formación en las cocinas de Le Cordon Bleu en Madrid, la escuela culinaria de renombre internacional perteneciente a la Universidad Francisco de Vitoria, un proyecto promovido por la Fundación Contemplare. Sus rosquillas, trufas, mazapanes y turrones se auditan por quienes pueden darles pistas para mejorar técnicas pasteleras, texturas y acabados que aderecen sus ventas.«De un profesional siempre se aprende algo, aunque sea coger bien una cuchara. Pero en este caso, acogemos muchas más propuestas innovadoras», comenta la hermana Conchi, miembro de esta comunidad fundada en 1446. Lo cierto es que estas clarisas no parten de cero. Ni mucho menos. Los treinta años de experiencia en el obrador las ha convertido en un referente del sector. Gracias a su tienda online venden lo mismo en Francia que en Japón. Y hace tan solo unas semanas la Academia Vasca de Gastronomía las reconocía con su premio «Gastro Goxua» por maridar la esencia franciscana con la modernidad en sus propuestas culinarias.«Nos hemos perfeccionado mucho en el chocolate, que lo vendemos ya todo el año, más allá de la campaña de Navidad, que es nuestro fuerte», comparte Conchi. En este tirón ayuda que la materia prima tenga su origen en Ecuador, donde abrieron convento hace un par de décadas: «Es muy bonito porque nos permite crear lazos de comunión, de relación fraterna y espiritualidad, porque conviven con nosotras cinco hermanas ecuatorianas».«Procuramos que todo sea de gran calidad, con ingredientes de primera como el cacao o las almendras, pero el sello que añadimos y que no se ve es el del buen hacer», aclara la religiosa. Y va más allá: «Mientras trabajamos, hacemos oración, tenemos presentes a tantas personas que sufren, a todos aquellos que comerán nuestros dulces. Eso nos lleva a transmitir en lo que somos y hacemos la dulzura de Dios, convencida de que ese dulzor es el que va a cambiar nuestro mundo. Cuando entras en contacto con Él, todo se transforma». En la economía doméstica, las 19 consagradas aportan: desde la recién llegada a sor Celina, la hermana de 94 años que está en la portería.Ni desactualizadas ni místicas desencarnadas. Las alumnas con toca de Carlos Fernandes son «un ejemplo». «Ha sido muy gratificante y divertido», define el chef responsable de Pastelería de Le Cordon Bleu, sobre su primera experiencia con monjas entre fogones. «Buscamos ayudarles a desarrollar productos para que los puedan vender. El legado histórico de los dulces conventuales es innegable, hay una variedad tremenda, ellas sa
