Los efectos del cambio climático, las guerras y la migración se suman a problemas estructurales y someten a la UE a un test de estrés de la máxima dificultad
Con sus inevitables castillos medievales y a medio camino entre Frankfurt y Luxemburgo, Kaub es una pequeña localidad alemana a orillas del Rin. Ese gran río convierte a Kaub en uno de los nodos del comercio fluvial en Europa. En esa zona el Rin se hace más estrecho, menos profundo, y eso lo convierte en uno de los puntos neurálgicos del transporte por esa vía en Centroeuropa: es allí donde se mide la capacidad de carga de los buques. Ese río, como todos los grandes ríos de Europa, se ha quedado prácticamente seco en agosto. El tráfico marítimo se ha visto muy afectado; la siderurgia, el sector químico y otras industrias alemanas se han visto gravemente perjudicadas. Las empresas han tenido que fletar camiones, más caros por el lío geopolítico en otro nodo logístico: el estrecho de Ormuz. Cambio climático, estancamiento económico y geopolítica, en fin, se interconectan en Kaub. Y lo mismo ocurre con los choques que está encajando Europa en este verano de pesadilla: hasta siete crisis que se entrelazan como las cerezas de un cesto.. Siete es un número bíblico, mágico, cabalístico. Asociado al verano europeo remite a las siete plagas de Egipto. Una: el cambio climático ha dejado récords de calor y miles de muertes, además de superincendios en Francia y España, en Portugal y en Grecia que han provocado en torno a 300.000 desplazados forzosos y sequías que han obligado a cerrar centrales nucleares y han generado episodios como el de Kaub. Dos: Europa está en tierra de nadie en las guerras que le afectan, muy dependiente del lanzallamas de Trump en Ucrania y en Oriente Próximo. Tres: la marea ultra amenaza en un curso político cargado de elecciones. Cuatro: Ceuta ha encendido todas las alarmas en la agenda migratoria tras una avalancha de 80.000 personas que ha sacudido a todo el continente. Cinco: Europa no consigue sacudirse el fantasma del estancamiento económico. Seis: el continente sigue en fuera de juego en la revolución tecnológica y en particular en la inteligencia artificial. Y siete: China se está comiendo a la industria europea.. Las siete crisis se retroalimentan. Las guerras elevan los precios de la energía, y el cambio climático también los encarece, por lo que es más difícil salir de la trampa del estancamiento económico e invertir lo suficiente en la IA. La marea ultra emponzoña el debate migratorio, y nubla las perspectivas económicas: sin migración se crece menos, como ha descubierto Italia mirando los números de España. Ese monstruo de siete cabezas no es un castigo divino: es fruto de errores de estrategia, de las circunstancias, de la inercia y de liderazgos que no terminan de cuajar. Europa lleva tiempo con el pie cambiado, con el orden internacional saltando por los aires y una política caníbal para la que viene mal equipada con sus sueños de globalización, poder blando y de supuesta superioridad de los valores asociados a la democracia liberal.. Al verano de las crisis le sucederá el otoño de los exámenes: una reválida de la máxima dificultad para Ursula von der Leyen. La jefa del Ejecutivo comunitario lleva malas cartas, por la profunda crisis alemana, por la cojera de un Emmanuel Macron que está de salida y porque la propia Von der Leyen está sucumbiendo a la tentación de dejar de lado las alianzas históricas (centroderecha, centroizquierda y liberales) y su partido (el PPE) está haciendo saltar por los aires el cordón sanitario a la extrema derecha y acumula un sinnúmero de errores no forzados. “Es un momento inquietante para Europa se mire por donde se mire”, ha escrito Richard Haas, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, uno de los think tanks más influyentes del mundo.. Guerras. Europa ha mostrado unidad en Ucrania, aun arrastrando los pies. El conflicto está en un impasse, con avances lentos de Rusia en el Este y con los ucranios defendiendo con solvencia sus posiciones en el resto del frente. La UE se ha quedado fuera de las mesas de negociación entre Kiev y Moscú patrocinadas por Trump, de las que no ha salido nada de nada. También en Irán la Unión tiene un papel menor, aunque las consecuencias de esa guerra se dejan sentir sobre la economía continental (y la global), en los riesgos de inflación y en el crecimiento. Pero Gaza es, de lejos, el mayor quebradero de cabeza. A pesar de los esfuerzos del Gobierno español, cuya posición ha ido ganando peso, Alemania capitanea un grupo de países (Austria, Italia y casi todo el Este) reacio no ya a llamar genocidio a lo sucedido, sino simplemente a criticar al Gobierno de Benjamín Netanyahu y a imponer sanciones a los colonos que se han saltado toda la legalidad internacional en Cisjordania. Von der Leyen criticó la semana pasada la expansión de los asentamientos, pero por sus obras los conoceréis: su Comisión Europea llegó a maniobrar hace unas semanas para plantear las sanciones como un asunto de política exterior (que requiere unanimidad) y no un asunto comercial, que podría resolverse por mayoría cualificada. “Lo que vemos en Bruselas es una presión creciente, pero son solo palabras, no acciones”, aseguró tras ese episodio Yossi Mekelberg, de Chatham House.. Más allá de las guerras, el objetivo último, apuntalar la defensa común a la vista de que Estados Unidos ya no es un aliado fiable, sigue lejos. La ruptura entre Francia y Alemania en el proyecto de fabricación de un caza europeo demuestra lo alejados que están los hechos de las declaraciones altisonantes.. El castillo de Pfalzgrafenstein, en medio del río Rin, en Kaub (Alemania), el pasado 13 de agosto.MATIAS BASUALDO (EFE). Cambio climático. La agenda verde fue en su día una de las prioridades de Von der Leyen, pero las derechas han perdido interés por ese asunto con la excusa de que no es el mejor momento para la industria europea y quizá hace falta un calendario más razonable. El verano ha sido demoledor para ese argumentario: Kaub es solo uno de los centenares de ejemplos de que esa venenosa crisis se intensifica. El continente ha registrado récords de calor, con varias olas que han provocado miles de muertes e incendios devastadores, con cientos de miles de desplazados. Y sequías que afectan a los grandes ríos y han obligado a cerrar centrales nucleares en Hungría y a cortes de suministro eléctrico en Rumania y Serbia. La guerra de Irán ha provocado un encarecimiento de la energía; el cambio climático agrava esa tendencia. “No es solo que las cosas vayan a empeorar, sino que van a empeorar más rápido; lo que viene es claramente peor que lo que hemos visto”, asegura David Lizoain, autor de Crimen Climático.. Marea populista. La extrema derecha participa ya, generalmente en coalición con el centroderecha, en más de media docena de Gobiernos: Italia, Países Bajos, República Checa, Hungría, Finlandia, Eslovaquia y Croacia. En Suecia sostienen desde fuera al Ejecutivo. En total, más de 120 millones de europeos viven en países gobernados por populistas de derechas. ¿Ese péndulo ha tocado techo? Lo sabremos pronto: varios länder del Este de Alemania votan en septiembre, con Alternativa para Alemania encaramándose al 40% en los sondeos. En los próximos meses habrá elecciones en Suecia y en Finlandia. Y sobre todo en cuatro países clave para medir la altura de la ola neofascista: Italia, Polonia, España y Francia (con Le Pen por encima del 35% en las encuestas). “El único aspecto cautelosamente positivo es que los ultras parecen haberse estabilizado en los sondeos desde finales de 2025: eso sugiere que se han instalado en una meseta”, resumen con cierto optimismo Javier Carbonell y Tabea Schaumann en un paper del European Policy Center. Esa meseta es digna del Tibet: va más allá del 25% del electorado.. Entrada masiva de migrantes en la frontera de Ceuta el 30 de julio. Joaquin Sanchez. Migración: Ceuta lo pone todo patas arriba. La marea ultra y el ciclo electoral que se avecina explican, en parte, la nerviosa reacción europea a la avalancha de más de 80.000 personas en Ceuta a finales de julio, que ha puesto la política migratoria europea en la diana. 22 países capitaneados por Meloni señalaron a España como culpable. La solidaridad ha brillado por su ausencia. España es la excepción migratoria en Europa, con una postura más abierta que la del resto del continente y una regularización que ha levantado ampollas entre los socios. “El enfoque estrictamente securitario de la política migratoria europea nos debilita”, ha dicho Josep Borrell, ex jefe de la diplomacia de la UE. “La protección de las fronteras exteriores es un elemento más de la autonomía estratégica europea, al mismo nivel que la energía, la tecnología o las materias primas críticas”, apunta la vicepresidenta de la Comisión, Teresa Ribera, uniendo los puntos de varias crisis en esa frase. Hein de Haas, sociólogo de la Universidad de Ámsterdam, cuenta que Ceuta “es solo el último episodio de una serie de crisis fronterizas que hemos visto en el Norte de África desde los noventa, y que seguiremos viendo. Las políticas migratorias que solo intervienen en las fronteras nunca podrán ofrecer soluciones duraderas”, apunta, describiendo a la perfección el modelo europeo: pagar a vecinos como Marruecos, Túnez o Libia para subcontratar el control de las fronteras, pero despreocuparse del desarrollo económico y las desigualdades en esas áreas. Y acabar echándole la culpa al país limítrofe cuando vienen mal dadas, como ha sucedido en Ceuta, en un episodio que los socialistas españoles e italianos han bautizado con acierto como “solidaridad selectiva”.. Lánguida economía. La economía europea lleva años prácticamente estancada; la excepción es España, que crece el triple que la media, en parte por la migración y por la apuesta por las renovables. El cierre de Ormuz supone un estrés adicional para los precios energéticos y la inflación, pero fuera de Europa preocupan cada vez más otros riesgos, como la situación fiscal estadounidense: si los mercados empiezan a subir el fuego de los intereses de la deuda de EE UU a largo plazo habrá episodios de fuerte volatilidad. Europa ha desandado pasos en la revolución verde, y va por detrás de EE UU y China en la revolución digital. El mercado único sigue siendo un queso lleno de agujeros. Y el PIB de los tres grandes países renquea: Italia lleva dos décadas estancada; Francia tiene un problema fiscal y político morrocotudo (siete primeros ministros en siete años), aunque sus fundamentos económicos son más robustos de lo que parece, y Alemaniaes tal vez el mayor problema, con una crisis estructural que dura ya un lustro y que va para largo.. “Todo parece ir mal en Europa, pero la verdad es que la economía va a ir tirando, mal que bien, a pesar de la enfermedad alemana. Sus pilares son más sólidos que los de Estados Unidos”, defiende Paul de Grauwe, de la Universidad de Lovaina. “Es difícil llamar democracia a EE UU en este momento. Vamos por detrás de ellos en inteligencia artificial, pero por delante en transición verde. Su PIB crece más, aunque con una desigualdad aberrante, con menor esperanza de vida, con un sistema sanitario deficiente, dejando atrás a grandes capas de población. Los europeos tendemos a fustigarnos, pero creo que a la larga vamos a estar mejor”, concluye.. Sin noticias de la inteligencia (artificial) europea. El retraso en la puesta en marcha de la inteligencia artificial en Europa está vinculado a los desequilibrios macroeconómicos: un déficit de inversión pública y privada que aparece en todos los análisis de la Comisión Europea, empezando por los informes Draghi y Letta. A la UE le falta músculo empresarial, pero sobre todo músculo inversor para subirse al carro de esa revolución. La receta de Bruselas ha sido desregular, pero eso difícilmente va a arreglar el motor gripado de la economía, y no generará por arte de magia las condiciones para que se desarrollen proyectos punteros. “Profundizar en el mercado único ayudaría más. Y crear un mercado de capitales, incluidos los eurobonos, para que el ahorro se quede en Europa”, explican fuentes financieras. El diagnóstico está claro, pero nadie es capaz de ponerle el cascabel al gato.. China. El déficit comercial de Europa con China asciende a unos 1.000 millones de euros al día, con algunas industrias (empezando por la automotriz, la joya de la corona de Alemania) sufriendo de lo lindo. “No podemos seguir así”, ha asegurado el canciller Friedrich Merz, cuyo Gobierno amenaza derribo. Alemania se ha ido acercando a Francia en la voluntad de poner sobre la mesa medidas proteccionistas para paliar la superioridad de la industria china, apoyada por su empuje tecnológico, pero también por un arsenal de ayudas y subvenciones y por un tipo de cambio artificialmente infravalorado. Bruselas negocia con Pekín para reducir el impacto de su sobrecapacidad industrial. Y en paralelo ha desarrollado medidas de salvaguarda para proteger sectores puntuales, para incentivar que las empresas diversifiquen sus cadenas de suministro y reduzcan sus dependencias de China, e incluso para compensar a los países y sectores más afectados si acaba llegando la guerra comercial. Y, aun así, esa amenaza parece poco creíble: ni siquiera Estados Unidos pudo aguantarle el pulso a China en una batalla arancelaria. “La UE vive una tensión entre las fuerzas proteccionistas y su alma liberal. Pero básicamente necesita un plan inversor ambicioso, y eso empieza por tener una IA europea que no dependa de EE UU ni de China”, subraya Miguel Otero, del Real Instituto Elcano. “Las medidas comerciales que prepara la Unión están bien diseñadas, pero solo servirán de algo si Bruselas tiene credibilidad en su amenaza”, añade Sander Tordoir, del Center for European Reform.. España lidera a un puñado de países que apuestan por atraer inversiones y reforzar los lazos con China ante la constatación de que Trump es cada vez menos fiable. Pero tampoco esa línea termina de prosperar: Europa está en tierra de nadie, petrificada por los errores estratégicos de Alemania en las dos últimas décadas, con su obsesión por los superávits comerciales apoyados en dejar la defensa en manos de EE UU, aprovecharse de la energía barata rusa y de las ventas de coches de lujo a los chinos. Ese mundo ha desaparecido por completo. Y Bruselas sigue en una especie de inercia camino de ninguna parte. Quizá, como dice el intelectual Ivan Krastev, cuando llegue una buena crisis “cosas que eran impensables de repente se convertirán en posibles, casi en evidentes”; tal vez, al borde del abismo, Europa espabile una vez más. O quizá para entonces ya sea tarde.
Con sus inevitables castillos medievales y a medio camino entre Frankfurt y Luxemburgo, Kaub es una pequeña localidad alemana a orillas del Rin. Ese gran río convierte a Kaub en uno de los nodos del comercio fluvial en Europa. En esa zona el Rin se hace más estrecho, menos profundo, y eso lo convierte en uno de los puntos neurálgicos del transporte por esa vía en Centroeuropa: es allí donde se mide la capacidad de carga de los buques. Ese río, como todos los grandes ríos de Europa, se ha quedado prácticamente seco en agosto. El tráfico marítimo se ha visto muy afectado; la siderurgia, el sector químico y otras industrias alemanas se han visto gravemente perjudicadas. Las empresas han tenido que fletar camiones, más caros por el lío geopolítico en otro nodo logístico: el estrecho de Ormuz. Cambio climático, estancamiento económico y geopolítica, en fin, se interconectan en Kaub. Y lo mismo ocurre con los choques que está encajando Europa en este verano de pesadilla: hasta siete crisis que se entrelazan como las cerezas de un cesto.. Seguir leyendo
