Los campistas dejaron la barbacoa a medias por miedo a ser ellos el churrasco. Los pinchos morunos, la chistorra y los chorizos descansan sobre la mesa junto a una botella de aceite retorcida por el calor. Solo dos tiendas de campaña se han librado del fuego en el camping del valle Iruelas (Ávila), donde dos toallas tendidas, semiquemadas, ilustran el milagro. Lo demás está arrasado. Huele a plástico quemado, los muchísimos bungalows se han prácticamente derretido, una moto es ahora un amasijo metálico, de la cama elástica solo queda el esqueleto. Así, parcela tras parcela tras el azote del fuego de Burgohondo, devastador por el sur abulense. Los bosques han ardido y con ellos el entorno de muchas casas y negocios como este para desesperación de familias como los Gómez, hosteleros en la zona, conscientes de que las llamas han abrasado su economía. Ya lo van intuyendo pese a que se mantienen ocupados: faltan manos contra el fuego con el que los Gómez se han reencontrado.Seguir leyendo
Los campistas dejaron la barbacoa a medias por miedo a ser ellos el churrasco. Los pinchos morunos, la chistorra y los chorizos descansan sobre la mesa junto a una botella de aceite retorcida por el calor. Solo dos tiendas de campaña se han librado del fuego en el camping del valle Iruelas (Ávila), donde dos toallas tendidas, semiquemadas, ilustran el milagro. Lo demás está arrasado. Huele a plástico quemado, los muchísimos bungalows se han prácticamente derretido, una moto es ahora un amasijo metálico, de la cama elástica solo queda el esqueleto. Así, parcela tras parcela tras el azote del fuego de Burgohondo, devastador por el sur abulense. Los bosques han ardido y con ellos el entorno de muchas casas y negocios como este para desesperación de familias como los Gómez, hosteleros en la zona, conscientes de que las llamas han abrasado su economía. Ya lo van intuyendo pese a que se mantienen ocupados: faltan manos contra el fuego con el que los Gómez se han reencontrado.Los tatuajes de Karen Gómez, de 28 años, señalan el camino. “Resiliencia”. “Coraje y corazón”. La fina tinta negra tiñe su piel como lo hace la ceniza en los bosques donde se criaron y disfrutaron tantas como ella. Ahora los árboles son tótems humeantes. “La culpa es del descontrol de siempre”, reniega el sábado por la mañana, 72 horas después de las primeras chispas, donde afirma que no había medios. Luego, pese al útil embalse cercano, faltaron los cruciales helicópteros. El infierno estalló el jueves. Desalojos, miedo, huidas. Erick, de 30, explica con los ojos rojos de no dormir y faenar entre el humo que un grupo de vecinos y visitantes de Rinconada, una aldea entre la arboleda y el pantano, se quedaron atrapados. Le tocó meter a seis en una barca, entre ellos dos guardias civiles que fueron a analizar la situación, y sacarlos por el agua, donde los caballos se sumergían para alejarse del frente. No le importó que hace un tiempo perdiera un dedo y parte de los músculos del brazo en un accidente en esa misma barca. “Es surrealista que alguien de Madrid que no ha pisado el campo haga leyes rurales”, censura, agradecido a las brigadas forestales donde actuó varios años y crítico con la Unidad Militar de Emergencias, a la que acusa de inacción. El patriarca, Jesús, de 56, toma café con evidentes cortes en los brazos de la pelea nocturna. “La Guardia Civil nos quería detener por cortar unos árboles para que no llegara el fuego al restaurante”, afea, delante de ese negocio donde trabaja, ahora vacío. “¡Póngame los grilletes!”, respondió. No hizo falta.Los tres enseñan vídeos del otro hermano, Nick, de 23, toda la noche apagando incendios con cuadrillas voluntarias cerca de Val de San Martín, otro punto crítico. Ninguno de los cuatro ha dormido y aun así se activan rumbo a las viviendas de Rinconada, muchas chamuscadas, una de ellas directamente hundida por el fuego, con los cristales destrozados. Muerta. Los c
Una familia de la zona abulense afectada por el incendio se multiplica para lidiar con las llamas
