Cuando todavía no hemos terminado el mes de julio, en España ya han ardido 170.000 hectáreas. Incendios «inextinguibles», bomberos forestales desbordados, miles de personas evacuadas, gente que lo ha perdido todo… y, como decimos, todavía no hemos pasado el ecuador del verano. Ahora, cuando todos lamentan la cantidad de iniciativas que podrían haberse llevado a cabo para menguar la magnitud de la tragedia, es importante escuchar a los expertos y poner en práctica de una vez medidas que puedan protegernos durante los próximos años. Porque en materia forestal todo va lento, menos las llamas, que avanzan a la velocidad de la luz. Lo explica Ana Belén Noriega, presidenta decana del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales. «Las consecuencias de lo que hagamos ahora las veremos dentro de 20 años, por eso hay que empezar cuanto antes».
La ingeniera forestal insiste en la importancia de hacer pedagogía para que la sociedad entienda que lo importante no es sólo la prevención, sino realizar una gestión forestal sostenible y activa, que pasa por asimilar ciertos conceptos. «El 56% de España es terreno forestal, por eso es vital realizar una gestión activa e ir planificando: ver qué especies son más resilientes y cuáles se adaptan mejor al cambio climático, que ha llegado mucho más rápido de lo que pensábamos y de forma mucho más violenta. Y lo ha hecho especialmente en Europa, que se está calentando a mayor velocidad».
Es la ciencia forestal, según explica Noriega, la que nos «va diciendo» hacia dónde debemos llevar esos ecosistemas. Y para eso no sirven los ciclos cortoplacistas que conllevan los cambios de gobierno cada cuatro años sino una estrategia común. «Es importante bajar la cantidad de combustible para que los efectivos que luchan contra el fuego puedan hacerles frente y no se jueguen tanto la vida». Y es que si algo asustó de este último fuego que afectó a Toledo, Madrid y Ávila (calificado como el mayor de la historia de España y que obligó a declarar la emergencia nacional) fue esa expresión de «incendio fuera de capacidad de extinción». Noriega explica su significado: «Quiere decir que con los medios técnicos y humanos disponibles no hay capacidad para abordarlos. Son de tal dimensión que hagas lo que hagas no vas a ser capaz de pararlos». La dinámica que genera el fuego, con una climatología propia, que provoca vientos que lo hacen aún más violento, convierten el incendio en un problema enorme cuando, como en esta ocasión, afecta a zonas con alta densidad de población. Era el caso, por ejemplo, de los pueblos del Valle del Tiétar y alrededores, más llenos de lo habitual por la cantidad de gente que ya estaba por allí de veraneo.
«Hay muchas poblaciones dispersas por el monte pero hay que saber que esto es un problema. Nos encanta la naturaleza, pero las condiciones que nos impone el cambio climático (vamos por la cuarta ola de calor) obliga a que la población tenga que estar mucho más alerta». Este es uno de los puntos críticos, según la experta, ya que sostiene que «no tenemos cultura del riesgo».
«En los pueblos dicen “nos han dejado solos” pero cuando un incendio es tan virulento, tan rápido y agresivo, se hacen triajes como en los hospitales cuando tienen que decidir qué vidas salvar. Esto es igual: en muy poco tiempo hay que decidir qué puede salvarse y dónde puede pararse». En este sentido recalca la complicación que supone añadir a un incendio con un combustible enorme la gestión de la protección civil precisamente por esos núcleos que viven tan dentro del monte. «Nos encanta vivir con el pino al lado de casa, pero debemos saber qué riesgos entraña esto y a qué te expones: al final convierte un incendio forestal en un problema de protección civil». Por eso cree que todavía falta que la sociedad asimile muchos conceptos y de ahí la importancia de hacer pedagogía: «Tenemos una conciencia urbana: creemos que alguien va a venir a salvarme y eso ya no es posible».
Otro factor que complica el asunto es que el 72% del monte en España es de propiedad privada y, aunque hay leyes que obligan a mantenerlo, todavía no ha calado el concepto de que se trata de una «infraestructura verde» donde hay que invertir recursos. «Son infraestructuras que hay que cuidar y necesitan inversión». Se llama selvicultura: la ciencia de cuidar y gestionar los montes y bosques. Para ello es imprescindible, según la ingeniera forestal, no solo prevención, sino una gestión forestal sostenible y activa, que se sostiene sobre tres principales pilares: social, ambiental y económico. El primero consiste en que la gente que viva en zonas rurales no lo haga «de espaldas al campo».
«La gente tiene que entender que es importante mecanizar trabajos que se van a acometer en el campo y que hacer un aprovechamiento forestal es mantenerlo vivo». Esto pasa por asimilar que, a veces, si los profesionales del monte queman una zona de forma controlada o hacen caminos de acceso para bajar camiones con leña, es importante que se haga precisamente para la conservación y protección del propio monte aunque quede menos «estético».
También serían interesantes campañas de concienciación social para que, igual que en otras cuestiones, la gente se implique y avise si ve a alguien haciendo algo en el monte. «Es peligroso para todos, es importante que esto cale en la gente», insiste, además de concienciar en que quienes viven en ciertas zonas deben conocer los planes de protección y evacuación de las mismas.
El aspecto ambiental pasa por conocer cómo cuidar el monte en su biodiversidad, infiltración, agua, fijación de suelos, plagas, enfermedades… «Necesitamos bosques más resilientes que sean capaces de adaptarse al cambio climático», dice la experta que, como todos sus colegas, insiste en la cantidad de biomasa que acumulan los montes. «Y el problema no es que se queme sino cómo lo hace». La velocidad actual los convierte rápidamente en «inextinguibles». Y pone un símil fácil de entender: «Es como si cuando hiciéramos fuego para una barbacoa en lugar de ir echando poco a poco y controlando la temperatura, metiéramos toda la leñera de golpe»
Sobre la parte económica Noriega admite que hay ayudas para la gestión pero hay un desequilibrio. Hay servicios ecosistémicos, pero «no estamos ayudando a que eso se mantenga y en la infraestructura verde hay que invertir igual que lo hacemos en una carretera».
Cuando todavía no hemos terminado el mes de julio, en España ya han ardido 170.000 hectáreas. Incendios «inextinguibles», bomberos forestales desbordados, miles de personas evacuadas, gente que lo ha perdido todo… y, como decimos, todavía no hemos pasado el ecuador del verano. Ahora, cuando todos lamentan la cantidad de iniciativas que podrían haberse llevado a cabo para menguar la magnitud de la tragedia, es importante escuchar a los expertos y poner en práctica de una vez medidas que puedan protegernos durante los próximos años. Porque en materia forestal todo va lento, menos las llamas, que avanzan a la velocidad de la luz. Lo explica Ana Belén Noriega, presidenta decana del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales. «Las consecuencias de lo que hagamos ahora las veremos dentro de 20 años, por eso hay que empezar cuanto antes». La ingeniera forestal insiste en la importancia de hacer pedagogía para que la sociedad entienda que lo importante no es sólo la prevención, sino realizar una gestión forestal sostenible y activa, que pasa por asimilar ciertos conceptos. «El 56% de España es terreno forestal, por eso es vital realizar una gestión activa e ir planificando: ver qué especies son más resilientes y cuáles se adaptan mejor al cambio climático, que ha llegado mucho más rápido de lo que pensábamos y de forma mucho más violenta. Y lo ha hecho especialmente en Europa, que se está calentando a mayor velocidad». Es la ciencia forestal, según explica Noriega, la que nos «va diciendo» hacia dónde debemos llevar esos ecosistemas. Y para eso no sirven los ciclos cortoplacistas que conllevan los cambios de gobierno cada cuatro años sino una estrategia común. «Es importante bajar la cantidad de combustible para que los efectivos que luchan contra el fuego puedan hacerles frente y no se jueguen tanto la vida». Y es que si algo asustó de este último fuego que afectó a Toledo, Madrid y Ávila (calificado como el mayor de la historia de España y que obligó a declarar la emergencia nacional) fue esa expresión de «incendio fuera de capacidad de extinción». Noriega explica su significado: «Quiere decir que con los medios técnicos y humanos disponibles no hay capacidad para abordarlos. Son de tal dimensión que hagas lo que hagas no vas a ser capaz de pararlos». La dinámica que genera el fuego, con una climatología propia, que provoca vientos que lo hacen aún más violento, convierten el incendio en un problema enorme cuando, como en esta ocasión, afecta a zonas con alta densidad de población. Era el caso, por ejemplo, de los pueblos del Valle del Tiétar y alrededores, más llenos de lo habitual por la cantidad de gente que ya estaba por allí de veraneo. «Hay muchas poblaciones dispersas por el monte pero hay que saber que esto es un problema. Nos encanta la naturaleza, pero las condiciones que nos impone el cambio climático (vamos por la cuarta ola de calor) obliga a que la población te
La decana del Colegio de Ingenieros Forestales habla de la importancia de la gestión forestal y la implicación social
Cuando todavía no hemos terminado el mes de julio, en España ya han ardido 170.000 hectáreas. Incendios «inextinguibles», bomberos forestales desbordados, miles de personas evacuadas, gente que lo ha perdido todo… y, como decimos, todavía no hemos pasado el ecuador del verano. Ahora, cuando todos lamentan la cantidad de iniciativas que podrían haberse llevado a cabo para menguar la magnitud de la tragedia, es importante escuchar a los expertos y poner en práctica de una vez medidas que puedan protegernos durante los próximos años. Porque en materia forestal todo va lento, menos las llamas, que avanzan a la velocidad de la luz. Lo explica Ana Belén Noriega, presidenta decana del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales. «Las consecuencias de lo que hagamos ahora las veremos dentro de 20 años, por eso hay que empezar cuanto antes». La ingeniera forestal insiste en la importancia de hacer pedagogía para que la sociedad entienda que lo importante no es sólo la prevención, sino realizar una gestión forestal sostenible y activa, que pasa por asimilar ciertos conceptos. «El 56% de España es terreno forestal, por eso es vital realizar una gestión activa e ir planificando: ver qué especies son más resilientes y cuáles se adaptan mejor al cambio climático, que ha llegado mucho más rápido de lo que pensábamos y de forma mucho más violenta. Y lo ha hecho especialmente en Europa, que se está calentando a mayor velocidad». Es la ciencia forestal, según explica Noriega, la que nos «va diciendo» hacia dónde debemos llevar esos ecosistemas. Y para eso no sirven los ciclos cortoplacistas que conllevan los cambios de gobierno cada cuatro años sino una estrategia común. «Es importante bajar la cantidad de combustible para que los efectivos que luchan contra el fuego puedan hacerles frente y no se jueguen tanto la vida». Y es que si algo asustó de este último fuego que afectó a Toledo, Madrid y Ávila (calificado como el mayor de la historia de España y que obligó a declarar la emergencia nacional) fue esa expresión de «incendio fuera de capacidad de extinción». Noriega explica su significado: «Quiere decir que con los medios técnicos y humanos disponibles no hay capacidad para abordarlos. Son de tal dimensión que hagas lo que hagas no vas a ser capaz de pararlos». La dinámica que genera el fuego, con una climatología propia, que provoca vientos que lo hacen aún más violento, convierten el incendio en un problema enorme cuando, como en esta ocasión, afecta a zonas con alta densidad de población. Era el caso, por ejemplo, de los pueblos del Valle del Tiétar y alrededores, más llenos de lo habitual por la cantidad de gente que ya estaba por allí de veraneo. «Hay muchas poblaciones dispersas por el monte pero hay que saber que esto es un problema. Nos encanta la naturaleza, pero las condiciones que nos impone el cambio climático (vamos por la cuarta ola de calor) obliga a que la población te
