Los terremotos no solo derrumban edificios, también certezas. Uno cree que sabe qué pasará al día siguiente, cuál será el cuento que le regalará a su hijo en su próximo cumpleaños o cómo celebrará su aniversario de boda, cuando, de pronto, la tierra tiembla y el futuro, antes tranquilizadoramente previsible, se vuelve pura incógnita. Se rompen sueños, ilusiones y también familias que se parten en las fronteras de los escombros. Algunos de sus miembros, sobre ellos, escarban con sus manos, buscan los cuerpos de sus seres queridos y mantienen una esperanza casi imposible de apuntalar según pasan las horas y los días; otros, bajo ellos, intentan seguir vivos a toda costa, pese a la falta de luz y de aire, para poder reunirse con quienes tratan de liberarlos. Algunos, finalmente, se ven recompensados y acaban fundiéndose en un intenso abrazo que recuerda mucho a la felicidad. Albert Camus escribió que en medio del invierno aprendió que había en él un verano invencible…; muchos venezolanos acaban de constatar que en medio de su miedo se encuentra el valor para lograr lo imposible. Rescatistas, voluntarios, vecinos, amigos…, todos se unen en ese trabajo desesperado y tantas veces infructuoso de hallar a los suyos con vida o al menos de recuperar sus cadáveres para poder llorarlos. Cada vida salvada, cada cuerpo devuelto por la tierra inclemente justifica todos los esfuerzos. También la valentía de arriesgar la propia vida para plantarle cara a la catástrofe y poder arrebatarle algunas de sus víctimas. Cada tragedia nos enfrenta a dos verdades aterradoras: la fragilidad de la existencia y nuestra finitud. Vivimos haciendo planes para un mañana que desconocemos si llegará y olvidamos que lo único real e innegable, el único tiempo en el que podemos abrazar a quienes amamos o decirles «te quiero», es ese presente fugaz, que en cuanto se escapa puede transformarlo todo. Venezuela ya no es la que era. Probablemente nunca lo será, aunque llegue a reconstruirse. En su historia quedará una cicatriz que dolerá cada vez que cambie el viento y los supervivientes de tanto horror relaten a sus hijos, nietos o bisnietos cómo mutó su mundo tras los temblores, cómo se desvaneció su universo en pocos minutos y cómo ellos se confinaron en la tristeza de aceptar rendirse…, antes de volver a empezar.
«Cada tragedia nos enfrenta a dos verdades aterradoras: la fragilidad de la existencia y nuestra finitud»
Los terremotos no solo derrumban edificios, también certezas. Uno cree que sabe qué pasará al día siguiente, cuál será el cuento que le regalará a su hijo en su próximo cumpleaños o cómo celebrará su aniversario de boda, cuando, de pronto, la tierra tiembla y el futuro, antes tranquilizadoramente previsible, se vuelve pura incógnita. Se rompen sueños, ilusiones y también familias que se parten en las fronteras de los escombros. Algunos de sus miembros, sobre ellos, escarban con sus manos, buscan los cuerpos de sus seres queridos y mantienen una esperanza casi imposible de apuntalar según pasan las horas y los días; otros, bajo ellos, intentan seguir vivos a toda costa, pese a la falta de luz y de aire, para poder reunirse con quienes tratan de liberarlos. Algunos, finalmente, se ven recompensados y acaban fundiéndose en un intenso abrazo que recuerda mucho a la felicidad. Albert Camus escribió que en medio del invierno aprendió que había en él un verano invencible…; muchos venezolanos acaban de constatar que en medio de su miedo se encuentra el valor para lograr lo imposible. Rescatistas, voluntarios, vecinos, amigos…, todos se unen en ese trabajo desesperado y tantas veces infructuoso de hallar a los suyos con vida o al menos de recuperar sus cadáveres para poder llorarlos. Cada vida salvada, cada cuerpo devuelto por la tierra inclemente justifica todos los esfuerzos. También la valentía de arriesgar la propia vida para plantarle cara a la catástrofe y poder arrebatarle algunas de sus víctimas. Cada tragedia nos enfrenta a dos verdades aterradoras: la fragilidad de la existencia y nuestra finitud. Vivimos haciendo planes para un mañana que desconocemos si llegará y olvidamos que lo único real e innegable, el único tiempo en el que podemos abrazar a quienes amamos o decirles «te quiero», es ese presente fugaz, que en cuanto se escapa puede transformarlo todo. Venezuela ya no es la que era. Probablemente nunca lo será, aunque llegue a reconstruirse. En su historia quedará una cicatriz que dolerá cada vez que cambie el viento y los supervivientes de tanto horror relaten a sus hijos, nietos o bisnietos cómo mutó su mundo tras los temblores, cómo se desvaneció su universo en pocos minutos y cómo ellos se confinaron en la tristeza de aceptar rendirse…, antes de volver a empezar.
