Las últimas encuestas sobre intención de voto en Cataluña confirman lo que política y socialmente era del todo previsible: la crisis existencial de Junts y el punto final del Sr Puigdemont. En realidad, la crisis de Junts es la enésima crisis de la vieja Convergencia, que lleva años intentando definir la personalidad de su espacio político mediante la generación de crisis consecutivas, acudiendo a la técnica del cisma y la escisión. A mayor radicalidad, mayor autenticidad: esa es la estrategia. A más identidad, menor espacio político: esa es la consecuencia. Cada vez más extremos, cada vez más pequeños. Para salir de su primera crisis de liderazgo (crisis de definición, porque CIU se creó para gobernar Cataluña) el nacionalismo burgués generó una dicotomía en su seno, y entre sociedad y nación, entre comunidad e identidad nacional, sacrificó aquella para sublimar esta. Pero una sociedad partida en dos no puede ser gobernada radicalizando una de esas dos mitades: puede ser agitada, pero no gobernada. Si todo nacionalismo es una hipérbole, una inflamación defensiva (toda inflamación lo es), cuando sus líderes optan por abandonar el proyecto de sociedad con el que comenzaron su andadura (relativamente liberal, relativamente cristiano, relativamente integrador -y donde decimos «relativamente» queremos decir «aparentemente»-) por un proyecto solamente de construcción nacional (identitario, irracional, de máximos), entonces están convirtiendo la inflamación en gangrena y llevando al partido a una nueva crisis, a otro cisma que a su vez conducirá al siguiente. La siguiente dicotomía no consistió ya en escoger entre la sociedad que es o la nación que no es, sino, inevitablemente, en si la identidad del partido era suficientemente identitaria para lograr su programa de máximos, es decir, si era lo suficientemente excluyente como para alumbrar la independencia. El resultado fue Junts. La próxima crisis del nacionalismo burgués, su encrucijada inmediata, consistirá en que, habiendo renunciado ya a la sociedad y habiéndose refugiado en la identidad excluyente, esa decisión va a exigirle, por su propia dinámica política, pasar de un identitarismo primario a un racismo sin matices. El problema de Junts es que esa posición, que es la de Orriols, hija fría y feroz del nacionalismo sin atributos pero mucho más coherente -ontológica y terriblemente coherente-, le destruye. El identarismo de Orriols es no solo bárbaramente racial, sino también estrechamente comarcal, y más desclasado que burgués. No son ya gentes de las tradicionales clases medias las que lo sustentan sino sectores arrinconados por los cambios sociales operados en los últimos años: una musulmanización intencionada (promovida por CIU para erradicar la lengua española) de la inmigración, una pérdida de seguridad en todos los órdenes, una merma de poder adquisitivo, un desarraigo en fin de catalanes que han dejado de creer en el sistema y b
Al radicalizarse, el nacionalismo burgués no solo pierde lo que deja atrás sino también lo que pretende conservar: lo que quiere ser le conduce a dejar de ser lo que es
Las últimas encuestas sobre intención de voto en Cataluña confirman lo que política y socialmente era del todo previsible: la crisis existencial de Junts y el punto final del Sr Puigdemont.En realidad, la crisis de Junts es la enésima crisis de la vieja Convergencia, que lleva años intentando definir la personalidad de su espacio político mediante la generación de crisis consecutivas, acudiendo a la técnica del cisma y la escisión. A mayor radicalidad, mayor autenticidad: esa es la estrategia. A más identidad, menor espacio político: esa es la consecuencia. Cada vez más extremos, cada vez más pequeños.Para salir de su primera crisis de liderazgo (crisis de definición, porque CIU se creó para gobernar Cataluña) el nacionalismo burgués generó una dicotomía en su seno, y entre sociedad y nación, entre comunidad e identidad nacional, sacrificó aquella para sublimar esta. Pero una sociedad partida en dos no puede ser gobernada radicalizando una de esas dos mitades: puede ser agitada, pero no gobernada. Si todo nacionalismo es una hipérbole, una inflamación defensiva (toda inflamación lo es), cuando sus líderes optan por abandonar el proyecto de sociedad con el que comenzaron su andadura (relativamente liberal, relativamente cristiano, relativamente integrador -y donde decimos «relativamente» queremos decir «aparentemente»-) por un proyecto solamente de construcción nacional (identitario, irracional, de máximos), entonces están convirtiendo la inflamación en gangrena y llevando al partido a una nueva crisis, a otro cisma que a su vez conducirá al siguiente. La siguiente dicotomía no consistió ya en escoger entre la sociedad que es o la nación que no es, sino, inevitablemente, en si la identidad del partido era suficientemente identitaria para lograr su programa de máximos, es decir, si era lo suficientemente excluyente como para alumbrar la independencia. El resultado fue Junts.La próxima crisis del nacionalismo burgués, su encrucijada inmediata, consistirá en que, habiendo renunciado ya a la sociedad y habiéndose refugiado en la identidad excluyente, esa decisión va a exigirle, por su propia dinámica política, pasar de un identitarismo primario a un racismo sin matices. El problema de Junts es que esa posición, que es la de Orriols, hija fría y feroz del nacionalismo sin atributos pero mucho más coherente -ontológica y terriblemente coherente-, le destruye. El identarismo de Orriols es no solo bárbaramente racial, sino también estrechamente comarcal, y más desclasado que burgués. No son ya gentes de las tradicionales clases medias las que lo sustentan sino sectores arrinconados por los cambios sociales operados en los últimos años: una musulmanización intencionada (promovida por CIU para erradicar la lengua española) de la inmigración, una pérdida de seguridad en todos los órdenes, una merma de poder adquisitivo, un desarraigo en fin de catalanes que han dejado de creer en el sistema y busc
