Libertad cándida es la de Cándido. El desventurado personaje de Voltaire despliega sin duda candidez, pues es ingenuo, crédulo, inocente, sencillo y simple. Persiste en asentir ante el preceptor Pangloss, que ya en el primer capítulo de la novela asegura que estamos «en el mejor de los mundos posibles», porque no hay efecto sin causa y «no pueden ser las cosas de otro modo», con lo que «nada puede estar mejor», y «de los males individuales se compone el bien general». Al final del texto hay una advertencia contra la candidez, a cargo de Flaubert, que elogia el libro como un resumen de las obras de Voltaire, pero aclara que le disgustan los voltairianos, «gente que se ríe de las cosas importantes» mientras que Voltaire no ríe sino que «chilla». En esos chillidos detectamos ideas profundamente liberales. Cándido o el optimismo no es una crítica a todo optimismo sino al ciego que desconoce la dura realidad del mundo, los defectos e hipocresía de sus instituciones, y las limitaciones de la razón humana. Tampoco es una crítica a la religión sino una sátira contra el optimismo metafísico de Leibniz, que no es citado en el libro, pero cuyas ideas son caricaturizadas. Satirizar no es condenar. Voltaire no anhela un mundo sin instituciones ni religiones, sino sin extremismos ni dogmatismos. Por eso ridiculiza a un rígido Pangloss, que proclama: «soy filósofo, y un filósofo no se ha de desdecir». La realidad lo golpea tanto que al final subraya el autor: «como una vez había sustentado que todo estaba perfecto, seguía sustentándolo sin creerlo». Todo esto apunta a la libertad –«dádiva de Dios»–, que debe respetarse en uno mismo y en los demás, con moderación. Por eso dice Pocucurante: «mucho me contentaría la libertad que inspira a los ingenios ingleses, si no estragaran la pasión y el espíritu de partido cuantas dotes apreciables aquélla tiene». Voltaire rechaza tanto los abusos de la autoridad y la violencia como la arrogancia de quienes pretenden cambiar el mundo de arriba abajo. La libertad ya no es cándida al final, cuando Cándido repite en las últimas páginas dos veces lo de «tenemos que cultivar nuestra huerta», porque no hay aquí paraísos, salvo el inaccesible Eldorado, y conviene un enfoque modesto y práctico de una convivencia respetuosa –se parece a la utopía liberal de Nozick.
Voltaire rechaza tanto los abusos de la autoridad y la violencia como la arrogancia de quienes pretenden cambiar el mundo de arriba abajo
Libertad cándida es la de Cándido. El desventurado personaje de Voltaire despliega sin duda candidez, pues es ingenuo, crédulo, inocente, sencillo y simple. Persiste en asentir ante el preceptor Pangloss, que ya en el primer capítulo de la novela asegura que estamos «en el mejor de los mundos posibles», porque no hay efecto sin causa y «no pueden ser las cosas de otro modo», con lo que «nada puede estar mejor», y «de los males individuales se compone el bien general».Al final del texto hay una advertencia contra la candidez, a cargo de Flaubert, que elogia el libro como un resumen de las obras de Voltaire, pero aclara que le disgustan los voltairianos, «gente que se ríe de las cosas importantes» mientras que Voltaire no ríe sino que «chilla». En esos chillidos detectamos ideas profundamente liberales.Cándido o el optimismo no es una crítica a todo optimismo sino al ciego que desconoce la dura realidad del mundo, los defectos e hipocresía de sus instituciones, y las limitaciones de la razón humana. Tampoco es una crítica a la religión sino una sátira contra el optimismo metafísico de Leibniz, que no es citado en el libro, pero cuyas ideas son caricaturizadas.Satirizar no es condenar. Voltaire no anhela un mundo sin instituciones ni religiones, sino sin extremismos ni dogmatismos. Por eso ridiculiza a un rígido Pangloss, que proclama: «soy filósofo, y un filósofo no se ha de desdecir». La realidad lo golpea tanto que al final subraya el autor: «como una vez había sustentado que todo estaba perfecto, seguía sustentándolo sin creerlo».Todo esto apunta a la libertad –«dádiva de Dios»–, que debe respetarse en uno mismo y en los demás, con moderación. Por eso dice Pocucurante: «mucho me contentaría la libertad que inspira a los ingenios ingleses, si no estragaran la pasión y el espíritu de partido cuantas dotes apreciables aquélla tiene».Voltaire rechaza tanto los abusos de la autoridad y la violencia como la arrogancia de quienes pretenden cambiar el mundo de arriba abajo. La libertad ya no es cándida al final, cuando Cándido repite en las últimas páginas dos veces lo de «tenemos que cultivar nuestra huerta», porque no hay aquí paraísos, salvo el inaccesible Eldorado, y conviene un enfoque modesto y práctico de una convivencia respetuosa –se parece a la utopía liberal de Nozick.
