Cuando compramos una casa revisamos absolutamente todo, el precio, la zona, si hay humedades, el ruido del área, etc. Sin embargo, a nadie se le ocurre investigar si allí vivió un asesino en serie, ¿compraría la vivienda si así fuera? A quienes se han interesado por la vivienda situada en el 1492 de Garden Street, en East Meadow, a pocos kilómetros de Nueva York, no parece importarles. La casa, de 156 metros cuadrados, tiene cuatro dormitorios, dos baños, sótano, garaje independiente y piscina. Salió al mercado el pasado mes de abril por 825.000 dólares, y tras rebajarse hasta los 780.000, parece que ya tiene comprador.
La operación todavía no se ha cerrado oficialmente ni se conoce la identidad del futuro propietario. Quizá prefiera que nadie sepa que acaba de adquirir la vivienda donde Joel Rifkin mató y descuartizó a algunas de sus víctimas a finales de los años 80, cuando Nueva York no tenía nada que ver con la ciudad que es ahora. En aquel entonces, la famosa Times Square era un hervidero de pornografía, drogas y prostitución. La violencia se había disparado y muchas mujeres que vivían de vender su cuerpo desaparecían sin que nadie denunciara su ausencia. La Policía no daba abasto. En medio de aquel caos, Rifkin consiguió cometer sus crímenes durante años sin levantar sospechas.
La mañana del 5 de marzo de 1989, dos hombres están jugando al golf en Nueva Jersey cuando una pelota termina entre la maleza. Al ir a buscarla, encuentran la cabeza decapitada de una mujer. Días después aparecerán, a pocos kilómetros, otras partes de su cuerpo. Tendrán que pasar 24 años hasta poner nombre a sus restos. La víctima se llamaba Heidi Balch y tenía 25 años. Aquella joven era solo la primera pieza de un rompecabezas mucho mayor.
Durante cuatro años aparecen más cadáveres en carreteras, bosques, ríos y vertederos. Algunos están enteros, otros desmembrados. Los agentes consiguen conectar algunos casos y determinan que la misma persona podría estar detrás de aquellos crímenes. Sin embargo, todavía ignoran la dimensión real de esta matanza. Durante años no encuentran ninguna pista que les lleve a dar con el autor, hasta que un detalle aparentemente insignificante lo cambia toda la madrugada del 28 de junio de 1993.
Ese día, a las 3:15 am, dos agentes de tráfico ven cómo una camioneta Mazda de color blanco circula a gran velocidad y sin matrícula trasera. Le dan el alto, pero el conductor, lejos de detenerse, acelera y trata de huir hasta que termina estrellándose contra un poste. Al ayudarlo a salir, perciben un olor insoportable que procede de la parte trasera del vehículo. Al levantar una lona azul, encuentran el cadáver de una mujer en avanzado estado de descomposición. El conductor, Joel Rifkin, acabará revelando que la víctima lleva varios días muerta.
La policía detiene a aquel jardinero de 34 años que confiesa haber asesinado al menos a 17 mujeres en total. Su declaración conduce a los investigadores hasta nuevos cadáveres que les permiten descubrir que la vivienda donde Rifkin vivía con su madre y su hermana era la casa de los horrores. Durante la inspección, encuentran zapatos de las víctimas, joyas, documentos, y varios recuerdos que el detenido ha conservado a modo de trofeo.
Además, hallan sus herramientas de trabajo, incluida una carretilla, que están llenas de restos de sangre. Es entre estas paredes donde pronto vivirá un nuevo inquilino. Mientras tanto, Rifkin pasará el resto de su vida en una prisión de máxima seguridad llamada Clinton Correctional Facility, cumpliendo una condena de 203 años de prisión por nueve asesinatos. A pesar de que confesó otros ocho, los restos de las víctimas nunca han podido encontrarse y por tanto ha sido imposible inculparle por todos los crímenes.
Cuando compramos una casa revisamos absolutamente todo, el precio, la zona, si hay humedades, el ruido del área, etc. Sin embargo, a nadie se le ocurre investigar si allí vivió un asesino en serie, ¿compraría la vivienda si así fuera? A quienes se han interesado por la vivienda situada en el 1492 de Garden Street, en East Meadow, a pocos kilómetros de Nueva York, no parece importarles. La casa, de 156 metros cuadrados, tiene cuatro dormitorios, dos baños, sótano, garaje independiente y piscina. Salió al mercado el pasado mes de abril por 825.000 dólares, y tras rebajarse hasta los 780.000, parece que ya tiene comprador. La operación todavía no se ha cerrado oficialmente ni se conoce la identidad del futuro propietario. Quizá prefiera que nadie sepa que acaba de adquirir la vivienda donde Joel Rifkin mató y descuartizó a algunas de sus víctimas a finales de los años 80, cuando Nueva York no tenía nada que ver con la ciudad que es ahora. En aquel entonces, la famosa Times Square era un hervidero de pornografía, drogas y prostitución. La violencia se había disparado y muchas mujeres que vivían de vender su cuerpo desaparecían sin que nadie denunciara su ausencia. La Policía no daba abasto. En medio de aquel caos, Rifkin consiguió cometer sus crímenes durante años sin levantar sospechas. La mañana del 5 de marzo de 1989, dos hombres están jugando al golf en Nueva Jersey cuando una pelota termina entre la maleza. Al ir a buscarla, encuentran la cabeza decapitada de una mujer. Días después aparecerán, a pocos kilómetros, otras partes de su cuerpo. Tendrán que pasar 24 años hasta poner nombre a sus restos. La víctima se llamaba Heidi Balch y tenía 25 años. Aquella joven era solo la primera pieza de un rompecabezas mucho mayor. Durante cuatro años aparecen más cadáveres en carreteras, bosques, ríos y vertederos. Algunos están enteros, otros desmembrados. Los agentes consiguen conectar algunos casos y determinan que la misma persona podría estar detrás de aquellos crímenes. Sin embargo, todavía ignoran la dimensión real de esta matanza. Durante años no encuentran ninguna pista que les lleve a dar con el autor, hasta que un detalle aparentemente insignificante lo cambia toda la madrugada del 28 de junio de 1993. Ese día, a las 3:15 am, dos agentes de tráfico ven cómo una camioneta Mazda de color blanco circula a gran velocidad y sin matrícula trasera. Le dan el alto, pero el conductor, lejos de detenerse, acelera y trata de huir hasta que termina estrellándose contra un poste. Al ayudarlo a salir, perciben un olor insoportable que procede de la parte trasera del vehículo. Al levantar una lona azul, encuentran el cadáver de una mujer en avanzado estado de descomposición. El conductor, Joel Rifkin, acabará revelando que la víctima lleva varios días muerta. La policía detiene a aquel jardinero de 34 años que confiesa haber asesinado al menos a 17 mujeres en total. Su declaración conduce a lo
Joel Rifkin fue condenado a 203 años de prisión por nueve asesinatos. La vivienda salió al mercado el pasado mes de abril
Cuando compramos una casa revisamos absolutamente todo, el precio, la zona, si hay humedades, el ruido del área, etc. Sin embargo, a nadie se le ocurre investigar si allí vivió un asesino en serie, ¿compraría la vivienda si así fuera? A quienes se han interesado por la vivienda situada en el 1492 de Garden Street, en East Meadow, a pocos kilómetros de Nueva York, no parece importarles. La casa, de 156 metros cuadrados, tiene cuatro dormitorios, dos baños, sótano, garaje independiente y piscina. Salió al mercado el pasado mes de abril por 825.000 dólares, y tras rebajarse hasta los 780.000, parece que ya tiene comprador. La operación todavía no se ha cerrado oficialmente ni se conoce la identidad del futuro propietario. Quizá prefiera que nadie sepa que acaba de adquirir la vivienda donde Joel Rifkin mató y descuartizó a algunas de sus víctimas a finales de los años 80, cuando Nueva York no tenía nada que ver con la ciudad que es ahora. En aquel entonces, la famosa Times Square era un hervidero de pornografía, drogas y prostitución. La violencia se había disparado y muchas mujeres que vivían de vender su cuerpo desaparecían sin que nadie denunciara su ausencia. La Policía no daba abasto. En medio de aquel caos, Rifkin consiguió cometer sus crímenes durante años sin levantar sospechas.La mañana del 5 de marzo de 1989, dos hombres están jugando al golf en Nueva Jersey cuando una pelota termina entre la maleza. Al ir a buscarla, encuentran la cabeza decapitada de una mujer. Días después aparecerán, a pocos kilómetros, otras partes de su cuerpo. Tendrán que pasar 24 años hasta poner nombre a sus restos. La víctima se llamaba Heidi Balch y tenía 25 años. Aquella joven era solo la primera pieza de un rompecabezas mucho mayor.Durante cuatro años aparecen más cadáveres en carreteras, bosques, ríos y vertederos. Algunos están enteros, otros desmembrados. Los agentes consiguen conectar algunos casos y determinan que la misma persona podría estar detrás de aquellos crímenes. Sin embargo, todavía ignoran la dimensión real de esta matanza. Durante años no encuentran ninguna pista que les lleve a dar con el autor, hasta que un detalle aparentemente insignificante lo cambia toda la madrugada del 28 de junio de 1993. Ese día, a las 3:15 am, dos agentes de tráfico ven cómo una camioneta Mazda de color blanco circula a gran velocidad y sin matrícula trasera. Le dan el alto, pero el conductor, lejos de detenerse, acelera y trata de huir hasta que termina estrellándose contra un poste. Al ayudarlo a salir, perciben un olor insoportable que procede de la parte trasera del vehículo. Al levantar una lona azul, encuentran el cadáver de una mujer en avanzado estado de descomposición. El conductor, Joel Rifkin, acabará revelando que la víctima lleva varios días muerta. La policía detiene a aquel jardinero de 34 años que confiesa haber asesinado al menos a 17 mujeres en total. Su declaración conduce a los inves
