En una soleada mañana del día seis de abril de 648 a.C. un soldado griego sonríe irónicamente al horizonte mientras apura su copa de vino haciendo un brindis en honor a Dioniso. Apoyado en su lanza y en su escudo de piel de buey, descansa tras regresar de uno de los innumerables combates que le dan de comer gracias a las guerras entre los pretendientes al trono de las «poleis» de las islas vecinas: tiranos y nobles de buena familia se disputan el poderío y él, curtido mercenario, caradura, amante despechado y poeta, se relaja mientras escruta el sol entre las nubes. Pero, de repente, algo ocurre que hace que su corazón palpite de forma acelerada. Un disco negro y aterrador cubre el astro rey, el dios Helios, que era hasta entonces el soberano indiscutible del cielo, es tachado de repente, para terror de los hombres y las bestias que pululan desesperadamente por la rocosa isla. El sol ausente del mundo. ¿Cómo Zeus ha permitido esto?
La escena de este eclipse, tal vez el primero de occidente, es inolvidable para la historia de la literatura en Occidente, pues su fecha (el 6 de abril de 648 a.C.) es la primera fecha cierta que tenemos en tal historia. Su protagonista es el gran poeta griego Arquíloco de Paros, poeta yámbico y elegíaco arcaico, que ha obtenido gran fama entre otras cosas por su carácter imprevisible, entre filosófico y pendenciero, por arrojar, desafiante ante la moral de la época, su escudo en combate y salir huyendo, por su furioso amor por Neobula y su desquite contra la familia de esta por no permitirlo, y también por su actividad política y mercenaria.
Su obra encarna bien el yambo, que tal vez se relacione con la religión de Deméter, caracterizado en principio por la invectiva violenta, las más de las veces excitando las conciencias de los oyentes contra un objetivo al que se juzga culpable de los males pasados, presentes o venideros: él es el epítome de la pasión violenta. Así se refiere al famoso eclipse: «Ninguna cosa está fuera de la esperanza ni se puede jurar imposible, ni es extraordinaria después que Zeus, padre de los Olímpicos, ha cambiado en noche el mediodía ocultando la luz del sol resplandeciente». (fr. 206 Adrados).
Los eclipses que tenemos registrados en el mundo antiguo nos permiten acercarnos, merced a un hilo curioso, a figuras históricas que los vivieron o estuvieron relacionados con ellos. Lo mismo ocurre en épocas posteriores de la historia hasta llegar a nuestros días, cuando presenciamos ayer uno de estos apasionantes momentos estelares para el planeta tierra y sus habitantes. Pero querría retomar el recorrido por los primeros eclipses con nombre propio de la aurora de occidente, a través de personajes que los vivieron, como el citado Arquíloco, que escribe su poema asustado por el mismo fenómeno que en el siglo siguiente fascinará a un filósofo fundador. Estamos ahora en la aurora de la historia de la filosofía, como antes lo estábamos ante la de la literatura. Otro eclipse total fue visible en la zona de Asia Menor, la Jonia griega, el 28 de mayo de 585 a. C.
Esta vez imaginamos a la «polis» de Mileto reunida en torno a un legendario sabio que funda el saber filosófico y que se empeña en tranquilizar a sus conciudadanos: es ciencia previsible, les dice, no un presagio funesto, calma ante todo. Al parecer, según Heródoto, este eclipse solar había sido previsto por el fundador de la escuela milesia, que iba en pos de las raíces del cosmos, el inolvidable Tales de Mileto. Aquel mismo día, el ejército del rey Medo Ciáxares, que había dominado anteriormente al imperio Asirio, se encontraba a punto de lanzarse contra el Reino de Lidia de Aliates. La batalla se pospuso porque «el día se hizo noche» y, al considerarse presagio contrario a la guerra, el conflicto entre lidios y medos se solventó con un pacto regio matrimonial.
Pero, ¿es verdad que Tales predijo el eclipse? Se ha propuesto que Tales lo predijo por conocer acerca de los ciclos de saros gracias a la astronomía babilonia. Pero otras interpretaciones ponen en duda tal afirmación, que nos recuerda la dimensión mítica del fundador de la filosofía griega. Tales es el primer pensador del que se tiene noticia y datación a ciencia cierta, también merced a un eclipse, en la rica Mileto, famoso puerto y cruce de caminos entre oriente y occidente y, sobre todo, de estratégica localización en la periferia occidental del inmenso imperio aqueménida: no lejos de ahí desembocaba la calzada real persa que unía todas sus capitales y que abarcaba desde el Asia Menor griega hasta la India y Egipto en el siglo VI a.C.
No extraña que hubiera de surgir ahí una corriente de pensadores jónicos que se interesaran por el arché o «principio» de todas las cosas: era una zona donde afluía el influjo del mundo sapiencial de oriente en sus diversas corrientes. En el caso de Tales, su principio era el elemento húmedo (según la tradición, en el campo de la ingeniería civil, desvió ríos, construyó molinos y guio la navegación, entre otras cosas). Astronomía o matemática fluían por ahí desde Babilonia y Egipto –así como el saber religioso sobre el alma, que podía provenir de más al Oriente– en una corriente de información, literatura, filosofía y ciencia que era compartida a través de las vías de comunicación por medio de las que los sabios primordiales griegos pudieron haber aprendido lejanamente de astrólogos caldeos, sacerdotes egipcios, matemáticos babilonios o brahmanes indios.
Claro que conocemos casos de eclipse anteriores a los de Arquíloco o Tales, con los que he querido poner nombres propios a esta breve historia. Ahí está el eclipse total consignado en los anales reales hititas, un «presagio del Sol» en el siglo XIV a.C. (quizá el 13 de abril de 1308 o el 24 de junio de 1312) que había sumido en las sombras al ejército de Mursili en la capital Hattusas, o el llamado «eclipse asirio», registrado en listas asirias, que puede que ocurriera en el noveno año del reinado de Ashur-dan III, acaso el 15 de junio de 763 a.C. El antiguo Oriente conocía y estudiaba este tipo de fenómenos asombrosos, que eran interpretados proféticamente como una señal de los cielos o un signo más o menos ominoso que a veces sembraba el pánico. Así sucede con eclipses anteriores y posteriores en los pueblos del antiguo Oriente, algunos certificados por la ciencia, otros supuestos en las fuentes.
Pero, volviendo al mundo clásico o grecolatino, hay que decir que también en la antigua Roma el oscurecimiento del cielo por un fenómeno de estas características era visto como un presagio inquietante por los antiguos romanos, que algunas mentes preclaras intentaron desmitificar. Fuentes diversas, como Cicerón o Plutarco, nos refieren casos abordados como ejemplos de adivinación y oráculos varios: el sol pronto será asociado al culto al emperador y el hecho de que sus rayos fueran apagados no dejaba de ser algo tenebroso. La propia fundación de Roma y de la monarquía mítica está asociada al eclipse. Como siempre, celebramos el cumpleaños de nuestra madre Roma (nacida el 23 de abril de 753 a.C.), pero hay que recordar, tras la ya consabida historia de Rómulo y Remo, una tradición acerca de la muerte del primer rey de Roma, Rómulo, cuya desaparición –una suerte de apoteosis relacionada con la figura divina de Quirino– se relaciona con un eclipse solar. Se asoció en las fuentes antiguas el origen de Roma a una serie eclipses solares, aunque los cálculos astronómicos no han podido confirmarlo.
La «conversión del día en noche», como decían los antiguos, era un evento simbólico y mitológico de primer orden que hacía a los sacerdotes preguntarse por su significado. En Roma hay atestiguados eclipses interpretados como señales en 340 a. C., 188 a. C., 168 a. C. o 63 a.C. Políticos y sacerdotes indagaron en su sentido mientras otras mentes más racionalistas, desde Plinio el Viejo a Séneca, se preguntaron por sus causas. Como se cuenta que hiciera Tales, a veces se trataba de predecir el fenómeno para que no asustara a la población, se dice que en época de Claudio se anunció un eclipse para evitar el pánico. Estas y otras historias, en primera persona, pueden configurar un fresco narrativo muy sugerente para contextualizar históricamente el eclipse total de 2026. Evidentemente, hoy la interpretación religiosa se ha ido relegando, pero nos interesa mucho reflexionar sobre esta serie de casos para entender algo más la historia de las mentalidades en la antigüedad.
En una soleada mañana del día seis de abril de 648 a.C. un soldado griego sonríe irónicamente al horizonte mientras apura su copa de vino haciendo un brindis en honor a Dioniso. Apoyado en su lanza y en su escudo de piel de buey, descansa tras regresar de uno de los innumerables combates que le dan de comer gracias a las guerras entre los pretendientes al trono de las «poleis» de las islas vecinas: tiranos y nobles de buena familia se disputan el poderío y él, curtido mercenario, caradura, amante despechado y poeta, se relaja mientras escruta el sol entre las nubes. Pero, de repente, algo ocurre que hace que su corazón palpite de forma acelerada. Un disco negro y aterrador cubre el astro rey, el dios Helios, que era hasta entonces el soberano indiscutible del cielo, es tachado de repente, para terror de los hombres y las bestias que pululan desesperadamente por la rocosa isla. El sol ausente del mundo. ¿Cómo Zeus ha permitido esto?. La escena de este eclipse, tal vez el primero de occidente, es inolvidable para la historia de la literatura en Occidente, pues su fecha (el 6 de abril de 648 a.C.) es la primera fecha cierta que tenemos en tal historia. Su protagonista es el gran poeta griego Arquíloco de Paros, poeta yámbico y elegíaco arcaico, que ha obtenido gran fama entre otras cosas por su carácter imprevisible, entre filosófico y pendenciero, por arrojar, desafiante ante la moral de la época, su escudo en combate y salir huyendo, por su furioso amor por Neobula y su desquite contra la familia de esta por no permitirlo, y también por su actividad política y mercenaria.. Su obra encarna bien el yambo, que tal vez se relacione con la religión de Deméter, caracterizado en principio por la invectiva violenta, las más de las veces excitando las conciencias de los oyentes contra un objetivo al que se juzga culpable de los males pasados, presentes o venideros: él es el epítome de la pasión violenta. Así se refiere al famoso eclipse: «Ninguna cosa está fuera de la esperanza ni se puede jurar imposible, ni es extraordinaria después que Zeus, padre de los Olímpicos, ha cambiado en noche el mediodía ocultando la luz del sol resplandeciente». (fr. 206 Adrados).. Los eclipses que tenemos registrados en el mundo antiguo nos permiten acercarnos, merced a un hilo curioso, a figuras históricas que los vivieron o estuvieron relacionados con ellos. Lo mismo ocurre en épocas posteriores de la historia hasta llegar a nuestros días, cuando presenciamos ayer uno de estos apasionantes momentos estelares para el planeta tierra y sus habitantes. Pero querría retomar el recorrido por los primeros eclipses con nombre propio de la aurora de occidente, a través de personajes que los vivieron, como el citado Arquíloco, que escribe su poema asustado por el mismo fenómeno que en el siglo siguiente fascinará a un filósofo fundador. Estamos ahora en la aurora de la historia de la filosofía, como antes lo estábamos ante la de la literatura. Otro eclipse total fue visible en la zona de Asia Menor, la Jonia griega, el 28 de mayo de 585 a. C.. Esta vez imaginamos a la «polis» de Mileto reunida en torno a un legendario sabio que funda el saber filosófico y que se empeña en tranquilizar a sus conciudadanos: es ciencia previsible, les dice, no un presagio funesto, calma ante todo. Al parecer, según Heródoto, este eclipse solar había sido previsto por el fundador de la escuela milesia, que iba en pos de las raíces del cosmos, el inolvidable Tales de Mileto. Aquel mismo día, el ejército del rey Medo Ciáxares, que había dominado anteriormente al imperio Asirio, se encontraba a punto de lanzarse contra el Reino de Lidia de Aliates. La batalla se pospuso porque «el día se hizo noche» y, al considerarse presagio contrario a la guerra, el conflicto entre lidios y medos se solventó con un pacto regio matrimonial.. Pero, ¿es verdad que Tales predijo el eclipse? Se ha propuesto que Tales lo predijo por conocer acerca de los ciclos de saros gracias a la astronomía babilonia. Pero otras interpretaciones ponen en duda tal afirmación, que nos recuerda la dimensión mítica del fundador de la filosofía griega. Tales es el primer pensador del que se tiene noticia y datación a ciencia cierta, también merced a un eclipse, en la rica Mileto, famoso puerto y cruce de caminos entre oriente y occidente y, sobre todo, de estratégica localización en la periferia occidental del inmenso imperio aqueménida: no lejos de ahí desembocaba la calzada real persa que unía todas sus capitales y que abarcaba desde el Asia Menor griega hasta la India y Egipto en el siglo VI a.C.. No extraña que hubiera de surgir ahí una corriente de pensadores jónicos que se interesaran por el arché o «principio» de todas las cosas: era una zona donde afluía el influjo del mundo sapiencial de oriente en sus diversas corrientes. En el caso de Tales, su principio era el elemento húmedo (según la tradición, en el campo de la ingeniería civil, desvió ríos, construyó molinos y guio la navegación, entre otras cosas). Astronomía o matemática fluían por ahí desde Babilonia y Egipto –así como el saber religioso sobre el alma, que podía provenir de más al Oriente– en una corriente de información, literatura, filosofía y ciencia que era compartida a través de las vías de comunicación por medio de las que los sabios primordiales griegos pudieron haber aprendido lejanamente de astrólogos caldeos, sacerdotes egipcios, matemáticos babilonios o brahmanes indios.. Claro que conocemos casos de eclipse anteriores a los de Arquíloco o Tales, con los que he querido poner nombres propios a esta breve historia. Ahí está el eclipse total consignado en los anales reales hititas, un «presagio del Sol» en el siglo XIV a.C. (quizá el 13 de abril de 1308 o el 24 de junio de 1312) que había sumido en las sombras al ejército de Mursili en la capital Hattusas, o el llamado «eclipse asirio», registrado en listas asirias, que puede que ocurriera en el noveno año del reinado de Ashur-dan III, acaso el 15 de junio de 763 a.C. El antiguo Oriente conocía y estudiaba este tipo de fenómenos asombrosos, que eran interpretados proféticamente como una señal de los cielos o un signo más o menos ominoso que a veces sembraba el pánico. Así sucede con eclipses anteriores y posteriores en los pueblos del antiguo Oriente, algunos certificados por la ciencia, otros supuestos en las fuentes.. Pero, volviendo al mundo clásico o grecolatino, hay que decir que también en la antigua Roma el oscurecimiento del cielo por un fenómeno de estas características era visto como un presagio inquietante por los antiguos romanos, que algunas mentes preclaras intentaron desmitificar. Fuentes diversas, como Cicerón o Plutarco, nos refieren casos abordados como ejemplos de adivinación y oráculos varios: el sol pronto será asociado al culto al emperador y el hecho de que sus rayos fueran apagados no dejaba de ser algo tenebroso. La propia fundación de Roma y de la monarquía mítica está asociada al eclipse. Como siempre, celebramos el cumpleaños de nuestra madre Roma (nacida el 23 de abril de 753 a.C.), pero hay que recordar, tras la ya consabida historia de Rómulo y Remo, una tradición acerca de la muerte del primer rey de Roma, Rómulo, cuya desaparición –una suerte de apoteosis relacionada con la figura divina de Quirino– se relaciona con un eclipse solar. Se asoció en las fuentes antiguas el origen de Roma a una serie eclipses solares, aunque los cálculos astronómicos no han podido confirmarlo.. La «conversión del día en noche», como decían los antiguos, era un evento simbólico y mitológico de primer orden que hacía a los sacerdotes preguntarse por su significado. En Roma hay atestiguados eclipses interpretados como señales en 340 a. C., 188 a. C., 168 a. C. o 63 a.C. Políticos y sacerdotes indagaron en su sentido mientras otras mentes más racionalistas, desde Plinio el Viejo a Séneca, se preguntaron por sus causas. Como se cuenta que hiciera Tales, a veces se trataba de predecir el fenómeno para que no asustara a la población, se dice que en época de Claudio se anunció un eclipse para evitar el pánico. Estas y otras historias, en primera persona, pueden configurar un fresco narrativo muy sugerente para contextualizar históricamente el eclipse total de 2026. Evidentemente, hoy la interpretación religiosa se ha ido relegando, pero nos interesa mucho reflexionar sobre esta serie de casos para entender algo más la historia de las mentalidades en la antigüedad.
Las civilizaciones antiguas vivían la «conversión de día en noche» como todo un acontecimiento simbólico y hasta «aterrador». La primera vez registrada fue el 6 de abril del 648 a.C.
En una soleada mañana del día seis de abril de 648 a.C. un soldado griego sonríe irónicamente al horizonte mientras apura su copa de vino haciendo un brindis en honor a Dioniso. Apoyado en su lanza y en su escudo de piel de buey, descansa tras regresar de uno de los innumerables combates que le dan de comer gracias a las guerras entre los pretendientes al trono de las «poleis» de las islas vecinas: tiranos y nobles de buena familia se disputan el poderío y él, curtido mercenario, caradura, amante despechado y poeta, se relaja mientras escruta el sol entre las nubes. Pero, de repente, algo ocurre que hace que su corazón palpite de forma acelerada. Un disco negro y aterrador cubre el astro rey, el dios Helios, que era hasta entonces el soberano indiscutible del cielo, es tachado de repente, para terror de los hombres y las bestias que pululan desesperadamente por la rocosa isla. El sol ausente del mundo. ¿Cómo Zeus ha permitido esto?. La escena de este eclipse, tal vez el primero de occidente, es inolvidable para la historia de la literatura en Occidente, pues su fecha (el 6 de abril de 648 a.C.) es la primera fecha cierta que tenemos en tal historia. Su protagonista es el gran poeta griego Arquíloco de Paros, poeta yámbico y elegíaco arcaico, que ha obtenido gran fama entre otras cosas por su carácter imprevisible, entre filosófico y pendenciero, por arrojar, desafiante ante la moral de la época, su escudo en combate y salir huyendo, por su furioso amor por Neobula y su desquite contra la familia de esta por no permitirlo, y también por su actividad política y mercenaria.. Su obra encarna bien el yambo, que tal vez se relacione con la religión de Deméter, caracterizado en principio por la invectiva violenta, las más de las veces excitando las conciencias de los oyentes contra un objetivo al que se juzga culpable de los males pasados, presentes o venideros: él es el epítome de la pasión violenta. Así se refiere al famoso eclipse: «Ninguna cosa está fuera de la esperanza ni se puede jurar imposible, ni es extraordinaria después que Zeus, padre de los Olímpicos, ha cambiado en noche el mediodía ocultando la luz del sol resplandeciente». (fr. 206 Adrados).. Los eclipses que tenemos registrados en el mundo antiguo nos permiten acercarnos, merced a un hilo curioso, a figuras históricas que los vivieron o estuvieron relacionados con ellos. Lo mismo ocurre en épocas posteriores de la historia hasta llegar a nuestros días, cuando presenciamos ayer uno de estos apasionantes momentos estelares para el planeta tierra y sus habitantes. Pero querría retomar el recorrido por los primeros eclipses con nombre propio de la aurora de occidente, a través de personajes que los vivieron, como el citado Arquíloco, que escribe su poema asustado por el mismo fenómeno que en el siglo siguiente fascinará a un filósofo fundador. Estamos ahora en la aurora de la historia de la filosofía, como antes lo estábamos ante la de la literatura. Otro eclipse total fue visible en la zona de Asia Menor, la Jonia griega, el 28 de mayo de 585 a. C.. Esta vez imaginamos a la «polis» de Mileto reunida en torno a un legendario sabio que funda el saber filosófico y que se empeña en tranquilizar a sus conciudadanos: es ciencia previsible, les dice, no un presagio funesto, calma ante todo. Al parecer, según Heródoto, este eclipse solar había sido previsto por el fundador de la escuela milesia, que iba en pos de las raíces del cosmos, el inolvidable Tales de Mileto. Aquel mismo día, el ejército del rey Medo Ciáxares, que había dominado anteriormente al imperio Asirio, se encontraba a punto de lanzarse contra el Reino de Lidia de Aliates. La batalla se pospuso porque «el día se hizo noche» y, al considerarse presagio contrario a la guerra, el conflicto entre lidios y medos se solventó con un pacto regio matrimonial.. Pero, ¿es verdad que Tales predijo el eclipse? Se ha propuesto que Tales lo predijo por conocer acerca de los ciclos de saros gracias a la astronomía babilonia. Pero otras interpretaciones ponen en duda tal afirmación, que nos recuerda la dimensión mítica del fundador de la filosofía griega. Tales es el primer pensador del que se tiene noticia y datación a ciencia cierta, también merced a un eclipse, en la rica Mileto, famoso puerto y cruce de caminos entre oriente y occidente y, sobre todo, de estratégica localización en la periferia occidental del inmenso imperio aqueménida: no lejos de ahí desembocaba la calzada real persa que unía todas sus capitales y que abarcaba desde el Asia Menor griega hasta la India y Egipto en el siglo VI a.C.. No extraña que hubiera de surgir ahí una corriente de pensadores jónicos que se interesaran por el arché o «principio» de todas las cosas: era una zona donde afluía el influjo del mundo sapiencial de oriente en sus diversas corrientes. En el caso de Tales, su principio era el elemento húmedo (según la tradición, en el campo de la ingeniería civil, desvió ríos, construyó molinos y guio la navegación, entre otras cosas). Astronomía o matemática fluían por ahí desde Babilonia y Egipto –así como el saber religioso sobre el alma, que podía provenir de más al Oriente– en una corriente de información, literatura, filosofía y ciencia que era compartida a través de las vías de comunicación por medio de las que los sabios primordiales griegos pudieron haber aprendido lejanamente de astrólogos caldeos, sacerdotes egipcios, matemáticos babilonios o brahmanes indios.. Claro que conocemos casos de eclipse anteriores a los de Arquíloco o Tales, con los que he querido poner nombres propios a esta breve historia. Ahí está el eclipse total consignado en los anales reales hititas, un «presagio del Sol» en el siglo XIV a.C. (quizá el 13 de abril de 1308 o el 24 de junio de 1312) que había sumido en las sombras al ejército de Mursili en la capital Hattusas, o el llamado «eclipse asirio», registrado en listas asirias, que puede que ocurriera en el noveno año del reinado de Ashur-dan III, acaso el 15 de junio de 763 a.C. El antiguo Oriente conocía y estudiaba este tipo de fenómenos asombrosos, que eran interpretados proféticamente como una señal de los cielos o un signo más o menos ominoso que a veces sembraba el pánico. Así sucede con eclipses anteriores y posteriores en los pueblos del antiguo Oriente, algunos certificados por la ciencia, otros supuestos en las fuentes.. Pero, volviendo al mundo clásico o grecolatino, hay que decir que también en la antigua Roma el oscurecimiento del cielo por un fenómeno de estas características era visto como un presagio inquietante por los antiguos romanos, que algunas mentes preclaras intentaron desmitificar. Fuentes diversas, como Cicerón o Plutarco, nos refieren casos abordados como ejemplos de adivinación y oráculos varios: el sol pronto será asociado al culto al emperador y el hecho de que sus rayos fueran apagados no dejaba de ser algo tenebroso. La propia fundación de Roma y de la monarquía mítica está asociada al eclipse. Como siempre, celebramos el cumpleaños de nuestra madre Roma (nacida el 23 de abril de 753 a.C.), pero hay que recordar, tras la ya consabida historia de Rómulo y Remo, una tradición acerca de la muerte del primer rey de Roma, Rómulo, cuya desaparición –una suerte de apoteosis relacionada con la figura divina de Quirino– se relaciona con un eclipse solar. Se asoció en las fuentes antiguas el origen de Roma a una serie eclipses solares, aunque los cálculos astronómicos no han podido confirmarlo.. La «conversión del día en noche», como decían los antiguos, era un evento simbólico y mitológico de primer orden que hacía a los sacerdotes preguntarse por su significado. En Roma hay atestiguados eclipses interpretados como señales en 340 a. C., 188 a. C., 168 a. C. o 63 a.C. Políticos y sacerdotes indagaron en su sentido mientras otras mentes más racionalistas, desde Plinio el Viejo a Séneca, se preguntaron por sus causas. Como se cuenta que hiciera Tales, a veces se trataba de predecir el fenómeno para que no asustara a la población, se dice que en época de Claudio se anunció un eclipse para evitar el pánico. Estas y otras historias, en primera persona, pueden configurar un fresco narrativo muy sugerente para contextualizar históricamente el eclipse total de 2026. Evidentemente, hoy la interpretación religiosa se ha ido relegando, pero nos interesa mucho reflexionar sobre esta serie de casos para entender algo más la historia de las mentalidades en la antigüedad.
