En la gran novela de Galdós hay una saga empresarial en el negocio de los paños, que funda Baldomero Santa Cruz a finales del siglo XVIII. Baldomero hijo hereda el negocio en 1848 y lo impulsa y mejora, aprovechando la liberalización comercial, que mencionamos el miércoles, y los uniformes militares.. La historia empresarial de los Santa Cruz, que dice Galdós que se habían «enriquecido honradamente», y eran progresistas, moderados y monárquicos, reviste interés, porque Baldomero II llega a ser un exitoso hombre de negocios, acumulando «un capital sano y limpio de quince millones de reales», lo que podía equivaler a unos 16 millones de euros actuales, y según otros cálculos a mucho más.. Pero entonces hace algo aparentemente insólito: se retira, traspasando el negocio a dos trabajadores, parientes suyos y de su mujer. Galdós explica la lógica de esta decisión. Baldomero Santa Cruz, en efecto, no decide retirarse solo porque ya era rico. Es que percibe que no tenía capacidad de innovación, ni nadie que le sucediera. Sus costumbres eran antiguas y en su tienda «no se supo nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para extender por las provincias limítrofes el negocio». El empresario da un paso al costado porque «comprendió que el comercio iba a sufrir una profunda transformación, y que no era él el llamado a dirigirlo por los nuevos anchos caminos que se le abrían».. Fue una decisión sabia, dada la siempre complicada sucesión en las empresas familiares. Baldomero III, el hijo, ya no se dedica al negocio, y su hijo, Juanito Santa Cruz, el protagonista, es un frívolo tarambana. Su padre, al menos, administraba con eficacia el capital heredado, pero el Delfín «era un hombre enteramente desocupado». Baldomero III «en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital para que emprendiera negocios por sí; pero al chico le iba bien con su dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza».. El padre pasa a proponerle inversiones o compra de acciones: «Aceptó el joven, mas no le satisfizo el ensayo, y renunció en absoluto a meterse en negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos».. Con ironía aclara Pérez Galdós: «D. Baldomero no había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los padres trabajen para que los hijos descansen y gocen».
Con ironía aclara Pérez Galdós: «D. Baldomero no había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los padres trabajen para que los hijos descansen y gocen».
En la gran novela de Galdós hay una saga empresarial en el negocio de los paños, que funda Baldomero Santa Cruz a finales del siglo XVIII. Baldomero hijo hereda el negocio en 1848 y lo impulsa y mejora, aprovechando la liberalización comercial, que mencionamos el miércoles, y los uniformes militares.. La historia empresarial de los Santa Cruz, que dice Galdós que se habían «enriquecido honradamente», y eran progresistas, moderados y monárquicos, reviste interés, porque Baldomero II llega a ser un exitoso hombre de negocios, acumulando «un capital sano y limpio de quince millones de reales», lo que podía equivaler a unos 16 millones de euros actuales, y según otros cálculos a mucho más.. Pero entonces hace algo aparentemente insólito: se retira, traspasando el negocio a dos trabajadores, parientes suyos y de su mujer. Galdós explica la lógica de esta decisión. Baldomero Santa Cruz, en efecto, no decide retirarse solo porque ya era rico. Es que percibe que no tenía capacidad de innovación, ni nadie que le sucediera. Sus costumbres eran antiguas y en su tienda «no se supo nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para extender por las provincias limítrofes el negocio». El empresario da un paso al costado porque «comprendió que el comercio iba a sufrir una profunda transformación, y que no era él el llamado a dirigirlo por los nuevos anchos caminos que se le abrían».. Fue una decisión sabia, dada la siempre complicada sucesión en las empresas familiares. Baldomero III, el hijo, ya no se dedica al negocio, y su hijo, Juanito Santa Cruz, el protagonista, es un frívolo tarambana. Su padre, al menos, administraba con eficacia el capital heredado, pero el Delfín «era un hombre enteramente desocupado». Baldomero III «en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital para que emprendiera negocios por sí; pero al chico le iba bien con su dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza».. El padre pasa a proponerle inversiones o compra de acciones: «Aceptó el joven, mas no le satisfizo el ensayo, y renunció en absoluto a meterse en negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos».. Con ironía aclara Pérez Galdós: «D. Baldomero no había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los padres trabajen para que los hijos descansen y gocen».
