Todos, absolutamente todos recordamos en casa de nuestros padres, de nuestros abuelos y en la nuestra propia guardar en la despensa botecitos de azafranes, pimentones y todo tipo de especias de la marca Carmencita, un clásico en las cocinas españolas que reciben el gusto de estos condimentos en tantos y tantos platos de nuestra riquísima gastronomía. Empresas de tanta tradición son dignas del apoyo y el empuje de todos y más aún de quienes deben promover que factorías que cuentan con una actividad de decenas de años sigan en la brecha y que nunca decaigan. Dicho lo dicho hay que reconocerle a Pedro Sánchez una virtud extraordinaria: su capacidad para aparecer exactamente donde nadie le esperaba y, sobre todo, donde menos preguntas incómodas parece haber. Mientras Ceuta vuelve a situarse en el centro de la preocupación por la presión migratoria, la seguridad de la frontera y la crisis institucional que arrastra el Gobierno, el presidente ha decidido que el lugar más adecuado para ejercer su liderazgo era una fábrica de especias. Porque gobernar un país tiene muchas dificultades, pero ninguna comparable a decidir si el pimentón debe llevar más o menos ajo. La imagen es magnífica: Ceuta esperando respuestas y Sánchez visitando Carmencita, una especie de metáfora involuntaria de la política española: al problema se le pone distancia, a la pregunta se le pone sordina y a la realidad, si es posible, un poco de pimentón o azafrán, eso sí, de la mejor calidad. Y mientras tanto queda aquel episodio memorable de Marlaska saliendo de Ceuta en un furgón policial para evitar los abucheos. El ministro del Interior, protegido de los ciudadanos por un vehículo policial. Qué hermosa estampa de proximidad democrática: el Gobierno tan cerca del pueblo que necesita una chapa metálica entre ambos. Pero la cuestión más incómoda llega ahora con la difusión de informes desclasificados que, según se ha publicado, señalan que el CNI disponía de información previa sobre los movimientos que desembocarían en la entrada masiva, en la invasión de marroquíes en Ceuta. Si esos documentos son correctos, la pregunta es inevitable: ¿qué sabía el Estado, cuándo lo sabía y por qué no actuó con la contundencia necesaria? Naturalmente, siempre queda el recurso de cambiar de escenario y una fábrica de especias es estupenda para estas cosas. Allí no hay fronteras, no hay informes, no hay responsabilidades y, sobre todo, no hay ciudadanos preguntando quien falló.. Quizá esa sea la verdadera receta del sanchismo: una cucharada de propaganda, dos de puesta en escena, abundante maquillaje institucional y una generosa ración de silencio. Y cuando todo empieza a oler demasiado mal, siempre queda una solución: echarle especias.. Si algo queda de positivo en la semana que termina es la opinión de la Presidenta del Consejo General del Poder Judicial que sentencia junto al Rey de España -que tiene más pinta de Rey que ningún otro Rey-, que es inadmisible descalificar a los jueces como instrumento de presión, mientras la Fiscal General Peramato pedía una condecoración para su antecesor Alvarone, solicitud que tuvo que retirar porque que las recompensas se conceden por la excelencia profesional y no a un tipo condenado por el Tribunal Supremo por revelación de secretos.. CODA. Volviendo al Rey, qué buena estampa verlo reunido con la ministra de Defensa y la cúpula militar como mando supremo de las Fuerzas Armadas y qué gozada ver como gatos rabiosos a todos los mangantes de Moncloa.
Hay que reconocerle a Pedro Sánchez una virtud extraordinaria: su capacidad para aparecer exactamente donde nadie le esperaba
Todos, absolutamente todos recordamos en casa de nuestros padres, de nuestros abuelos y en la nuestra propia guardar en la despensa botecitos de azafranes, pimentones y todo tipo de especias de la marca Carmencita, un clásico en las cocinas españolas que reciben el gusto de estos condimentos en tantos y tantos platos de nuestra riquísima gastronomía. Empresas de tanta tradición son dignas del apoyo y el empuje de todos y más aún de quienes deben promover que factorías que cuentan con una actividad de decenas de años sigan en la brecha y que nunca decaigan. Dicho lo dicho hay que reconocerle a Pedro Sánchez una virtud extraordinaria: su capacidad para aparecer exactamente donde nadie le esperaba y, sobre todo, donde menos preguntas incómodas parece haber. Mientras Ceuta vuelve a situarse en el centro de la preocupación por la presión migratoria, la seguridad de la frontera y la crisis institucional que arrastra el Gobierno, el presidente ha decidido que el lugar más adecuado para ejercer su liderazgo era una fábrica de especias. Porque gobernar un país tiene muchas dificultades, pero ninguna comparable a decidir si el pimentón debe llevar más o menos ajo. La imagen es magnífica: Ceuta esperando respuestas y Sánchez visitando Carmencita, una especie de metáfora involuntaria de la política española: al problema se le pone distancia, a la pregunta se le pone sordina y a la realidad, si es posible, un poco de pimentón o azafrán, eso sí, de la mejor calidad. Y mientras tanto queda aquel episodio memorable de Marlaska saliendo de Ceuta en un furgón policial para evitar los abucheos. El ministro del Interior, protegido de los ciudadanos por un vehículo policial. Qué hermosa estampa de proximidad democrática: el Gobierno tan cerca del pueblo que necesita una chapa metálica entre ambos. Pero la cuestión más incómoda llega ahora con la difusión de informes desclasificados que, según se ha publicado, señalan que el CNI disponía de información previa sobre los movimientos que desembocarían en la entrada masiva, en la invasión de marroquíes en Ceuta. Si esos documentos son correctos, la pregunta es inevitable: ¿qué sabía el Estado, cuándo lo sabía y por qué no actuó con la contundencia necesaria? Naturalmente, siempre queda el recurso de cambiar de escenario y una fábrica de especias es estupenda para estas cosas. Allí no hay fronteras, no hay informes, no hay responsabilidades y, sobre todo, no hay ciudadanos preguntando quien falló.. Quizá esa sea la verdadera receta del sanchismo: una cucharada de propaganda, dos de puesta en escena, abundante maquillaje institucional y una generosa ración de silencio. Y cuando todo empieza a oler demasiado mal, siempre queda una solución: echarle especias.. Si algo queda de positivo en la semana que termina es la opinión de la Presidenta del Consejo General del Poder Judicial que sentencia junto al Rey de España -que tiene más pinta de Rey que ningún otro Rey-, que es inadmisible descalificar a los jueces como instrumento de presión, mientras la Fiscal General Peramato pedía una condecoración para su antecesor Alvarone, solicitud que tuvo que retirar porque que las recompensas se conceden por la excelencia profesional y no a un tipo condenado por el Tribunal Supremo por revelación de secretos.. CODA. Volviendo al Rey, qué buena estampa verlo reunido con la ministra de Defensa y la cúpula militar como mando supremo de las Fuerzas Armadas y qué gozada ver como gatos rabiosos a todos los mangantes de Moncloa.
