La economía vive anestesiada por el dinero público y la población empobrecida por la inflación no deja de crecer
El Gobierno sigue empeñado en repetir que la economía cuenta con un avance sólido, que lideramos el crecimiento europeo y que eso hace que seamos el ejemplo a seguir. Hace unos días, en la sesión de control al Gobierno, Sánchez dijo que dejará una España mejor. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.La economía española vive anestesiada por ingentes cantidades de dinero público, que la sostienen artificialmente, pero que cuando se retiren dichos estímulos se resentirá, porque no se ha generado el marco económico adecuado para lograr que la economía, por sí misma, impulse el crecimiento.Eso hace que, pese a las recientes revisiones, la tendencia siga sin ser buena, con problemas estructurales como el déficit, la deuda o la inflación, que empobrece a los ciudadanos, además del endurecimiento del coste de financiación, que limita el acceso al crédito a las empresas y encarece los préstamos hipotecarios, por ejemplo, en los que las familias tienen que soportar un importante incremento.Todo ello está empobreciendo a la población, con un repunte inflacionista y una pérdida de poder adquisitivo que hace que nuestro PIB per cápita pierda posiciones respecto a la media de la UE en relación con el puesto que ocupaba en 2017, último año completo antes de que Sánchez llegase al Gobierno. Desde entonces, España no ha dejado de retroceder posiciones en PIB per cápita en paridad de poder de compra.Esa política económica del cangrejo, que hace retroceder a la economía española, se percibe también en nuestra comparación con algunos países del este que han sabido aplicarse y que nos han superado en porcentaje de PIB per cápita en paridad de poder de compra sobre la media de la UE, como es el caso de Eslovenia.El Gobierno puede aumentar el PIB nominal impulsado por la inflación y, con ello, mitigar el cociente entre déficit sobre el PIB y deuda sobre el PIB, pero no lo resuelve, solo lo maquilla artificialmente; puede tener un mayor crecimiento del PIB en términos constantes por efecto estadístico base, además de por el impulso desmedido del gasto público, que ha expulsado a la inversión; puede obligar, por ley, a que los contratos temporales se encuadren en los fijos-discontinuos, aunque el empleo no se cree realmente, sino que se reparta; puede disimular la deuda y el déficit al compararlos con el PIB a base de revisiones extraordinarias de la actividad y del efecto inflacionista; el Gobierno puede lograr todo eso, pero lo que no puede conseguir es tapar el retroceso en prosperidad que está suponiendo su política económica, que nos lleva a ser cada vez más pobres en comparación con la media de la UE.Todo ello merma la renta disponible a los agentes económicos, que se empobrecen, especialmente las familias. Así, comparada con el conjunto de la UE, España ocupa un lugar entre las primeras posiciones de población en riesgo de exclusión social, con un 25,7%, casi cinco puntos superior al de la media de la
El Gobierno sigue empeñado en repetir que la economía cuenta con un avance sólido, que lideramos el crecimiento europeo y que eso hace que seamos el ejemplo a seguir. Hace unos días, en la sesión de control al Gobierno, Sánchez dijo que dejará una España mejor. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La economía española vive anestesiada por ingentes cantidades de dinero público, que la sostienen artificialmente, pero que cuando se retiren dichos estímulos se resentirá, porque no se ha generado el marco económico adecuado para lograr que la economía, por sí misma, impulse el crecimiento. Eso hace que, pese a las recientes revisiones, la tendencia siga sin ser buena, con problemas estructurales como el déficit, la deuda o la inflación, que empobrece a los ciudadanos, además del endurecimiento del coste de financiación, que limita el acceso al crédito a las empresas y encarece los préstamos hipotecarios, por ejemplo, en los que las familias tienen que soportar un importante incremento. Todo ello está empobreciendo a la población, con un repunte inflacionista y una pérdida de poder adquisitivo que hace que nuestro PIB per cápita pierda posiciones respecto a la media de la UE en relación con el puesto que ocupaba en 2017, último año completo antes de que Sánchez llegase al Gobierno. Desde entonces, España no ha dejado de retroceder posiciones en PIB per cápita en paridad de poder de compra. Esa política económica del cangrejo, que hace retroceder a la economía española, se percibe también en nuestra comparación con algunos países del este que han sabido aplicarse y que nos han superado en porcentaje de PIB per cápita en paridad de poder de compra sobre la media de la UE, como es el caso de Eslovenia. El Gobierno puede aumentar el PIB nominal impulsado por la inflación y, con ello, mitigar el cociente entre déficit sobre el PIB y deuda sobre el PIB, pero no lo resuelve, solo lo maquilla artificialmente; puede tener un mayor crecimiento del PIB en términos constantes por efecto estadístico base, además de por el impulso desmedido del gasto público, que ha expulsado a la inversión; puede obligar, por ley, a que los contratos temporales se encuadren en los fijos-discontinuos, aunque el empleo no se cree realmente, sino que se reparta; puede disimular la deuda y el déficit al compararlos con el PIB a base de revisiones extraordinarias de la actividad y del efecto inflacionista; el Gobierno puede lograr todo eso, pero lo que no puede conseguir es tapar el retroceso en prosperidad que está suponiendo su política económica, que nos lleva a ser cada vez más pobres en comparación con la media de la UE. Todo ello merma la renta disponible a los agentes económicos, que se empobrecen, especialmente las familias. Así, comparada con el conjunto de la UE, España ocupa un lugar entre las primeras posiciones de población en riesgo de exclusión social, con un 25,7%, casi cinco puntos superior al de la media
