«Las finales no se juegan, se ganan. Del subcampeón no se acuerda nadie». Luis Aragonés lo dijo en el vestuario del Ernst Happel de Viena, minutos antes de que España saliera a disputar la final de la Eurocopa 2008 contra Alemania. Hoy, dieciséis años después, esa frase resuena con más fuerza que nunca. España tiene una cita con Argentina en la final del mundo, y la mentalidad que plantó aquel técnico madrileño sigue siendo el cimiento sobre el que se construye todo. La edad de oro y su arquitecto Fernando Torres marcó ante Alemania y ese gol abrió una era que el fútbol español todavía no ha cerrado. Aquella Eurocopa fue el principio de algo que nadie había imaginado hasta ese momento, porque antes de Luis Aragónes la selección era una colección de talentos que se quedaba siempre en cuartos de final, incapaz de pasar del escaparate a la vitrina. El técnico madrileño cambió esa dinámica desde dentro del vestuario, desde la mentalidad, desde la forma en que los jugadores entendían para qué servía jugar una final. El único título europeo que España había conocido databa de 1964, y durante décadas aquello parecía más un accidente histórico que el anticipo de una dinastía. Aragonés demostró que era lo segundo. La huella de un líder irrepetible Lo que lo separaba del resto de entrenadores de su época no era el sistema ni la pizarra. Luis Aragonés tenía un estilo de liderazgo propio y una capacidad para encender a sus jugadores que muy pocos técnicos han poseído. «Y ganar, y ganar, y ganar, y ganar, y ganar y volver a ganar. Eso es el fútbol, señores», proclamaba, y sus futbolistas lo creían. Ese mensaje de exigencia competitiva dejó una impronta que no se borró cuando él se marchó. Llegó Vicente del Bosque con su calma característica y prolongó el ciclo ganador, y ahora Luis de la Fuente ha heredado esa maestría colectiva y ha llevado a España hasta la gran final del mundo, tras ganar la tercera Eurocopa. Tres entrenadores, una misma idea de fondo: ganar no es una opción, es la única conclusión posible. La transformación que vivió la selección española a partir de 2008 fue de raíz. Instalarse en las últimas fases de los torneos con regularidad es hoy un hábito, algo que se da casi por descontado desde fuera, aunque por dentro cada paso exige trabajo, presión y convicción. Lo que Luis Aragonés construyó fue precisamente eso: una selección que entiende los torneos grandes como espacios para ganar, y que ha interiorizado que quedarse cerca del título pesa más que no haberlo intentado. La regularidad con la que España llega hoy a semifinales y finales tiene una explicación, y esa explicación tiene nombre y apellido. Argentina espera La final del Mundial es el escenario más grande del fútbol y España llega con ese legado a cuestas, sin que sea un peso, porque ha aprendido a convertirlo en combustible. Argentina, al otro lado del campo, tiene su propia historia de grandeza. Será
España juega contra Argentina la final del Mundial. El ciclo ganador comenzó con la Eurocopa de 2008 y la filosofía del Sabio de Hortaleza
«Las finales no se juegan, se ganan. Del subcampeón no se acuerda nadie». Luis Aragonés lo dijo en el vestuario del Ernst Happel de Viena, minutos antes de que España saliera a disputar la final de la Eurocopa 2008 contra Alemania. Hoy, dieciséis años después, esa frase resuena con más fuerza que nunca. España tiene una cita con Argentina en la final del mundo, y la mentalidad que plantó aquel técnico madrileño sigue siendo el cimiento sobre el que se construye todo.La edad de oro y su arquitectoFernando Torres marcó ante Alemania y ese gol abrió una era que el fútbol español todavía no ha cerrado. Aquella Eurocopa fue el principio de algo que nadie había imaginado hasta ese momento, porque antes de Luis Aragónes la selección era una colección de talentos que se quedaba siempre en cuartos de final, incapaz de pasar del escaparate a la vitrina. El técnico madrileño cambió esa dinámica desde dentro del vestuario, desde la mentalidad, desde la forma en que los jugadores entendían para qué servía jugar una final. El único título europeo que España había conocido databa de 1964, y durante décadas aquello parecía más un accidente histórico que el anticipo de una dinastía. Aragonés demostró que era lo segundo.La huella de un líder irrepetibleLo que lo separaba del resto de entrenadores de su época no era el sistema ni la pizarra. Luis Aragonés tenía un estilo de liderazgo propio y una capacidad para encender a sus jugadores que muy pocos técnicos han poseído. «Y ganar, y ganar, y ganar, y ganar, y ganar y volver a ganar. Eso es el fútbol, señores», proclamaba, y sus futbolistas lo creían. Ese mensaje de exigencia competitiva dejó una impronta que no se borró cuando él se marchó. Llegó Vicente del Bosque con su calma característica y prolongó el ciclo ganador, y ahora Luis de la Fuente ha heredado esa maestría colectiva y ha llevado a España hasta la gran final del mundo, tras ganar la tercera Eurocopa. Tres entrenadores, una misma idea de fondo: ganar no es una opción, es la única conclusión posible.La transformación que vivió la selección española a partir de 2008 fue de raíz. Instalarse en las últimas fases de los torneos con regularidad es hoy un hábito, algo que se da casi por descontado desde fuera, aunque por dentro cada paso exige trabajo, presión y convicción. Lo que Luis Aragonés construyó fue precisamente eso: una selección que entiende los torneos grandes como espacios para ganar, y que ha interiorizado que quedarse cerca del título pesa más que no haberlo intentado. La regularidad con la que España llega hoy a semifinales y finales tiene una explicación, y esa explicación tiene nombre y apellido.Argentina esperaLa final del Mundial es el escenario más grande del fútbol y España llega con ese legado a cuestas, sin que sea un peso, porque ha aprendido a convertirlo en combustible. Argentina, al otro lado del campo, tiene su propia historia de grandeza. Será una fin
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