La tecnología nos ahorrará trámites, pero cuando identidad, dinero y servicios convergen en un solo dispositivo, quedarse sin batería puede convertirse en una breve suspensión técnica de la ciudadanía
La digitalización está revolucionando la economía y la sociedad pues nació para hacernos la vida más sencilla, ahorrándonos colas, papeles, ventanillas y funcionarios buscando expedientes en una carpeta equivocada, algo que, en buena medida, lo está consiguiendo porque hoy podemos pagar, firmar, comprar, reservar, declarar impuestos y hablar con el banco sin levantarnos del sofá.El problema es que cada nueva comodidad viene acompañada de letra pequeña en forma de cesión, primero nuestros datos, después nuestros hábitos y nuestra identidad y, finalmente, quizá también nuestro dinero. Todo muy práctico, hasta que descubrimos que para demostrar quiénes somos necesitamos batería, cobertura, una contraseña que no recordamos y un código enviado precisamente al teléfono que acabamos de perder.Europa está construyendo, sin demasiado ruido, sin prisa, pero sin pausa, la infraestructura digital de nuestra identidad europea y de nuestro dinero, dos proyectos que están unidos por un mismo ideal, la no dependencia de Estados Unidos, salvo por una menudencia, la necesidad de apoyarse en los móviles, los sistemas operativos, la nube, los semiconductores y la IA que no son europeos.El menos inquietante, por ahora, es el euro digital que no será una criptomoneda ni permitirá hacerse millonario antes del desayuno, y que el BCE pretende emitirlo en 2029 asegurando que valdrá lo mismo que el euro tradicional, pudiendo utilizarse incluso sin conexión. La justificación parece razonable pues Europa depende de redes internacionales, principalmente Visa y Mastercard, que gestionan 2 de cada 3 pagos con tarjeta en la Eurozona, y cuyas comisiones y procesamiento se controla fuera de Europa. Otras plataformas como Apple Pay, Google Pay y PayPal también pertenecen a compañías estadounidenses.El problema comenzará si lo que nace como una alternativa termina desplazando progresivamente al efectivo, aunque el BCE asegura que el euro digital será privado, no será dinero programable y complementará, no sustituirá, a billetes y monedas. Conviene no ser cándidos porque quienes gastan canas saben que toda infraestructura creada para una finalidad acaba descubriendo, con el tiempo, una admirable vocación para otras diez impulsadas por los políticos.Sin embargo, el proyecto más ambicioso es el de la cartera europea de identidad digital, llamada EUDI Wallet, una aplicación donde podremos guardar el DNI, el permiso de conducir, títulos académicos, certificados y hasta recetas junto a toda nuestra biografía administrativa en siete pulgadas, con todas las credenciales verificables en los Estados miembros de la UE. Será voluntaria y permitirá acreditar, por ejemplo, que somos mayores de edad sin revelar cuándo nacimos o matricularse en la universidad, acreditando títulos y requisitos académicos sin enviar certificados por separado y con la Apostilla de la Haya. Sobre el papel, impecable, pero tiene sus riesgos como la concentración de info
La digitalización está revolucionando la economía y la sociedad pues nació para hacernos la vida más sencilla, ahorrándonos colas, papeles, ventanillas y funcionarios buscando expedientes en una carpeta equivocada, algo que, en buena medida, lo está consiguiendo porque hoy podemos pagar, firmar, comprar, reservar, declarar impuestos y hablar con el banco sin levantarnos del sofá. El problema es que cada nueva comodidad viene acompañada de letra pequeña en forma de cesión, primero nuestros datos, después nuestros hábitos y nuestra identidad y, finalmente, quizá también nuestro dinero. Todo muy práctico, hasta que descubrimos que para demostrar quiénes somos necesitamos batería, cobertura, una contraseña que no recordamos y un código enviado precisamente al teléfono que acabamos de perder. Europa está construyendo, sin demasiado ruido, sin prisa, pero sin pausa, la infraestructura digital de nuestra identidad europea y de nuestro dinero, dos proyectos que están unidos por un mismo ideal, la no dependencia de Estados Unidos, salvo por una menudencia, la necesidad de apoyarse en los móviles, los sistemas operativos, la nube, los semiconductores y la IA que no son europeos. El menos inquietante, por ahora, es el euro digital que no será una criptomoneda ni permitirá hacerse millonario antes del desayuno, y que el BCE pretende emitirlo en 2029 asegurando que valdrá lo mismo que el euro tradicional, pudiendo utilizarse incluso sin conexión. La justificación parece razonable pues Europa depende de redes internacionales, principalmente Visa y Mastercard, que gestionan 2 de cada 3 pagos con tarjeta en la Eurozona, y cuyas comisiones y procesamiento se controla fuera de Europa. Otras plataformas como Apple Pay, Google Pay y PayPal también pertenecen a compañías estadounidenses. El problema comenzará si lo que nace como una alternativa termina desplazando progresivamente al efectivo, aunque el BCE asegura que el euro digital será privado, no será dinero programable y complementará, no sustituirá, a billetes y monedas. Conviene no ser cándidos porque quienes gastan canas saben que toda infraestructura creada para una finalidad acaba descubriendo, con el tiempo, una admirable vocación para otras diez impulsadas por los políticos. Sin embargo, el proyecto más ambicioso es el de la cartera europea de identidad digital, llamada EUDI Wallet, una aplicación donde podremos guardar el DNI, el permiso de conducir, títulos académicos, certificados y hasta recetas junto a toda nuestra biografía administrativa en siete pulgadas, con todas las credenciales verificables en los Estados miembros de la UE. Será voluntaria y permitirá acreditar, por ejemplo, que somos mayores de edad sin revelar cuándo nacimos o matricularse en la universidad, acreditando títulos y requisitos académicos sin enviar certificados por separado y con la Apostilla de la Haya. Sobre el papel, impecable, pero tiene sus riesgos como la concentración de
