La magnitud de los dos terremotos que han sacudido Venezuela, con especial afección en el populoso estado de La Guaria, la destrucción que revelan las primeras imágenes que nos llegan desde esa tierra hermana y el hecho de que todavía no ha sido posible acceder a amplias zonas próximas a ambos epicentros augura una catástrofe descomunal, con un elevado número de muertos y heridos, miles de desplazados y destrucción de infraestructuras vitales. El Servicio Geológico de Estados Unidos hablaba ayer de «desastre generalizado» y desde la Casa Blanca se anunciaba el envío de socorros. No llega esta tragedia en el mejor momento para los venezolanos, con los servicios sanitarios, las reservas de medicamentos, los equipos de emergencia y las redes de luz y agua deteriorados por años de ineficaz administración socialista bolivariana, y, tampoco, ofrece mucha confianza ante la emergencia un régimen como el actual en un proceso de transición tutelado que no acaba de arrancar, y la sujeción en el exterior a las exigencias de Washington, por más que la intervención contra Nicolás Maduro ordenada por Donald Trump haya permitido algo de alivio económico a Caracas con el fin del embargo a la exportación de petróleo. Pero pese a estas consideraciones políticas, que, por supuesto, están muy presentes en la sociedad española, donde han encontrado refugio y futuro más de 600.000 venezolanos, la mitad de origen español, es preciso reclamar un esfuerzo de solidaridad y de apoyo material a Venezuela en estas horas trágicas, como tantas veces se ha hecho desde España en ayuda de quienes han sufrido tragedias de esta envergadura. Por supuesto, respaldamos la acción gubernamental española, anunciada por el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, que ha ofrecido al gobierno de Caracas el concurso de la UME y de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), entre otros apoyos, pero también hay que instar a la sociedad civil a que se prepare para ayudar al pueblo venezolano en el momento de la emergencia sanitaria, de alojamientos y manutención, claro, pero también en los largos meses que se avecinan de recuperación y reconstrucción de infraestructuras, que exigirán un esfuerzo financiero y técnico. Incluso, se trata de una demanda que puede interpretarse desde un cierto egoísmo, puesto que cerca de 200.000 españoles viven en esa nación hermana del Caribe, con la que mantenemos estrechos lazos económicos y familiares. Ciertamente, la historia reciente de Venezuela plantea muchas dudas sobre la probidad en la administración y gestión de los fondos públicos, lo que puede desalentar los esfuerzos solidarios en buena parte de la ciudadanía, pero basta con apoyarse en organizaciones internacionales sólidas, como las ONG que pertenecen a la Iglesia, la Cruz Roja y otras de reconocido prestigio para que las donaciones lleguen a buen puerto. Es momento de arrimar el hombro, por encima de todo.
Basta con apoyarse en organizaciones internacionales sólidas, como las ONG que pertenecen a la Iglesia, la Cruz Roja y otras de reconocido prestigio para que las donaciones lleguen a buen puerto. Es momento de arrimar el hombro, por encima de todo
La magnitud de los dos terremotos que han sacudido Venezuela, con especial afección en el populoso estado de La Guaria, la destrucción que revelan las primeras imágenes que nos llegan desde esa tierra hermana y el hecho de que todavía no ha sido posible acceder a amplias zonas próximas a ambos epicentros augura una catástrofe descomunal, con un elevado número de muertos y heridos, miles de desplazados y destrucción de infraestructuras vitales. El Servicio Geológico de Estados Unidos hablaba ayer de «desastre generalizado» y desde la Casa Blanca se anunciaba el envío de socorros. No llega esta tragedia en el mejor momento para los venezolanos, con los servicios sanitarios, las reservas de medicamentos, los equipos de emergencia y las redes de luz y agua deteriorados por años de ineficaz administración socialista bolivariana, y, tampoco, ofrece mucha confianza ante la emergencia un régimen como el actual en un proceso de transición tutelado que no acaba de arrancar, y la sujeción en el exterior a las exigencias de Washington, por más que la intervención contra Nicolás Maduro ordenada por Donald Trump haya permitido algo de alivio económico a Caracas con el fin del embargo a la exportación de petróleo. Pero pese a estas consideraciones políticas, que, por supuesto, están muy presentes en la sociedad española, donde han encontrado refugio y futuro más de 600.000 venezolanos, la mitad de origen español, es preciso reclamar un esfuerzo de solidaridad y de apoyo material a Venezuela en estas horas trágicas, como tantas veces se ha hecho desde España en ayuda de quienes han sufrido tragedias de esta envergadura. Por supuesto, respaldamos la acción gubernamental española, anunciada por el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, que ha ofrecido al gobierno de Caracas el concurso de la UME y de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), entre otros apoyos, pero también hay que instar a la sociedad civil a que se prepare para ayudar al pueblo venezolano en el momento de la emergencia sanitaria, de alojamientos y manutención, claro, pero también en los largos meses que se avecinan de recuperación y reconstrucción de infraestructuras, que exigirán un esfuerzo financiero y técnico. Incluso, se trata de una demanda que puede interpretarse desde un cierto egoísmo, puesto que cerca de 200.000 españoles viven en esa nación hermana del Caribe, con la que mantenemos estrechos lazos económicos y familiares. Ciertamente, la historia reciente de Venezuela plantea muchas dudas sobre la probidad en la administración y gestión de los fondos públicos, lo que puede desalentar los esfuerzos solidarios en buena parte de la ciudadanía, pero basta con apoyarse en organizaciones internacionales sólidas, como las ONG que pertenecen a la Iglesia, la Cruz Roja y otras de reconocido prestigio para que las donaciones lleguen a buen puerto. Es momento de arrimar el hombro, por encima de todo.
