‘España se quema’, ‘El incendio arrasa miles de hectáreas’, ‘España, presa de las llamas’. Son titulares sensacionalistas, pero cada vez más cercanos a la realidad a la que se enfrenta España en los últimos años por culpa de una epidemia de larga duración: unos incendios forestales cada vez mayores en extensión y virulencia. Una plaga que lejos de mejorar parece que empeora cada verano y que nos lleva a preguntarnos a qué nos enfrentamos en el futuro y cómo podemos hacerlo.
Nuestro país afronta una nueva era de megaincendios, con fuegos cada vez más difíciles de controlar y que han calcinado ya más de 300.000 hectáreas entre los años 2022 y 2025, según un informe presentado por la Academia de Ingeniería. Un texto en el que se advierte sobre el cambio de tendencia y las consecuencias que puede tener esta nueva forma de incendios en el futuro de nuestro país.
Un futuro incierto y a veces aterrador, pero contra el que todavía estamos a tiempo de luchar. Sólo hay que cambiar la perspectiva. Y eso es algo en lo que coinciden los expertos, que hay que dejar de invertir en la extinción, donde España cuenta ya con los mejores profesionales y medios para ello, para empezar a hacerlo en la prevención.
Porque el verdadero problema ya no es que ardan más hectáreas. El reto es que los incendios han cambiado. Los especialistas hablan de fuegos capaces de generar tal intensidad que, en determinadas circunstancias, dejan de poder combatirse con los medios tradicionales. España ha construido durante décadas uno de los sistemas de extinción más eficaces del mundo, pero los incendios extremos están obligando a revisar una idea que parecía incuestionable: no todo incendio puede apagarse cuando la meteorología y el estado del monte juegan a favor de las llamas.
Los autores del libro ‘La Dirección Técnica de Extinción de Incendios Forestales en España: Nuevos Retos’, publicado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, sostienen que el modelo de extinción ha alcanzado su techo operativo frente a este nuevo escenario. El futuro, defienden, no pasa por disponer de más hidroaviones, más brigadas o más helicópteros, sino por tomar mejores decisiones y actuar mucho antes de que aparezca el primer foco. La extinción y la prevención ya no pueden entenderse como dos estrategias independientes.
«La realidad es que ningún dispositivo, por muchos aviones, helicópteros o brigadas que tenga, puede garantizar el control de un incendio que libera una energía muy superior a la capacidad de trabajo de los medios», explica a LA RAZÓN Gorka Vélez, ingeniero forestal y director técnico de Basotec. El experto aclara que quizá el futuro no depare un mayor número de incendios, pero sí campañas mucho más largas, vegetación extremadamente seca y episodios meteorológicos capaces de transformar una simple ignición en una emergencia de enormes dimensiones.
El cambio climático explica buena parte de esa transformación. Las olas de calor llegan antes, las sequías son más persistentes y las ventanas de riesgo se alargan cada año. Pero sería un error atribuir toda la responsabilidad al aumento de las temperaturas. Los expertos coinciden en que existe otro factor igual de determinante: el abandono progresivo del territorio.
Durante décadas han desaparecido explotaciones agrícolas, aprovechamientos forestales y miles de cabezas de ganado que ejercían una función esencial en la gestión del paisaje. Allí donde antes existían cultivos, pastos o montes hoy predominan grandes superficies continuas de vegetación seca que actúan como combustible cuando aparece el fuego.
Un cambio de paradigma
«Estamos viendo que el comportamiento cada vez más agresivo de los incendios se debe a que tenemos paisajes que alimentan estos grandes incendios extremos e inapagables», resume Lourdes Hernández, experta en incendios forestales de WWF. En su opinión, la prevención ya no puede reducirse a abrir caminos forestales o mantener cortafuegos. «La solución pasa por adaptar el paisaje, idealmente mediante la construcción de un modelo económico que haga rentable mantenerlo gestionado».
Ese cambio de paradigma obliga a mirar el monte con otros ojos. Ya no se trata de «limpiarlo» indiscriminadamente, sino de gestionarlo con criterios técnicos, ecológicos y económicos. Selvicultura, aprovechamientos forestales, quemas prescritas o pastoreo dirigido dejan de ser actividades aisladas para convertirse en herramientas de protección civil. Pero no hay que gestionar los montes para que no haya incendios. Es al revés: gestionando de forma sostenible los montes, además de crear riqueza y fijar población, se reducirá la virulencia de los mismos.
«El futuro no se decide únicamente el día del incendio: se decide durante los diez o veinte años anteriores», sostiene Vélez. Una frase que resume el consenso creciente entre científicos, ingenieros forestales y organizaciones ambientales: la batalla contra los grandes incendios no empieza cuando despega el primer hidroavión, sino cuando todavía no hay humo, ni llamas, ni titulares.
La cuestión ahora es cómo hacerlo. Los especialistas sostienen que la verdadera batalla se libra mucho antes de que aparezca el primer incendio. «No estamos ante un problema sin solución», afirma Lourdes Hernández. «Existe un conocimiento muy sólido sobre el problema y cada vez hay más consenso acerca de las medidas necesarias». Lo que falta, añade, es convertir ese consenso técnico en una prioridad política.
Los datos reflejan con claridad ese cambio de modelo pendiente. Según explica la experta de WWF, las distintas administraciones destinan cada año alrededor de 600 millones de euros a la lucha contra los incendios forestales. Sin embargo, hasta el 80% de esa inversión se dirige a la extinción, mientras que apenas un 12% acaba destinado a labores de prevención. Un reparto que, a juicio de los especialistas, responde a una lógica comprensible, pero insuficiente ante los megaincendios del futuro.
«No podemos renunciar a tener uno de los mejores dispositivos de extinción del mundo, porque lo necesitamos», sostiene Hernández. «Pero la extinción ya no consigue frenar estos incendios cada vez más extremos. Debemos seguir siendo un país de referencia, pero es imprescindible invertir mucho más en prevención». En otras palabras, la prevención debe convertirse en una inversión capaz de generar actividad económica, proteger el territorio y reducir el riesgo.
Esa estrategia pasa por adaptar el paisaje. Se trata de identificar aquellas zonas donde una actuación puede modificar el comportamiento del fuego. Recuperar la bioeconomía forestal, aprovechar la biomasa, impulsar quemas prescritas, favorecer la selvicultura o restaurar ecosistemas degradados forman parte de una misma filosofía: construir montes más resilientes y menos inflamables.
El ganado como ‘extintor’
Pero hay una herramienta que aparece una y otra vez en el discurso de todos los expertos: recuperar la ganadería extensiva. Antonio Punzano, responsable del sector ovino de COAG, lamenta que el abandono del campo haya dejado de ser un problema demográfico para convertirse también en un problema de seguridad. «Si abandonamos el campo, nos veremos abocados a situaciones como la que estamos viviendo con esta pandemia de incendios», advierte.
Durante siglos, el territorio se mantuvo gestionado gracias al pastoreo, los cultivos, el aprovechamiento de la leña o los trabajos forestales. Sin necesidad de grandes inversiones públicas, agricultores y ganaderos reducían de forma constante la vegetación que hoy alimenta los incendios extremos. El problema, explica, es que esas explotaciones han dejado de ser rentables y cada año desaparecen más profesionales. «Si queremos que los jóvenes se incorporen al sector agrario, esa incorporación tiene que ser económicamente viable. Si no, seguiremos teniendo un grave problema de relevo generacional.»
Cambio de enfoque
Punzano resume esa idea con una pregunta que, a su juicio, debería cambiar el enfoque del debate. «Hace poco me preguntaban cuánto costaba el trabajo que realiza un rebaño de ovejas comparado con una brigada de bomberos. Yo cambiaría la pregunta: ¿cuánto le cuesta a la Administración sustituir el trabajo que hace un rebaño de ovejas?». Mantener una hectárea mediante trabajos manuales cuesta alrededor de siete veces más que hacerlo mediante ganadería extensiva. Pero, además, ese modelo fija población, genera empleo y mantiene vivo el territorio.
Las propuestas de los tres expertos convergen en un mismo punto: hacen falta políticas estables que sobrevivan a los cambios de gobierno. Planes de gestión forestal a diez o veinte años, incentivos para el sector primario, recuperación de los usos tradicionales del monte, planificación estratégica, autoprotección de las zonas urbanizadas y una mayor integración entre prevención y extinción.
Porque el fuego seguirá formando parte de los ecosistemas mediterráneos. Pero ahora el objetivo es otro: conseguir que esos incendios no vuelvan a convertirse en catástrofes humanas, económicas y ambientales.
Y esa diferencia empieza mucho antes de que aparezca el humo. Como recuerda Gorka Vélez, «la factura no termina cuando se apaga la última llama». Después llegan la erosión del suelo, la pérdida de biodiversidad, los daños sobre las cuencas hidrográficas, las emisiones de carbono y los millones de euros necesarios para restaurar un territorio devastado. Quizá por eso la gran decisión no sea cuántos incendios lograremos apagar este verano, sino qué estamos haciendo hoy para que dentro de veinte años haya muchos menos incendios imposibles de apagar.
‘España se quema’, ‘El incendio arrasa miles de hectáreas’, ‘España, presa de las llamas’. Son titulares sensacionalistas, pero cada vez más cercanos a la realidad a la que se enfrenta España en los últimos años por culpa de una epidemia de larga duración: unos incendios forestales cada vez mayores en extensión y virulencia. Una plaga que lejos de mejorar parece que empeora cada verano y que nos lleva a preguntarnos a qué nos enfrentamos en el futuro y cómo podemos hacerlo. Nuestro país afronta una nueva era de megaincendios, con fuegos cada vez más difíciles de controlar y que han calcinado ya más de 300.000 hectáreas entre los años 2022 y 2025, según un informe presentado por la Academia de Ingeniería. Un texto en el que se advierte sobre el cambio de tendencia y las consecuencias que puede tener esta nueva forma de incendios en el futuro de nuestro país. Un futuro incierto y a veces aterrador, pero contra el que todavía estamos a tiempo de luchar. Sólo hay que cambiar la perspectiva. Y eso es algo en lo que coinciden los expertos, que hay que dejar de invertir en la extinción, donde España cuenta ya con los mejores profesionales y medios para ello, para empezar a hacerlo en la prevención. Porque el verdadero problema ya no es que ardan más hectáreas. El reto es que los incendios han cambiado. Los especialistas hablan de fuegos capaces de generar tal intensidad que, en determinadas circunstancias, dejan de poder combatirse con los medios tradicionales. España ha construido durante décadas uno de los sistemas de extinción más eficaces del mundo, pero los incendios extremos están obligando a revisar una idea que parecía incuestionable: no todo incendio puede apagarse cuando la meteorología y el estado del monte juegan a favor de las llamas. Los autores del libro ‘La Dirección Técnica de Extinción de Incendios Forestales en España: Nuevos Retos’, publicado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, sostienen que el modelo de extinción ha alcanzado su techo operativo frente a este nuevo escenario. El futuro, defienden, no pasa por disponer de más hidroaviones, más brigadas o más helicópteros, sino por tomar mejores decisiones y actuar mucho antes de que aparezca el primer foco. La extinción y la prevención ya no pueden entenderse como dos estrategias independientes. «La realidad es que ningún dispositivo, por muchos aviones, helicópteros o brigadas que tenga, puede garantizar el control de un incendio que libera una energía muy superior a la capacidad de trabajo de los medios», explica a LA RAZÓN Gorka Vélez, ingeniero forestal y director técnico de Basotec. El experto aclara que quizá el futuro no depare un mayor número de incendios, pero sí campañas mucho más largas, vegetación extremadamente seca y episodios meteorológicos capaces de transformar una simple ignición en una emergencia de enormes dimensiones. El cambio climático explica buena parte
Los expertos alertan de que los grandes fuegos obligan a cambiar de estrategia con más prevención y la gestión del territorio
‘España se quema’, ‘El incendio arrasa miles de hectáreas’, ‘España, presa de las llamas’. Son titulares sensacionalistas, pero cada vez más cercanos a la realidad a la que se enfrenta España en los últimos años por culpa de una epidemia de larga duración: unos incendios forestales cada vez mayores en extensión y virulencia. Una plaga que lejos de mejorar parece que empeora cada verano y que nos lleva a preguntarnos a qué nos enfrentamos en el futuro y cómo podemos hacerlo.Nuestro país afronta una nueva era de megaincendios, con fuegos cada vez más difíciles de controlar y que han calcinado ya más de 300.000 hectáreas entre los años 2022 y 2025, según un informe presentado por la Academia de Ingeniería. Un texto en el que se advierte sobre el cambio de tendencia y las consecuencias que puede tener esta nueva forma de incendios en el futuro de nuestro país.Un futuro incierto y a veces aterrador, pero contra el que todavía estamos a tiempo de luchar. Sólo hay que cambiar la perspectiva. Y eso es algo en lo que coinciden los expertos, que hay que dejar de invertir en la extinción, donde España cuenta ya con los mejores profesionales y medios para ello, para empezar a hacerlo en la prevención.Porque el verdadero problema ya no es que ardan más hectáreas. El reto es que los incendios han cambiado. Los especialistas hablan de fuegos capaces de generar tal intensidad que, en determinadas circunstancias, dejan de poder combatirse con los medios tradicionales. España ha construido durante décadas uno de los sistemas de extinción más eficaces del mundo, pero los incendios extremos están obligando a revisar una idea que parecía incuestionable: no todo incendio puede apagarse cuando la meteorología y el estado del monte juegan a favor de las llamas.Los autores del libro ‘La Dirección Técnica de Extinción de Incendios Forestales en España: Nuevos Retos’, publicado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, sostienen que el modelo de extinción ha alcanzado su techo operativo frente a este nuevo escenario. El futuro, defienden, no pasa por disponer de más hidroaviones, más brigadas o más helicópteros, sino por tomar mejores decisiones y actuar mucho antes de que aparezca el primer foco. La extinción y la prevención ya no pueden entenderse como dos estrategias independientes.»La realidad es que ningún dispositivo, por muchos aviones, helicópteros o brigadas que tenga, puede garantizar el control de un incendio que libera una energía muy superior a la capacidad de trabajo de los medios», explica a LA RAZÓN Gorka Vélez, ingeniero forestal y director técnico de Basotec. El experto aclara que quizá el futuro no depare un mayor número de incendios, pero sí campañas mucho más largas, vegetación extremadamente seca y episodios meteorológicos capaces de transformar una simple ignición en una emergencia de enormes dimensiones.El cambio climático explica buena parte de es
