El Gobierno ha vuelto a reaccionar tarde y mal ante la enésima emergencia nacional de la «era Sánchez». La entrada masiva de miles de personas desde Marruecos y el consiguiente cierre de comercios, bares y restaurantes en Ceuta han dejado pérdidas económicas y una sensación de abandono que los ceutíes conocen ya demasiado bien. La respuesta oficial, por supuesto, no podía ser otra: vender la magnífica gestión realizada, anunciar un informe oficial y prometer un paquete de ayudas. Porque con Sánchez, toda crisis empieza igual: primero llega el problema, después la solemne rueda de prensa y, finalmente, la promesa de ayudas. Lo que ya resulta más incierto es cuándo llegan esas ayudas… y si llegan. El Ejecutivo asegura que quiere conocer el impacto económico para compensar a empresarios y autónomos afectados. Pero la experiencia previa invita al escepticismo. Basta recordar la percepción que muchos afectados tuvieron tras el volcán de La Palma, la Dana, las inundaciones o los grandes incendios: expedientes interminables, burocracia desesperante y ayudas que, según denunciaron numerosos damnificados, llegaron tarde, fueron insuficientes o, sencillamente, nunca existieron. Por eso, los comerciantes ceutíes harían bien en armarse de paciencia. Si estas ayudas siguen el mismo calendario que otras promesas gubernamentales, quizá convenga pedirlas junto con la jubilación para aprovechar el viaje administrativo. Tal vez entonces el expediente ya esté «en tramitación». Ceuta no necesita titulares ni anuncios grandilocuentes. Necesita seguridad, previsión y respuestas ágiles. Porque los negocios no pagan las facturas con comunicados oficiales, ni los autónomos mantienen abiertas sus persianas gracias a una nota de Prensa llena de buenas intenciones. Las ayudas son necesarias, sí, pero todavía más necesaria es una gestión eficaz que evite que cada nueva crisis se convierta en otro capítulo del mismo guion: «Vuelva usted mañana».
Ceuta no necesita titulares ni anuncios grandilocuentes. Necesita seguridad, previsión y respuestas ágiles
El Gobierno ha vuelto a reaccionar tarde y mal ante la enésima emergencia nacional de la «era Sánchez». La entrada masiva de miles de personas desde Marruecos y el consiguiente cierre de comercios, bares y restaurantes en Ceuta han dejado pérdidas económicas y una sensación de abandono que los ceutíes conocen ya demasiado bien. La respuesta oficial, por supuesto, no podía ser otra: vender la magnífica gestión realizada, anunciar un informe oficial y prometer un paquete de ayudas. Porque con Sánchez, toda crisis empieza igual: primero llega el problema, después la solemne rueda de prensa y, finalmente, la promesa de ayudas. Lo que ya resulta más incierto es cuándo llegan esas ayudas… y si llegan. El Ejecutivo asegura que quiere conocer el impacto económico para compensar a empresarios y autónomos afectados. Pero la experiencia previa invita al escepticismo. Basta recordar la percepción que muchos afectados tuvieron tras el volcán de La Palma, la Dana, las inundaciones o los grandes incendios: expedientes interminables, burocracia desesperante y ayudas que, según denunciaron numerosos damnificados, llegaron tarde, fueron insuficientes o, sencillamente, nunca existieron. Por eso, los comerciantes ceutíes harían bien en armarse de paciencia. Si estas ayudas siguen el mismo calendario que otras promesas gubernamentales, quizá convenga pedirlas junto con la jubilación para aprovechar el viaje administrativo. Tal vez entonces el expediente ya esté «en tramitación». Ceuta no necesita titulares ni anuncios grandilocuentes. Necesita seguridad, previsión y respuestas ágiles. Porque los negocios no pagan las facturas con comunicados oficiales, ni los autónomos mantienen abiertas sus persianas gracias a una nota de Prensa llena de buenas intenciones. Las ayudas son necesarias, sí, pero todavía más necesaria es una gestión eficaz que evite que cada nueva crisis se convierta en otro capítulo del mismo guion: «Vuelva usted mañana».
