La entrevista a cara de Perro –jaja– a Pedro Sánchez en TVE se recordará no sólo por el pedazo de felación al que fue sometido sino también por el cúmulo de barbaridades que esputó el protagonista, que campó a sus anchas. La más indignante es ésa en la que implícitamente tachó de clasistas y racistas a los 80.000 habitantes de Ceuta: «Tienen que asumir una desigualdad estructural». Vamos, que se tienen que joder. Y que no se pongan chulos porque les llamaremos «xenófobos», «ultraderechistas» y «franquistas» y los estigmatizaremos. Pero hay otra afirmación que pasó prácticamente desapercibida porque, como no puede ser de otra manera, manda Ceuta: «La Segunda República es la mejor de las Españas». El hombre que se jacta de que le llamen «Perro» se quitó la careta, advirtió de manera tácita que anhela una república y dejó entrever que más pronto que tarde planteará el debate sobre el modelo de Estado. Si queremos continuar como estamos, con una monarquía que mal que bien ha funcionado, o si decidimos regresar a esa República que tanto en su primero como en su segundo intento fracasaron estrepitosamente. La Primera porque representó la madre de todos los esperpentos, la Segunda porque degeneró en terrorismo de Estado dando lugar a la dictadura franquista. Me da que en esta generación la izquierda forzará un referéndum para preguntarnos si nos arriesgamos a hacer experimentos con champán cargándonos la exitosa España del 78. Eso en el caso de que Sánchez, o el Sánchez 3.0 de turno, no opte por imponer sus deseos a las bravas. Lo que vino a proclamar es que su modelo es el de la imposición y no el de la alternancia, el que considera legítima cualquier opción zurda e ilegítimas todas las diestras. Si bien es cierto que Sánchez es un iletrado, al que tuvieron que redactar y regalar la tesis porque cultural e intelectualmente no da para más, no lo es menos que cuando exhibe su amor incondicional por la Segunda República lo hace a sabiendas. No se le escapa lo que realmente representaron esos cinco años que comenzaron como un sueño democrático y terminaron en pesadilla. Una nueva España que llegó al poder pese a haber perdido las elecciones municipales, que comenzó razonablemente bien de la mano de Alcalá-Zamora, un hombre decente, pero que se fue al garete en el momento mismo, noviembre de 1933, en el que la derecha venció en las urnas de la mano de la CEDA. El PSOE, sí, el mismo PSOE de Pedro Sánchez, dijo que nanay y pegó un golpe de Estado mal llamado «Revolución» en 1934 con un saldo de 1.500 muertos. Ahí se certificó la muerte de la República. La izquierda empezó a quemar compulsivamente iglesias, a matar curas y monjas, a caparlos y a violarlas, y a pasar a cuchillo a los que ellos denominaban «burgueses». Son cuentas, no cuentos: se llevaron por delante a 6.832 religiosos. Entre medias, el asesino de masas Lluís Companys declaró la independencia de Cataluña. Los paralelismos no terminan ahí: el pucherazo que pretende ejecutar este posmoderno Largo Caballero con la congelada Ley de Nietos recuerda al de las elecciones de febrero de 1936, en las que se adulteraron actas, se falsificaron votos y se anularon decenas de escaños obtenidos legítimamente por la derecha. En realidad, la Tercera República ya ha comenzado con esa reedición del Frente Popular que es el actual Gobierno en el que desde dentro o desde fuera están todos los que estaban en 1936. Eso sí, aún hay diferencias, porque de momento no han apiolado al líder de la oposición.
La Tercera República ya ha comenzado con esa reedición del Frente Popular que es el actual Gobierno
La entrevista a cara de Perro –jaja– a Pedro Sánchez en TVE se recordará no sólo por el pedazo de felación al que fue sometido sino también por el cúmulo de barbaridades que esputó el protagonista, que campó a sus anchas. La más indignante es ésa en la que implícitamente tachó de clasistas y racistas a los 80.000 habitantes de Ceuta: «Tienen que asumir una desigualdad estructural». Vamos, que se tienen que joder. Y que no se pongan chulos porque les llamaremos «xenófobos», «ultraderechistas» y «franquistas» y los estigmatizaremos. Pero hay otra afirmación que pasó prácticamente desapercibida porque, como no puede ser de otra manera, manda Ceuta: «La Segunda República es la mejor de las Españas». El hombre que se jacta de que le llamen «Perro» se quitó la careta, advirtió de manera tácita que anhela una república y dejó entrever que más pronto que tarde planteará el debate sobre el modelo de Estado. Si queremos continuar como estamos, con una monarquía que mal que bien ha funcionado, o si decidimos regresar a esa República que tanto en su primero como en su segundo intento fracasaron estrepitosamente. La Primera porque representó la madre de todos los esperpentos, la Segunda porque degeneró en terrorismo de Estado dando lugar a la dictadura franquista. Me da que en esta generación la izquierda forzará un referéndum para preguntarnos si nos arriesgamos a hacer experimentos con champán cargándonos la exitosa España del 78. Eso en el caso de que Sánchez, o el Sánchez 3.0 de turno, no opte por imponer sus deseos a las bravas. Lo que vino a proclamar es que su modelo es el de la imposición y no el de la alternancia, el que considera legítima cualquier opción zurda e ilegítimas todas las diestras. Si bien es cierto que Sánchez es un iletrado, al que tuvieron que redactar y regalar la tesis porque cultural e intelectualmente no da para más, no lo es menos que cuando exhibe su amor incondicional por la Segunda República lo hace a sabiendas. No se le escapa lo que realmente representaron esos cinco años que comenzaron como un sueño democrático y terminaron en pesadilla. Una nueva España que llegó al poder pese a haber perdido las elecciones municipales, que comenzó razonablemente bien de la mano de Alcalá-Zamora, un hombre decente, pero que se fue al garete en el momento mismo, noviembre de 1933, en el que la derecha venció en las urnas de la mano de la CEDA. El PSOE, sí, el mismo PSOE de Pedro Sánchez, dijo que nanay y pegó un golpe de Estado mal llamado «Revolución» en 1934 con un saldo de 1.500 muertos. Ahí se certificó la muerte de la República. La izquierda empezó a quemar compulsivamente iglesias, a matar curas y monjas, a caparlos y a violarlas, y a pasar a cuchillo a los que ellos denominaban «burgueses». Son cuentas, no cuentos: se llevaron por delante a 6.832 religiosos. Entre medias, el asesino de masas Lluís Companys declaró la independencia de Cataluña. Los paralelismos no terminan ahí: el pucherazo que pretende ejecutar este posmoderno Largo Caballero con la congelada Ley de Nietos recuerda al de las elecciones de febrero de 1936, en las que se adulteraron actas, se falsificaron votos y se anularon decenas de escaños obtenidos legítimamente por la derecha. En realidad, la Tercera República ya ha comenzado con esa reedición del Frente Popular que es el actual Gobierno en el que desde dentro o desde fuera están todos los que estaban en 1936. Eso sí, aún hay diferencias, porque de momento no han apiolado al líder de la oposición.
