Por más empeño que Pedro Sánchez ponga en tratar de edulcorar la realidad con mensajes idílicos sobre lo bien que va España, lo cierto y verdad es que el país que nos deja el presidente en el curso que ahora se cierra, después de más de ocho años al frente del gobierno, está hecho un auténtico desastre. En la España socialcomunista los bosques se queman y el territorio entero arde. Los trenes no funcionan, llegan tarde o se accidentan. Las carreteras están llenas de baches tercermundistas y, encima, nadie las arregla. Los embalses se resquebrajan y avisan de futuras desgracias. Las cuencas de los ríos están colapsadas disparando el riesgo ante futuras danas, y la electricidad se corta y la luz se apaga sin que nadie asuma las consecuencias. Por si fuera poco, la sanidad pública tampoco carbura y la gente que tiene dinero huye en masa a la privada para recibir la asistencia médica requerida en tiempo y forma. La educación también suspende, y lo hace asimismo la atención a la dependencia, otra vergüenza. En la España socialcomunista, hordas de inmigrantes se cuelan por las fronteras como Pedro por su casa, comprar o alquilar una vivienda se ha convertido en un imposible y sobrevivir a fin de mes es un drama porque la población con bajos salarios o contratos precarios que no aparece en las estadísticas adulteradas es ya mayoritaria. La España de Pedro Sánchez es también la oveja negra de todas las naciones serias, el vecino apestado con el que nadie se quiere encontrar en el rellano de la escalera. Un país bananero en el que los precios crecen más que en ningún otro, y en el que las tasas de paro juvenil desbordan todos los límites admisibles. Como todo mal perdedor, el socialcomunismo esgrime justificaciones peregrinas para escurrir el bulto e inventa culpables a los que cargar el muerto, práctica muy común en las dictaduras populistas latinoamericanas. Las excusas preferidas son siempre los ultraderechistas, que además son negacionistas, Donald Trump, los judíos de Israel, los recortes de Rajoy, las bajadas de impuestos a los ricos y, por supuesto, Isabel Díaz Ayuso, la reina de todos los males. Si los campos arden, los responsables son el cambio climático y, desde luego, la presidenta madrileña. Da igual que el jefe del Ejecutivo prometiera medios que luego no ha habido para apagar los fuegos. Si la sanidad se hunde en todo el país, la culpa es de las autonomías populares, aunque la que peor vaya sea Cataluña, en donde gobierna un exministro socialista. Si el país se oscurece como por arte de magia, hay que apuntárselo en el debe a las eléctricas, aunque luego se demuestre que no fueron ellas, sino una apuesta irracional por las renovables lo que causó el gran apagón a la cubana. Si hay danas y la ayuda se envía tarde, se busca a un Mazón de turno al que cargarle el mochuelo y aquí paz y después gloria. Y si se produce un accidente ferroviario, se culpa a las vías, que se rompen por sí solas. En la España de Sánchez todo son pretextos, coartadas, evasivas, fuegos de artificio para enmascarar una realidad incuestionable: el absoluto fracaso en la gestión de los asuntos públicos. Todo lo que se aleje del relato oficial es un fake, un bulo, una estrategia interesada para derrocar al poder, justo lo que se dijo de las primeras informaciones que divulgaban los escándalos y de los autos judiciales que desenmascaraban a los corruptos en el poder.
La España de Pedro Sánchez es también la oveja negra de todas las naciones serias
Por más empeño que Pedro Sánchez ponga en tratar de edulcorar la realidad con mensajes idílicos sobre lo bien que va España, lo cierto y verdad es que el país que nos deja el presidente en el curso que ahora se cierra, después de más de ocho años al frente del gobierno, está hecho un auténtico desastre. En la España socialcomunista los bosques se queman y el territorio entero arde. Los trenes no funcionan, llegan tarde o se accidentan. Las carreteras están llenas de baches tercermundistas y, encima, nadie las arregla. Los embalses se resquebrajan y avisan de futuras desgracias. Las cuencas de los ríos están colapsadas disparando el riesgo ante futuras danas, y la electricidad se corta y la luz se apaga sin que nadie asuma las consecuencias. Por si fuera poco, la sanidad pública tampoco carbura y la gente que tiene dinero huye en masa a la privada para recibir la asistencia médica requerida en tiempo y forma. La educación también suspende, y lo hace asimismo la atención a la dependencia, otra vergüenza. En la España socialcomunista, hordas de inmigrantes se cuelan por las fronteras como Pedro por su casa, comprar o alquilar una vivienda se ha convertido en un imposible y sobrevivir a fin de mes es un drama porque la población con bajos salarios o contratos precarios que no aparece en las estadísticas adulteradas es ya mayoritaria. La España de Pedro Sánchez es también la oveja negra de todas las naciones serias, el vecino apestado con el que nadie se quiere encontrar en el rellano de la escalera. Un país bananero en el que los precios crecen más que en ningún otro, y en el que las tasas de paro juvenil desbordan todos los límites admisibles. Como todo mal perdedor, el socialcomunismo esgrime justificaciones peregrinas para escurrir el bulto e inventa culpables a los que cargar el muerto, práctica muy común en las dictaduras populistas latinoamericanas. Las excusas preferidas son siempre los ultraderechistas, que además son negacionistas, Donald Trump, los judíos de Israel, los recortes de Rajoy, las bajadas de impuestos a los ricos y, por supuesto, Isabel Díaz Ayuso, la reina de todos los males. Si los campos arden, los responsables son el cambio climático y, desde luego, la presidenta madrileña. Da igual que el jefe del Ejecutivo prometiera medios que luego no ha habido para apagar los fuegos. Si la sanidad se hunde en todo el país, la culpa es de las autonomías populares, aunque la que peor vaya sea Cataluña, en donde gobierna un exministro socialista. Si el país se oscurece como por arte de magia, hay que apuntárselo en el debe a las eléctricas, aunque luego se demuestre que no fueron ellas, sino una apuesta irracional por las renovables lo que causó el gran apagón a la cubana. Si hay danas y la ayuda se envía tarde, se busca a un Mazón de turno al que cargarle el mochuelo y aquí paz y después gloria. Y si se produce un accidente ferroviario, se culpa a las vías, que se rompen por sí solas. En la España de Sánchez todo son pretextos, coartadas, evasivas, fuegos de artificio para enmascarar una realidad incuestionable: el absoluto fracaso en la gestión de los asuntos públicos. Todo lo que se aleje del relato oficial es un fake, un bulo, una estrategia interesada para derrocar al poder, justo lo que se dijo de las primeras informaciones que divulgaban los escándalos y de los autos judiciales que desenmascaraban a los corruptos en el poder.
