La valla empezará a caer a mediados de julio y el acuerdo entre Londres y la UE cambia ya la geografía económica de la zona
Hay dos formas de encarar un reportaje sobre Gibraltar. Una es darse un garbeo con el ministro principal, el socialdemócrata Fabian Picardo, por la populosa Main Street, la principal arteria comercial del Peñón, pinchándole sobre las consecuencias del Brexit y el acuerdo entre el Reino Unido y la UE, sobre la tensión no resuelta con España por la soberanía, sobre la formidable brecha económica entre ese enclave y el Campo de Gibraltar: 93.700 euros de renta per cápita a este lado de la Verja, una cifra que multiplica por cinco el PIB por habitante del Campo de Gibraltar; diez parados —diez, no es un error de imprenta, en una población que roza los 40.000 habitantes— y una tasa de desempleo inferior al 1%, frente a más del 20% justo detrás de la aduana.. La segunda opción es ofrecer un plano más general de Cádiz, una provincia que es un concentrado geopolítico de alta graduación. Por el Estrecho circula el 10% del comercio mundial. En un día claro, a apenas 14 kilómetros se vislumbra Marruecos, una de las principales amenazas para la seguridad de España, según el CIS. A un lado está la base de Rota, clave para el despliegue militar de Estados Unidos en el Mediterráneo, camino del golfo Pérsico; al otro, Gibraltar un enclave militar fundamental para el Reino Unido en el sur de Europa y el norte de África.. Personas accediendo al Peñón en un patín eléctrico. Fernando Ruso. Esta historia empieza allá por 1713, con el Tratado de Utrecht, pero registra un viraje brusco la noche de San Juan del año 2016. Cuando acaba el recuento del referéndum sobre el Brexit queda claro que la mayoría de los británicos quieren salir de la Unión Europea; el 96% de los gibraltareños votaron a favor de quedarse. Se trata de uno de los grandes batacazos del proyecto europeo desde su fundación (y lo mismo puede decirse de Reino Unido, un error histórico casi a la altura del desastre de Suez).. En el Brexit se deja sentir la frustración por el mediocre desempeño económico tras la Gran Recesión, un castigo al establishment, la nostalgia de un viejo imperio en horas bajas, la angustia sobre la migración, el malestar ―casi resentimiento— tras medio siglo dependiendo de la lejana y tecnocrática Bruselas. Ese episodio es la primera gran sacudida del populismo etnonacionalista, un fenómeno que ha puesto el mundo patas arriba, y la antesala de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Desde ahí hay un repliegue global. La geopolítica se endurece: va surgiendo un empacho de conflictos bélicos que se asemeja a una guerra civil global. Se levantan más muros que nunca, se bloquean los estrechos, se sellan las fronteras: el mundo se cierra sobre sí mismo. Y en cambio Gibraltar se abre: un pequeño enclave en el extremo sur de Europa desafía esa inercia general.. El ministro principal de Gibraltar, Fabian Picardo. Fernando Ruso. Desde aquel primer día de verano de 2017, Gibraltar quedó en una especie de limbo, sujeto a la salida del Reino Unido de la Unión y a un futuro acuerdo entre Europa y el Reino Unido que tardó siete años en llegar. El pacto sellado en Bruselas, un mamotreto de más de 1.000 páginas, pondrá fin a la Verja a mediados de julio, aunque la demolición empezará en apenas unas semanas, en algún momento de junio, según fuentes del Ministerio de Exteriores español.. La frontera queda situada en la práctica en el puerto y el aeropuerto, bajo control de agentes británicos y españoles: las botas de la policía española estarán en suelo británico para desesperación de los (poquísimos) brexiteers de Gibraltar. La colonia británica se incorpora a Schengen y a la unión aduanera, y a cambio se impulsa la armonización fiscal con un impuesto similar al IVA que no afecta a los servicios financieros ni al juego, dos pilares de la economía del Peñón. Los más de 15.000 trabajadores españoles que cruzan a diario la frontera tendrán las mismas condiciones que los empleados con pasaporte británico.. “Un no acuerdo, una frontera dura, era un disparo en el pie para Gibraltar, pero un tiro a la cabeza del Campo de Gibraltar”, explica Picardo durante ese paseo con EL PAÍS. Puede que fuera al revés, como sugiere el PP, que argumenta que era el momento de hablar de soberanía: “Londres hubiera dejado pudrirse Gibraltar antes que perder el Peñón”, discrepa una alta fuente comunitaria. Picardo es un posibilista: “Se trata de un acuerdo pragmático, en el que ninguna de las partes obtiene todo lo que le gustaría, pero todas pueden estar razonablemente satisfechas”, afirma el ministro principal. A él, desde luego, se le ve más contento que unas castañuelas. “Se acaba una incertidumbre que era muy dañina. Gibraltar y el Reino Unido conservan lo esencial, y nuestra economía se vincula definitivamente al mercado único y a Schengen, bajo el monitoreo de España y bajo bandera británica”, dice ya sentado en una cafetería con un español plagado de giros anglófilos (pero no solo: el dialecto de los llanitos está mezclado de términos del genovés medieval, del maltés, del hebreo y del portugués).. Main Street, en Gibraltar.Fernando Ruso. “Cae el último muro de la Europa continental”, suele repetir el ministro José Manuel Albares, aunque Exteriores admite que ese pacto es solo el principio de un camino. Uno de los capítulos del acuerdo es generar “un espacio de prosperidad compartida”, pero en el lado español de la Verja tuercen el gesto con ese sintagma. En teoría, se trata de reducir la fenomenal brecha entre Gibraltar y la región adyacente.. Juan Franco, alcalde de La Línea de la Concepción, no está convencido de que vaya a llegar esa cascabelera prosperidad compartida: “Se ha evitado la frontera dura, que habría sido un error garrafal. Pero hay un cierto vacío institucional después del acuerdo. Con las pensiones de los 15.500 españoles que trabajan en Gibraltar. Con el precio de la vivienda, que se ha disparado porque los gibraltareños, con un altísimo poder adquisitivo, están comprando sin parar y eso ha subido los precios de compra y los alquileres. Con la pesca y el medio ambiente. Con la negativa del Estado a convertir el Campo de Gibraltar en una zona económica especial, a diferencia de lo que ha hecho con Ceuta y Melilla. Con un fondo para la convergencia del que a día de hoy solo sabemos el nombre. Y con unas infraestructuras lamentables: no hay conexión ferroviaria y las vías de entrada y de salida por carretera son muy deficientes”. “La geografía económica de la zona ya ha empezado a cambiar, con varios sectores tensionados de los que las instituciones estatales y autonómicas están a día de hoy completamente ausentes”, dice, reivindicativo, el alcalde.. Esa tensión no se ve al otro lado de la Verja. Y desde luego no aparece en Main Street en ese paseo con Picardo, que saluda a sus conciudadanos y entra en algún comercio sin que nadie, absolutamente nadie, le haga un solo reproche en casi una hora de caminata. “Pueden subir algo los precios por el aumento de impuestos, pero no es un drama. Hemos hecho lo que teníamos que hacer”, afirma la dueña de una farmacia. “Vamos a activar un paquete de ajuste para evitar problemas durante la transición, pero estamos razonablemente satisfechos con el acuerdo”, remata Picardo.. También Exteriores muestra satisfacción: “Ese pacto cambia el centro de gravedad de las relaciones entre Gibraltar y la UE, y por tanto entre Gibraltar y España. Acaba con la Verja, que es algo muy simbólico. Y garantiza la viabilidad de toda la zona con más presencia española, con la policía desarrollando los controles de entrada, o sobre los bienes con destino hacia Gibraltar. El Peñón miraba más al Reino Unido o incluso a Marruecos que a España. Inevitablemente, ahora va a mirar mucho más a España”, explica el secretario general para la Unión Europea del Ministerio de Exteriores, Carlos Moreno.. Un estanco con tabaco a la venta en Gibraltar. Fernando Ruso. Por el camino, la negociación deparó varios momentos de enorme tensión. España, a diferencia de Chipre (una isla atravesada por otro muro, esta vez con los turcos), decidió que Gibraltar era un asunto estrictamente bilateral y consiguió que el Brexit estuviera supeditado a que Londres y Madrid lograran un pacto sobre el Peñón. Ese poder de veto español provocó duras críticas por parte de Picardo, que en su día calificó la posición de fuerza española como “discriminatoria e injusta”. A día de hoy ni siquiera parece recordar ese episodio. España amenazó con bloquear el acuerdo sobre el periodo transitorio del Brexit y generó fricciones con el negociador de Bruselas, el francés Michel Barnier. Y justo antes de la cumbre en la que se iba a aprobar el acuerdo de retirada del Reino Unido, el Gobierno español protestó airadamente por un “artículo sorpresa” (el 184) que Madrid consideraba ambiguo.. Pedro Sánchez acusó al equipo de Barnier de introducir cambios de última hora que podían permitir a Londres negociar directamente con la UE el futuro de Gibraltar, eludiendo la capacidad de veto española. España amenazó incluso con dejar la silla vacía en esa cumbre, según fuentes europeas, y blindó por escrito garantías de que nada de eso iba a suceder. Exteriores no entra en esas tensiones. “Así es una negociación”, le quita hierro Picardo. “Pero nunca, jamás se habló de soberanía para llegar a ese acuerdo, a pesar de las críticas del PP, que cuando estuvo en el Gobierno tampoco sacó jamás ese asunto”.. A mediados de mayo, las terrazas en los aledaños de Main Street están a rebosar. Huele a salchichas y a fish and chips. Puede que los precios en las tiendas de la zona comercial vayan a subir por el nuevo impuesto, pero nadie parece de veras preocupado al respecto. Solo queda preguntarse por la archifamosa soberanía, una especie de elefante en la habitación. Cuentan los llanitos que en los años ochenta, cuando aún existían los astilleros, había baños para los gibraltareños separados de los de los británicos, pero que el sellado de la Verja de Franco —y probablemente las ventajas económicas de ser un enclave tan peculiar— decantó las simpatías de los gibraltareños claramente por el pasaporte británico.. La ONU recomienda desde 1965 someter a Gibraltar “a un periodo de descolonización”. Tras el Brexit, España presentó una propuesta en la ONU de soberanía conjunta y un estatus especial para Gibraltar en la UE, que fue rechazado por el Gobierno del Peñón. Pero las soflamas del exministro José Manuel García Margallo –contactado sin respuesta para este reportaje— no tienen ninguna tracción en el Peñón, ni en Bruselas: “Hablar de soberanía hubiera acabado con cualquier posibilidad de firmar un acuerdo”, explica una alta fuente comunitaria.. En 1967, el 99,2% de los gibraltareños votaron en un referéndum a favor de permanecer bajo soberanía británica. Treinta y cinco años después, en 2002, esa cifra bajó hasta el 98,9%. “Si votamos cada 35 años tocaría convocar en 2037, y para entonces es posible que el porcentaje baje a un 97%”, bromea Picardo en un bar de Main Street, delante de un café bien cargado de geopolítica.. Artículo elaborado en el marco del proyecto ChatEurope, financiado por la Comisión Europea
Hay dos formas de encarar un reportaje sobre Gibraltar. Una es darse un garbeo con el ministro principal, el socialdemócrata Fabian Picardo, por la populosa Main Street, la principal arteria comercial del Peñón, pinchándole sobre las consecuencias del Brexit y el acuerdo entre el Reino Unido y la UE, sobre la tensión no resuelta con España por la soberanía, sobre la formidable brecha económica entre ese enclave y el Campo de Gibraltar: 93.700 euros de renta per cápita a este lado de la Verja, una cifra que multiplica por cinco el PIB por habitante del Campo de Gibraltar; diez parados —diez, no es un error de imprenta, en una población que roza los 40.000 habitantes— y una tasa de desempleo inferior al 1%, frente a más del 20% justo detrás de la aduana.. Seguir leyendo. Artículo elaborado en el marco del proyecto ChatEurope, financiado por la Comisión Europea
