El robotaxi para algunos suena a ciencia ficción y para otros a amenaza laboral
Hay innovaciones que llegan como una promesa de progreso y otras que aterrizan como una provocación envuelta en lenguaje tecnológico, presentándose con palabras tranquilizadoras como eficiencia, seguridad y sostenibilidad pero en realidad traen debajo del capó una pregunta mucho más incómoda como lo qué ocurre cuando una máquina no viene solo a ayudarnos, sino a ocupar el asiento de un empleado, tomar decisiones y dejar fuera de juego a quienes llevaban décadas creyendo que ese espacio era suyo por derecho casi natural.. Durante décadas hemos soñado con coches que conduzcan solos, pero quizá no habíamos caído en que el verdadero milagro no será que el vehículo gire, frene o esquive a un patinete, sino que consiga circular por una ciudad española sin pedir una licencia, una excepción normativa, tres informes, cuatro sellos y la bendición informal de todos los sectores afectados. Y llegó la hora, ya que en unos meses comenzaremos a ver las primeras pruebas del taxi autónomo, el robotaxi que entra en terreno farragoso porque en España, donde cualquier cambio en la movilidad urbana tiene la capacidad de convertirse en una batalla campal con reglamento, pancarta y tertulia, la llegada de esta nueva fase promete algo más que modernización, promete conflicto.. Después de lo ocurrido con las VTC, pensar que el robotaxi aterrizará en España entre aplausos, ruedas de prensa optimistas y sonrisas de consenso equivale a creer que el gremio del taxi recibirá a un coche sin conductor con un ramo de flores y una nota de bienvenida. Si una aplicación con conductor humano bastó para incendiar el sector, imaginemos lo que puede ocurrir cuando aparezca este invento, sin convenio, sin autónomo detrás y sin necesidad de parar a tomar café. Aquello fue una protesta, pero esto puede ser la guerra de los taxímetros contra los algoritmos.. El robotaxi promete llevarnos de un punto a otro sin conductor humano, lo cual, para algunos, suena a ciencia ficción y, para otros, a amenaza laboral envuelta en sensores, cámaras y promesas de eficiencia. Pero el debate no será solo si el coche ve mejor que nosotros, sino si puede sobrevivir a una ciudad española en hora punta, con un repartidor zigzagueando, un turista despistado, un autobús que se incorpora, un peatón que cruza mirando el móvil y un conductor que interpreta el intermitente como una recomendación moral, no como una obligación técnica.. Además, el robotaxi llega justo cuando aún no hemos resuelto si queremos menos coches, más transporte público, menos emisiones, más comodidad, ciudades peatonales o simplemente que todo funcione sin molestarnos demasiado. Por eso su llegada no debería venderse como un espectáculo futurista, sino como una prueba de madurez institucional ya que la cuestión no es solo si un coche puede conducir solo, sino si nosotros seremos capaces de regularlo sin convertir la innovación en una guerra de gremios, cosa que veo muy probable.. Quizá el futuro no llegue con coches voladores, por ahora, sino con un taxi que no habla de fútbol, no se queja de los políticos, no opina del tráfico y no pregunta por quién vas a votar, y eso ya parece bastante más revolucionario que la tecnología que incorpora. Lo difícil no será que circule solo, sino que le dejen circular sin convocar antes una huelga, una mesa sectorial y tres informes jurídicos sobre su impacto social porque, en España, hasta el coche más inteligente tendrá que aprender que una cosa es circular sin conductor y otra moverse sin pedir permiso a medio país.. Juan Carlos Higueras es doctor en Economía y Vicedecano de EAE Business School
Hay innovaciones que llegan como una promesa de progreso y otras que aterrizan como una provocación envuelta en lenguaje tecnológico, presentándose con palabras tranquilizadoras como eficiencia, seguridad y sostenibilidad pero en realidad traen debajo del capó una pregunta mucho más incómoda como lo qué ocurre cuando una máquina no viene solo a ayudarnos, sino a ocupar el asiento de un empleado, tomar decisiones y dejar fuera de juego a quienes llevaban décadas creyendo que ese espacio era suyo por derecho casi natural.. Durante décadas hemos soñado con coches que conduzcan solos, pero quizá no habíamos caído en que el verdadero milagro no será que el vehículo gire, frene o esquive a un patinete, sino que consiga circular por una ciudad española sin pedir una licencia, una excepción normativa, tres informes, cuatro sellos y la bendición informal de todos los sectores afectados. Y llegó la hora, ya que en unos meses comenzaremos a ver las primeras pruebas del taxi autónomo, el robotaxi que entra en terreno farragoso porque en España, donde cualquier cambio en la movilidad urbana tiene la capacidad de convertirse en una batalla campal con reglamento, pancarta y tertulia, la llegada de esta nueva fase promete algo más que modernización, promete conflicto.. Después de lo ocurrido con las VTC, pensar que el robotaxi aterrizará en España entre aplausos, ruedas de prensa optimistas y sonrisas de consenso equivale a creer que el gremio del taxi recibirá a un coche sin conductor con un ramo de flores y una nota de bienvenida. Si una aplicación con conductor humano bastó para incendiar el sector, imaginemos lo que puede ocurrir cuando aparezca este invento, sin convenio, sin autónomo detrás y sin necesidad de parar a tomar café. Aquello fue una protesta, pero esto puede ser la guerra de los taxímetros contra los algoritmos.. El robotaxi promete llevarnos de un punto a otro sin conductor humano, lo cual, para algunos, suena a ciencia ficción y, para otros, a amenaza laboral envuelta en sensores, cámaras y promesas de eficiencia. Pero el debate no será solo si el coche ve mejor que nosotros, sino si puede sobrevivir a una ciudad española en hora punta, con un repartidor zigzagueando, un turista despistado, un autobús que se incorpora, un peatón que cruza mirando el móvil y un conductor que interpreta el intermitente como una recomendación moral, no como una obligación técnica.. Además, el robotaxi llega justo cuando aún no hemos resuelto si queremos menos coches, más transporte público, menos emisiones, más comodidad, ciudades peatonales o simplemente que todo funcione sin molestarnos demasiado. Por eso su llegada no debería venderse como un espectáculo futurista, sino como una prueba de madurez institucional ya que la cuestión no es solo si un coche puede conducir solo, sino si nosotros seremos capaces de regularlo sin convertir la innovación en una guerra de gremios, cosa que veo muy probable.. Quizá el futuro no llegue con coches voladores, por ahora, sino con un taxi que no habla de fútbol, no se queja de los políticos, no opina del tráfico y no pregunta por quién vas a votar, y eso ya parece bastante más revolucionario que la tecnología que incorpora. Lo difícil no será que circule solo, sino que le dejen circular sin convocar antes una huelga, una mesa sectorial y tres informes jurídicos sobre su impacto social porque, en España, hasta el coche más inteligente tendrá que aprender que una cosa es circular sin conductor y otra moverse sin pedir permiso a medio país.. Juan Carlos Higueras es doctor en Economía y Vicedecano de EAE Business School
