Pedro Sánchez le quedan pocas balas de plata para mantenerse en La Moncloa más allá de esta agónica pero interminable legislatura. Tal vez solo disponga de una, pero en ella va a volcar unas energías que ya no destina a la gobernanza del país, sino a alimentar la maquinaria de enredos, argumentarios y triquiñuelas que aún permite el omnipotente BOE, sobre todo desde que constató definitivamente que ya no va a disponer de apoyos parlamentarios sencillamente porque sus socios de la investidura le han abandonado y a la vista de una corrupción que hace saltar por la presión del detritus todas las tapas del alcantarillado socialista. Sánchez y su círculo de confianza –como todo el elenco de palmeros que le secundan en el comité federal y los grupos parlamentarios– saben que el margen de recuperación demoscópica para el PSOE de aquí a los comicios del verano de 2027 (nunca antes) no solo es exiguo, sino que la previsión (con permiso del inasequible al desaliento Tezanos) es de un verdadero y auténtico desplome que se certificará primero en los comicios municipales y autonómicos y después en los generales si la aludida bala de plata no lo remedia. Ante la inane actitud del propio Partido Popular, que ya debería llevar tiempo moviendo Roma con Santiago, incluidas las instancias europeas, y que ha comenzado a inquietarse justo al contemplar el resultado de las elecciones andaluzas con la «victoria» socialista en el voto exterior, el Gobierno está decidido a darle al tablero electoral vía censo una verdadera y auténtica patada, tanto con la regularización de un millón (no medio) de inmigrantes que en el futuro serán electores, como agilizando en el plano más inmediato una ley de nietos que permitiría votar a casi dos millones de extranjeros que en su mayoría no han pisado nuestro país por el mero hecho de ser descendientes de ciudadanos españoles. Los síntomas son muy claros, máxime cuando provienen de quienes no tuvieron escrúpulos a la hora de intentar manipular un proceso interno de votación de partido o no dudan en utilizar organismos que pagamos todos, como el CIS, a conveniencia. Bien haría el PP en no enredarse en la ansiedad sobre asuntos que solo los jueces sacarán adelante y centrar el tiro en lo que puede ser la mayor machada de la historia electoral europea. Ojo a las consecuencias.
Los síntomas son muy claros, máxime cuando provienen de quienes no tuvieron escrúpulos a la hora de intentar manipular un proceso interno de votación de partido
Pedro Sánchez le quedan pocas balas de plata para mantenerse en La Moncloa más allá de esta agónica pero interminable legislatura. Tal vez solo disponga de una, pero en ella va a volcar unas energías que ya no destina a la gobernanza del país, sino a alimentar la maquinaria de enredos, argumentarios y triquiñuelas que aún permite el omnipotente BOE, sobre todo desde que constató definitivamente que ya no va a disponer de apoyos parlamentarios sencillamente porque sus socios de la investidura le han abandonado y a la vista de una corrupción que hace saltar por la presión del detritus todas las tapas del alcantarillado socialista. Sánchez y su círculo de confianza –como todo el elenco de palmeros que le secundan en el comité federal y los grupos parlamentarios– saben que el margen de recuperación demoscópica para el PSOE de aquí a los comicios del verano de 2027 (nunca antes) no solo es exiguo, sino que la previsión (con permiso del inasequible al desaliento Tezanos) es de un verdadero y auténtico desplome que se certificará primero en los comicios municipales y autonómicos y después en los generales si la aludida bala de plata no lo remedia.Ante la inane actitud del propio Partido Popular, que ya debería llevar tiempo moviendo Roma con Santiago, incluidas las instancias europeas, y que ha comenzado a inquietarse justo al contemplar el resultado de las elecciones andaluzas con la «victoria» socialista en el voto exterior, el Gobierno está decidido a darle al tablero electoral vía censo una verdadera y auténtica patada, tanto con la regularización de un millón (no medio) de inmigrantes que en el futuro serán electores, como agilizando en el plano más inmediato una ley de nietos que permitiría votar a casi dos millones de extranjeros que en su mayoría no han pisado nuestro país por el mero hecho de ser descendientes de ciudadanos españoles.Los síntomas son muy claros, máxime cuando provienen de quienes no tuvieron escrúpulos a la hora de intentar manipular un proceso interno de votación de partido o no dudan en utilizar organismos que pagamos todos, como el CIS, a conveniencia. Bien haría el PP en no enredarse en la ansiedad sobre asuntos que solo los jueces sacarán adelante y centrar el tiro en lo que puede ser la mayor machada de la historia electoral europea. Ojo a las consecuencias.
