La «patita» sacada durante los últimos días por algunos de los más cafeteros ministros entre la guardia pretoriana de Pedro Sánchez ante el tsunami de casos de corrupción que acorralan a sus entornos personal y político, viene a antojarse, como poco, especialmente inquietante. No estamos hablando de las simples alharacas del «y tú más» propias de la trifulca política de mercadillo en la que se mueve nuestro patio doméstico, sino de insinuaciones o algo más en un movimiento a la desesperada que pone en cuestión los propios fundamentos de un estado de derecho sustentado en la división de poderes, esa a la que se ataca reiteradamente desde las cajas de resonancia que suponen los distintos ministerios del gobierno y las portavocías socialistas tanto en Ferraz como en el Congreso de los Diputados.. Ahora resulta que existe una confabulación nacional e internacional contra el paladín mundial de la progresía, Pedro Sánchez, al que no se perdona andar por el mundo esgrimiendo discursos sobre el hambre, sobre el cambio climático o sobre la paz en la más completa expresión de una miss universo, mientras los sórdidos tribunales españoles y la Guardia Civil se afanan en cerrar el cerco sobre unos casos de corrupción inventados por fachosferas y máquinas del fango. Viene a ocurrir que el mantra antisanchista ha puesto de acuerdo a Donald Trump, a algunos comisarios europeos, a jueces y fiscales suizos y franceses, a la internacional ultraderechista, a la mayoría de los diputados del parlamento español en Congreso y Senado, a los tribunales, a la UCO, a la UDEF o a los mismísimos expresidentes González y Aznar en una confluencia destinada a hacer rodar la cabeza política del actual jefe de gobierno. Sencillamente patético, entre otras cosas porque a Sánchez quienes le van a tumbar son los ciudadanos españoles hastiados de ocho años de deterioro institucional, de retroceso en la calidad de vida, de subidas de impuestos y sobre todo de una corrupción que inunda todo lo relacionado con las siglas PSOE. El contubernio está en esa misma calle que el presidente no puede pisar salvo rodeado de varios cinturones de seguridad policial y está en la demoscopia, con encuestas como la última publicada en este periódico desplomando a cien escaños las expectativas socialistas. Lo peor de los «óscares» del Ejecutivo no es su evidente ignorancia, es que empiezan a jugar con fuego.
Ahora resulta que existe una confabulación nacional e internacional contra el paladín mundial de la progresía, Pedro Sánchez
La «patita» sacada durante los últimos días por algunos de los más cafeteros ministros entre la guardia pretoriana de Pedro Sánchez ante el tsunami de casos de corrupción que acorralan a sus entornos personal y político, viene a antojarse, como poco, especialmente inquietante. No estamos hablando de las simples alharacas del «y tú más» propias de la trifulca política de mercadillo en la que se mueve nuestro patio doméstico, sino de insinuaciones o algo más en un movimiento a la desesperada que pone en cuestión los propios fundamentos de un estado de derecho sustentado en la división de poderes, esa a la que se ataca reiteradamente desde las cajas de resonancia que suponen los distintos ministerios del gobierno y las portavocías socialistas tanto en Ferraz como en el Congreso de los Diputados.. Ahora resulta que existe una confabulación nacional e internacional contra el paladín mundial de la progresía, Pedro Sánchez, al que no se perdona andar por el mundo esgrimiendo discursos sobre el hambre, sobre el cambio climático o sobre la paz en la más completa expresión de una miss universo, mientras los sórdidos tribunales españoles y la Guardia Civil se afanan en cerrar el cerco sobre unos casos de corrupción inventados por fachosferas y máquinas del fango. Viene a ocurrir que el mantra antisanchista ha puesto de acuerdo a Donald Trump, a algunos comisarios europeos, a jueces y fiscales suizos y franceses, a la internacional ultraderechista, a la mayoría de los diputados del parlamento español en Congreso y Senado, a los tribunales, a la UCO, a la UDEF o a los mismísimos expresidentes González y Aznar en una confluencia destinada a hacer rodar la cabeza política del actual jefe de gobierno. Sencillamente patético, entre otras cosas porque a Sánchez quienes le van a tumbar son los ciudadanos españoles hastiados de ocho años de deterioro institucional, de retroceso en la calidad de vida, de subidas de impuestos y sobre todo de una corrupción que inunda todo lo relacionado con las siglas PSOE. El contubernio está en esa misma calle que el presidente no puede pisar salvo rodeado de varios cinturones de seguridad policial y está en la demoscopia, con encuestas como la última publicada en este periódico desplomando a cien escaños las expectativas socialistas. Lo peor de los «óscares» del Ejecutivo no es su evidente ignorancia, es que empiezan a jugar con fuego.
