Durante más de treinta años, una buena parte de las empresas, entidades financieras, fondos e incluso Gobiernos se han financiado en yenes por sus irrisorios tipos de interés
Thomas Wilson (1524-1581), juez y diplomático isabelino, en su «Discurso sobre la usura» (1572), afirmaba que «el interés es el precio del tiempo». Mucho antes, Antifonte (480-411 a. C.), uno de los diez oradores áticos, defendía que «el gasto más costoso es el tiempo». Durante más de treinta años, el tiempo, según ese criterio, ha sido casi gratis en Japón, que lo ha vendido por todas partes.. Ahora, sin embargo, llega «El fin del mundo moderno tal y como lo conocíamos» (Deusto), título del recién aparecido libro de José Carlos Díez, economista socialdemócrata, responsable económico del PSOE en la ya remota epopeya de la gestora que dirigió el partido entre los dos periodos de Pedro Sánchez.. El fin del mundo actual no comenzó con la guerra de Putin en Ucrania y la resistencia de Zelensky, tampoco cuando Donald Trump volvió a la Casa Blanca, y ni siquiera cuando inició la guerra contra los ayatolás, que insisten en que están dispuestos a dialogar, pero que resistirán, según proclamó Masud Pezeshkian, presidente del país, en la Asamblea anual de la ONU, allí mismo donde Delcy Rodríguez hizo el paseíllo para besar y charlar con el inquilino de la Moncloa y que todo el mundo lo viera.. El principio del fin del mundo actual ocurrió el viernes, 18 de septiembre, cuando el Banco de Japón, que gobierna Kazuo Ueda, tomó la decisión –histórica, sí– de subir los tipos de interés 0,25 puntos y colocarlos en el 1,25%, el máximo desde hace 31 años. Han sido más de tres decenios, crisis al margen, pero también incluidas, en los que empresas, bancos, inversores y también Gobiernos se han financiado con el dinero que amanecía, con la misma regularidad, que el sol naciente.. El tipo de interés y la estabilidad de la moneda japonesa son tan importantes que hasta el Gobierno de Trump intervino en pleno verano para evitar vaivenes desordenados. El 31 de julio, en una operación inédita, Estados Unidos y Japón intervinieron de forma conjunta en el mercado de divisas para impedir la caída del yen.. La ministra nipona de Finanzas, Satsuki Katayama, y el secretario del Tesoro americano, Scott Bessent, también lo confirmaron al unísono en otra acción sin precedentes. Sin embargo, ni eso fue suficiente, y el viernes pasado el Banco de Japón subió los tipos de interés. Antes, para irritación de Trump, lo había hecho la Reserva Federal, que preside Kevin Warsh, que es posible que tenga que volver a hacerlo en octubre, según la mayoría de expertos.. El dinero ultrabarato japonés ha engrasado durante esos 30 años los mercados mundiales, al margen de la época de pandemia, en la que los tipos de interés fueron negativos, como en la zona euro, en donde el Banco Central Europeo, con Christine Lagarde al frente, aplicó la política monetaria más laxa de la historia. La vuelta a la más o menos normalidad colocó otra vez el dinero del sol naciente en el centro de los mercados y las finanzas.. El milagro se producía gracias al denominado «carry trade» con yenes. El procedimiento, aunque técnico, no es demasiado sofisticado. Consiste en que fondos de inversión, inversores e incluso a veces Gobiernos han utilizado la moneda japonesa para obtener financiación a muy bajo coste y luego invertir los fondos obtenidos en otros mercados.. El beneficio se obtenía por la diferencia entre el tipo de interés a pagar, el 1% o menos, y la rentabilidad que se lograba en otros lugares, ya fuera del 4 o el 5% o más. Existía el riesgo de cambio del yen con respecto a otras monedas, pero era un riesgo asumible ante el beneficio que se podía conseguir.. Por eso, «la salud de la economía mundial está estrechamente ligada al estado del yen, lo que convierte al carry trade en un indicador –aunque poco transparente– del riesgo», escriben Leo Lewis y David Keohane en el Financial Times, en donde también Masayuki Nakajima, estratega senior del Mizuho Bank, apostilla que «el carry trade con el yen es una de las principales fuentes potenciales de inestabilidad del mercado».. Barry Eichengreen, profesor de economía y ciencias políticas en la Universidad de California, en Berkeley, sentencia que los días en los que el yen «era la moneda de financiación han terminado ahora que los tipos de interés, por fin, empiezan a normalizarse».. No hay datos fiables de la financiación obtenida por empresas y entidades financieras en yenes, ni tampoco de la deuda pública española que, a través del mercado secundario, haya recalado en inversores en yenes. Esas deudas no suponen ningún problema, ni a corto ni a largo plazo. Lo que sucede es que, a partir de ahora, llegará menos dinero por esa vía y será más caro. Parece muy lejano, pero nos afecta a todos, también a las hipotecas, es «el precio del tiempo» del que ya hablaba Thomas Wilson.
Thomas Wilson (1524-1581), juez y diplomático isabelino, en su «Discurso sobre la usura» (1572), afirmaba que «el interés es el precio del tiempo». Mucho antes, Antifonte (480-411 a. C.), uno de los diez oradores áticos, defendía que «el gasto más costoso es el tiempo». Durante más de treinta años, el tiempo, según ese criterio, ha sido casi gratis en Japón, que lo ha vendido por todas partes.. Ahora, sin embargo, llega «El fin del mundo moderno tal y como lo conocíamos» (Deusto), título del recién aparecido libro de José Carlos Díez, economista socialdemócrata, responsable económico del PSOE en la ya remota epopeya de la gestora que dirigió el partido entre los dos periodos de Pedro Sánchez.. El fin del mundo actual no comenzó con la guerra de Putin en Ucrania y la resistencia de Zelensky, tampoco cuando Donald Trump volvió a la Casa Blanca, y ni siquiera cuando inició la guerra contra los ayatolás, que insisten en que están dispuestos a dialogar, pero que resistirán, según proclamó Masud Pezeshkian, presidente del país, en la Asamblea anual de la ONU, allí mismo donde Delcy Rodríguez hizo el paseíllo para besar y charlar con el inquilino de la Moncloa y que todo el mundo lo viera.. El principio del fin del mundo actual ocurrió el viernes, 18 de septiembre, cuando el Banco de Japón, que gobierna Kazuo Ueda, tomó la decisión –histórica, sí– de subir los tipos de interés 0,25 puntos y colocarlos en el 1,25%, el máximo desde hace 31 años. Han sido más de tres decenios, crisis al margen, pero también incluidas, en los que empresas, bancos, inversores y también Gobiernos se han financiado con el dinero que amanecía, con la misma regularidad, que el sol naciente.. El tipo de interés y la estabilidad de la moneda japonesa son tan importantes que hasta el Gobierno de Trump intervino en pleno verano para evitar vaivenes desordenados. El 31 de julio, en una operación inédita, Estados Unidos y Japón intervinieron de forma conjunta en el mercado de divisas para impedir la caída del yen.. La ministra nipona de Finanzas, Satsuki Katayama, y el secretario del Tesoro americano, Scott Bessent, también lo confirmaron al unísono en otra acción sin precedentes. Sin embargo, ni eso fue suficiente, y el viernes pasado el Banco de Japón subió los tipos de interés. Antes, para irritación de Trump, lo había hecho la Reserva Federal, que preside Kevin Warsh, que es posible que tenga que volver a hacerlo en octubre, según la mayoría de expertos.. El dinero ultrabarato japonés ha engrasado durante esos 30 años los mercados mundiales, al margen de la época de pandemia, en la que los tipos de interés fueron negativos, como en la zona euro, en donde el Banco Central Europeo, con Christine Lagarde al frente, aplicó la política monetaria más laxa de la historia. La vuelta a la más o menos normalidad colocó otra vez el dinero del sol naciente en el centro de los mercados y las finanzas.. El milagro se producía gracias al denominado «carry trade» con yenes. El procedimiento, aunque técnico, no es demasiado sofisticado. Consiste en que fondos de inversión, inversores e incluso a veces Gobiernos han utilizado la moneda japonesa para obtener financiación a muy bajo coste y luego invertir los fondos obtenidos en otros mercados.. El beneficio se obtenía por la diferencia entre el tipo de interés a pagar, el 1% o menos, y la rentabilidad que se lograba en otros lugares, ya fuera del 4 o el 5% o más. Existía el riesgo de cambio del yen con respecto a otras monedas, pero era un riesgo asumible ante el beneficio que se podía conseguir.. Por eso, «la salud de la economía mundial está estrechamente ligada al estado del yen, lo que convierte al carry trade en un indicador –aunque poco transparente– del riesgo», escriben Leo Lewis y David Keohane en el Financial Times, en donde también Masayuki Nakajima, estratega senior del Mizuho Bank, apostilla que «el carry trade con el yen es una de las principales fuentes potenciales de inestabilidad del mercado».. Barry Eichengreen, profesor de economía y ciencias políticas en la Universidad de California, en Berkeley, sentencia que los días en los que el yen «era la moneda de financiación han terminado ahora que los tipos de interés, por fin, empiezan a normalizarse».. No hay datos fiables de la financiación obtenida por empresas y entidades financieras en yenes, ni tampoco de la deuda pública española que, a través del mercado secundario, haya recalado en inversores en yenes. Esas deudas no suponen ningún problema, ni a corto ni a largo plazo. Lo que sucede es que, a partir de ahora, llegará menos dinero por esa vía y será más caro. Parece muy lejano, pero nos afecta a todos, también a las hipotecas, es «el precio del tiempo» del que ya hablaba Thomas Wilson.
