La emoción comenzaba ya desde el metro de París. A pesar de que varias estaciones se encontraban cerradas, especialmente las que se encuentran cerca de los Campos Elíseos, eso no impidió que los vagones se llenaran de niños, monjas, sacerdotes y fieles de todas las edades, llevando banderas del Vaticano y listos para ver al Papa. Todos acuden al plato fuerte de su visita: una misa colosal en la plaza de La Concordia, dirigida a cientos de miles de personas. El mismo lugar que una vez fue el escenario de la guillotina en la época de María Antonieta, es ahora centro de reunión católica y mensajes de paz.
En las calles aledañas, la multitud es impresionante. Jean-François está con sus dos hijos, de 15 y 19 años, y no puede creer que esté a punto de ver al pontífice. Ha llegado temprano para aferrarse a la barrera de seguridad y ver a León en primera fila. “Es una locura lo que estamos viviendo aquí. Pero locura en el buen sentido. Es la euforia de la gente por ver a alguien que representa nuestras raíces cristianas. Lo más bonito es ver a familias enteras que vienen a rezar con el Papa.”
Hay personas de México, Dinamarca, Alemania, Perú, Ucrania, Estados Unidos, Brasil y por supuesto, España. La Iglesia de la Lengua Española en París obtuvo 20 puestos de la diócesis francesa, para asegurar una representación católica formal en la misa. Pero también se ven banderas españolas espontáneas a lo largo del trayecto.
La espera fue larga. La multitud comenzó a llegar a las ocho de la mañana para apostarse en la avenida más famosa de París, sacando fuerzas para aguantar sol y lluvia hasta las tres de la tarde, hora de la misa. Pero los cantos, los rezos y los selfies llenaron el tiempo, incluso con alegría.
Poco antes de la ceremonia, León subió al papamóvil para un recorrido histórico: un paseo desde el mítico Arco del Triunfo hasta la Plaza de la Concordia, atravesando toda la avenida de Campos Elíseos. La imagen desde los helicópteros mostró la inmensidad del momento: 800.000 personas según el conteo oficial de la diócesis de Francia.
Ya en la tarima, el papa León XIV centró su homilía en una imagen sencilla y poderosa: la sed. “El que tenga sed, que venga a mí y beba”, recordó citando el Evangelio de San Juan, para hablar de una sed que, más allá de lo material, busca algo más profundo: la sed de sentido, de verdad, de amor y de plenitud.
León XIV advirtió que esa sed no puede saciarse definitivamente con el consumo, los placeres inmediatos o la acumulación de bienes. “Aquí en la tierra nada logra satisfacernos plenamente”, aseguró el Papa, describiendo ese vacío que puede reaparecer incluso después de alcanzar aquello que durante mucho tiempo se había deseado. Frente a los “pequeños ídolos” que prometen felicidad pero terminan dejando el corazón vacío, propuso a Cristo como la fuente de “agua viva”.
Pero el Papa no presentó la fe únicamente como una experiencia individual. También hizo un llamado a los católicos franceses a no guardar su fe para sí mismos, sino a llevar esperanza allí donde haya “desánimo y sequía espiritual”.
Cada mensaje del Papa fue subrayado con cánticos de la coral, conformada por más de 1.000 cantantes procedentes de 34 diócesis francesas, reunidos en el llamado Grand chœur d’assemblée, que ofreció un ambiente solemne y majestuoso. La ceremonia terminó con un largo aplauso.
Los migrantes siempre en la agenda papal
Horas antes, León XIV ya estaba cumpliendo otros dos compromisos: primero, la visita a la Maison Bakhita, un centro de acompañamiento e integración social dedicado a personas migrantes y refugiadas, situado en el distrito 18 de París, una de las zonas más pobres de la capital y con mayor número de migrantes en situación precaria.
En la Maison Bakhita, León XIV puso rostro y nombre a la realidad de la migración. Entre las personas que pudo escuchar estuvo Meysam, un afgano de 35 años que llegó a Francia en 2015 después de haber vivido en Irán, donde trabajaba como sastre. En el centro aprendió francés y hoy dirige un taller de costura en el que forma a mujeres en un oficio que no pueden ejercer en Afganistán.
También habló con Blessing, una nigeriana de 31 años que sufrió de prostitución forzada. En Francia, consiguió regularizar su situación, aprender francés y conseguir trabajo en un restaurante.
Desde el principio, el Papa puso el acento en la dignidad de cada persona, insistiendo en que los pobres no deben ser considerados simplemente como una categoría social. “Toda persona tiene algo que ofrecer y algo que recibir de los demás” – dijo León.
Más tarde, siguió la visita al Instituto Católico de París, donde León XIV destacó el creciente número de adultos que se acercan al bautismo y redescubren la fe en Francia, un fenómeno que resulta significativo en una sociedad que defiende a capa y espada su laicidad. Para el Papa, estos nuevos creyentes son un signo de la acción de Dios y una respuesta al “pesimismo estéril”. Además, lanzó una idea de particular fuerza social: los nuevos bautizados no son únicamente personas que reciben de la Iglesia, sino también un tesoro que puede ponerse a su servicio.
La jornada del sábado terminó con un cambio de paisaje: un viaje de París a Lourdes, al pie de la cordillera de los Pirineos. Allí, el Papa rezó en la gruta de Massabielle, el santuario donde se registraron las apariciones de la Virgen María en 1858 por la hermana Bernadette. Un preámbulo para el momento más sensible de toda su visita a Francia, previsto para este domingo: el encuentro con siete víctimas de abuso sexual en el seno de la Iglesia.
Macron, el gran ausente
La misa celebrada por León XIV en la plaza de la Concordia reunió también a buena parte de la clase política francesa, en una imagen particularmente significativa a siete meses de las elecciones presidenciales de 2027. Entre los asistentes estuvieron los presidentes de las dos cámaras del Parlamento: Yaël Braun-Pivet, presidenta de la Asamblea Nacional, y Gérard Larcher, presidente del Senado. También acudieron el primer ministro, Sébastien Lecornu, y varios de los nombres que ya se perfilan para la próxima carrera presidencial, entre ellos Édouard Philippe, Gabriel Attal y Marine Le Pen.
La dirigente de extrema derecha, acompañada por Jordan Bardella – presidente de su partido Rassemblement National – llega a esta visita papal en una posición destacada en las encuestas: un sondeo Ipsos-BVA la sitúa actualmente en un 35 % de intención de voto.
El gran ausente fue el presidente Emmanuel Macron. El mandatario, que recibió al Papa el viernes en el Elíseo, había decidido no asistir a ninguna de las misas de la visita por petición del Vaticano, que prefirió no dar un tinte político a las celebraciones religiosas. En su nombre, asistió la primera dama, Brigitte Macron.
La emoción comenzaba ya desde el metro de París. A pesar de que varias estaciones se encontraban cerradas, especialmente las que se encuentran cerca de los Campos Elíseos, eso no impidió que los vagones se llenaran de niños, monjas, sacerdotes y fieles de todas las edades, llevando banderas del Vaticano y listos para ver al Papa. Todos acuden al plato fuerte de su visita: una misa colosal en la plaza de La Concordia, dirigida a cientos de miles de personas. El mismo lugar que una vez fue el escenario de la guillotina en la época de María Antonieta, es ahora centro de reunión católica y mensajes de paz.. En las calles aledañas, la multitud es impresionante. Jean-François está con sus dos hijos, de 15 y 19 años, y no puede creer que esté a punto de ver al pontífice. Ha llegado temprano para aferrarse a la barrera de seguridad y ver a León en primera fila. “Es una locura lo que estamos viviendo aquí. Pero locura en el buen sentido. Es la euforia de la gente por ver a alguien que representa nuestras raíces cristianas. Lo más bonito es ver a familias enteras que vienen a rezar con el Papa.”. Hay personas de México, Dinamarca, Alemania, Perú, Ucrania, Estados Unidos, Brasil y por supuesto, España. La Iglesia de la Lengua Española en París obtuvo 20 puestos de la diócesis francesa, para asegurar una representación católica formal en la misa. Pero también se ven banderas españolas espontáneas a lo largo del trayecto.. La espera fue larga. La multitud comenzó a llegar a las ocho de la mañana para apostarse en la avenida más famosa de París, sacando fuerzas para aguantar sol y lluvia hasta las tres de la tarde, hora de la misa. Pero los cantos, los rezos y los selfies llenaron el tiempo, incluso con alegría.. Poco antes de la ceremonia, León subió al papamóvil para un recorrido histórico: un paseo desde el mítico Arco del Triunfo hasta la Plaza de la Concordia, atravesando toda la avenida de Campos Elíseos. La imagen desde los helicópteros mostró la inmensidad del momento: 800.000 personas según el conteo oficial de la diócesis de Francia.. Ya en la tarima, el papa León XIV centró su homilía en una imagen sencilla y poderosa: la sed. “El que tenga sed, que venga a mí y beba”, recordó citando el Evangelio de San Juan, para hablar de una sed que, más allá de lo material, busca algo más profundo: la sed de sentido, de verdad, de amor y de plenitud.. León XIV advirtió que esa sed no puede saciarse definitivamente con el consumo, los placeres inmediatos o la acumulación de bienes. “Aquí en la tierra nada logra satisfacernos plenamente”, aseguró el Papa, describiendo ese vacío que puede reaparecer incluso después de alcanzar aquello que durante mucho tiempo se había deseado. Frente a los “pequeños ídolos” que prometen felicidad pero terminan dejando el corazón vacío, propuso a Cristo como la fuente de “agua viva”.. Pero el Papa no presentó la fe únicamente como una experiencia individual. También hizo un llamado a los católicos franceses a no guardar su fe para sí mismos, sino a llevar esperanza allí donde haya “desánimo y sequía espiritual”.. Cada mensaje del Papa fue subrayado con cánticos de la coral, conformada por más de 1.000 cantantes procedentes de 34 diócesis francesas, reunidos en el llamado Grand chœur d’assemblée, que ofreció un ambiente solemne y majestuoso. La ceremonia terminó con un largo aplauso.. Los migrantes siempre en la agenda papal. Horas antes, León XIV ya estaba cumpliendo otros dos compromisos: primero, la visita a la Maison Bakhita, un centro de acompañamiento e integración social dedicado a personas migrantes y refugiadas, situado en el distrito 18 de París, una de las zonas más pobres de la capital y con mayor número de migrantes en situación precaria.. En la Maison Bakhita, León XIV puso rostro y nombre a la realidad de la migración. Entre las personas que pudo escuchar estuvo Meysam, un afgano de 35 años que llegó a Francia en 2015 después de haber vivido en Irán, donde trabajaba como sastre. En el centro aprendió francés y hoy dirige un taller de costura en el que forma a mujeres en un oficio que no pueden ejercer en Afganistán.. También habló con Blessing, una nigeriana de 31 años que sufrió de prostitución forzada. En Francia, consiguió regularizar su situación, aprender francés y conseguir trabajo en un restaurante.. Desde el principio, el Papa puso el acento en la dignidad de cada persona, insistiendo en que los pobres no deben ser considerados simplemente como una categoría social. “Toda persona tiene algo que ofrecer y algo que recibir de los demás” – dijo León.. Más tarde, siguió la visita al Instituto Católico de París, donde León XIV destacó el creciente número de adultos que se acercan al bautismo y redescubren la fe en Francia, un fenómeno que resulta significativo en una sociedad que defiende a capa y espada su laicidad. Para el Papa, estos nuevos creyentes son un signo de la acción de Dios y una respuesta al “pesimismo estéril”. Además, lanzó una idea de particular fuerza social: los nuevos bautizados no son únicamente personas que reciben de la Iglesia, sino también un tesoro que puede ponerse a su servicio.. La jornada del sábado terminó con un cambio de paisaje: un viaje de París a Lourdes, al pie de la cordillera de los Pirineos. Allí, el Papa rezó en la gruta de Massabielle, el santuario donde se registraron las apariciones de la Virgen María en 1858 por la hermana Bernadette. Un preámbulo para el momento más sensible de toda su visita a Francia, previsto para este domingo: el encuentro con siete víctimas de abuso sexual en el seno de la Iglesia.. Macron, el gran ausente. La misa celebrada por León XIV en la plaza de la Concordia reunió también a buena parte de la clase política francesa, en una imagen particularmente significativa a siete meses de las elecciones presidenciales de 2027. Entre los asistentes estuvieron los presidentes de las dos cámaras del Parlamento: Yaël Braun-Pivet, presidenta de la Asamblea Nacional, y Gérard Larcher, presidente del Senado. También acudieron el primer ministro, Sébastien Lecornu, y varios de los nombres que ya se perfilan para la próxima carrera presidencial, entre ellos Édouard Philippe, Gabriel Attal y Marine Le Pen.. La dirigente de extrema derecha, acompañada por Jordan Bardella – presidente de su partido Rassemblement National – llega a esta visita papal en una posición destacada en las encuestas: un sondeo Ipsos-BVA la sitúa actualmente en un 35 % de intención de voto.. El gran ausente fue el presidente Emmanuel Macron. El mandatario, que recibió al Papa el viernes en el Elíseo, había decidido no asistir a ninguna de las misas de la visita por petición del Vaticano, que prefirió no dar un tinte político a las celebraciones religiosas. En su nombre, asistió la primera dama, Brigitte Macron.
Las banderas españolas también fueron protagonistas entre la enorme multitud que acompañó al Santo Padre
La emoción comenzaba ya desde el metro de París. A pesar de que varias estaciones se encontraban cerradas, especialmente las que se encuentran cerca de los Campos Elíseos, eso no impidió que los vagones se llenaran de niños, monjas, sacerdotes y fieles de todas las edades, llevando banderas del Vaticano y listos para ver al Papa. Todos acuden al plato fuerte de su visita: una misa colosal en la plaza de La Concordia, dirigida a cientos de miles de personas. El mismo lugar que una vez fue el escenario de la guillotina en la época de María Antonieta, es ahora centro de reunión católica y mensajes de paz.. En las calles aledañas, la multitud es impresionante. Jean-François está con sus dos hijos, de 15 y 19 años, y no puede creer que esté a punto de ver al pontífice. Ha llegado temprano para aferrarse a la barrera de seguridad y ver a León en primera fila. “Es una locura lo que estamos viviendo aquí. Pero locura en el buen sentido. Es la euforia de la gente por ver a alguien que representa nuestras raíces cristianas. Lo más bonito es ver a familias enteras que vienen a rezar con el Papa.”. Hay personas de México, Dinamarca, Alemania, Perú, Ucrania, Estados Unidos, Brasil y por supuesto, España. La Iglesia de la Lengua Española en París obtuvo 20 puestos de la diócesis francesa, para asegurar una representación católica formal en la misa. Pero también se ven banderas españolas espontáneas a lo largo del trayecto.. La espera fue larga. La multitud comenzó a llegar a las ocho de la mañana para apostarse en la avenida más famosa de París, sacando fuerzas para aguantar sol y lluvia hasta las tres de la tarde, hora de la misa. Pero los cantos, los rezos y los selfies llenaron el tiempo, incluso con alegría.. Poco antes de la ceremonia, León subió al papamóvil para un recorrido histórico: un paseo desde el mítico Arco del Triunfo hasta la Plaza de la Concordia, atravesando toda la avenida de Campos Elíseos. La imagen desde los helicópteros mostró la inmensidad del momento: 800.000 personas según el conteo oficial de la diócesis de Francia.. Ya en la tarima, el papa León XIV centró su homilía en una imagen sencilla y poderosa: la sed. “El que tenga sed, que venga a mí y beba”, recordó citando el Evangelio de San Juan, para hablar de una sed que, más allá de lo material, busca algo más profundo: la sed de sentido, de verdad, de amor y de plenitud.. León XIV advirtió que esa sed no puede saciarse definitivamente con el consumo, los placeres inmediatos o la acumulación de bienes. “Aquí en la tierra nada logra satisfacernos plenamente”, aseguró el Papa, describiendo ese vacío que puede reaparecer incluso después de alcanzar aquello que durante mucho tiempo se había deseado. Frente a los “pequeños ídolos” que prometen felicidad pero terminan dejando el corazón vacío, propuso a Cristo como la fuente de “agua viva”.. Pero el Papa no presentó la fe únicamente como una experiencia individual. También hizo un llamado a los católicos franceses a no guardar su fe para sí mismos, sino a llevar esperanza allí donde haya “desánimo y sequía espiritual”.. Cada mensaje del Papa fue subrayado con cánticos de la coral, conformada por más de 1.000 cantantes procedentes de 34 diócesis francesas, reunidos en el llamado Grand chœur d’assemblée, que ofreció un ambiente solemne y majestuoso. La ceremonia terminó con un largo aplauso.. Los migrantes siempre en la agenda papal. Horas antes, León XIV ya estaba cumpliendo otros dos compromisos: primero, la visita a la Maison Bakhita, un centro de acompañamiento e integración social dedicado a personas migrantes y refugiadas, situado en el distrito 18 de París, una de las zonas más pobres de la capital y con mayor número de migrantes en situación precaria.. En la Maison Bakhita, León XIV puso rostro y nombre a la realidad de la migración. Entre las personas que pudo escuchar estuvo Meysam, un afgano de 35 años que llegó a Francia en 2015 después de haber vivido en Irán, donde trabajaba como sastre. En el centro aprendió francés y hoy dirige un taller de costura en el que forma a mujeres en un oficio que no pueden ejercer en Afganistán.. También habló con Blessing, una nigeriana de 31 años que sufrió de prostitución forzada. En Francia, consiguió regularizar su situación, aprender francés y conseguir trabajo en un restaurante.. Desde el principio, el Papa puso el acento en la dignidad de cada persona, insistiendo en que los pobres no deben ser considerados simplemente como una categoría social. “Toda persona tiene algo que ofrecer y algo que recibir de los demás” – dijo León.. Más tarde, siguió la visita al Instituto Católico de París, donde León XIV destacó el creciente número de adultos que se acercan al bautismo y redescubren la fe en Francia, un fenómeno que resulta significativo en una sociedad que defiende a capa y espada su laicidad. Para el Papa, estos nuevos creyentes son un signo de la acción de Dios y una respuesta al “pesimismo estéril”. Además, lanzó una idea de particular fuerza social: los nuevos bautizados no son únicamente personas que reciben de la Iglesia, sino también un tesoro que puede ponerse a su servicio.. La jornada del sábado terminó con un cambio de paisaje: un viaje de París a Lourdes, al pie de la cordillera de los Pirineos. Allí, el Papa rezó en la gruta de Massabielle, el santuario donde se registraron las apariciones de la Virgen María en 1858 por la hermana Bernadette. Un preámbulo para el momento más sensible de toda su visita a Francia, previsto para este domingo: el encuentro con siete víctimas de abuso sexual en el seno de la Iglesia.. Macron, el gran ausente. La misa celebrada por León XIV en la plaza de la Concordia reunió también a buena parte de la clase política francesa, en una imagen particularmente significativa a siete meses de las elecciones presidenciales de 2027. Entre los asistentes estuvieron los presidentes de las dos cámaras del Parlamento: Yaël Braun-Pivet, presidenta de la Asamblea Nacional, y Gérard Larcher, presidente del Senado. También acudieron el primer ministro, Sébastien Lecornu, y varios de los nombres que ya se perfilan para la próxima carrera presidencial, entre ellos Édouard Philippe, Gabriel Attal y Marine Le Pen.. La dirigente de extrema derecha, acompañada por Jordan Bardella – presidente de su partido Rassemblement National – llega a esta visita papal en una posición destacada en las encuestas: un sondeo Ipsos-BVA la sitúa actualmente en un 35 % de intención de voto.. El gran ausente fue el presidente Emmanuel Macron. El mandatario, que recibió al Papa el viernes en el Elíseo, había decidido no asistir a ninguna de las misas de la visita por petición del Vaticano, que prefirió no dar un tinte político a las celebraciones religiosas. En su nombre, asistió la primera dama, Brigitte Macron.
